lunes, 31 de agosto de 2015

Sinvergüenzas


Vale, ya lo entiendo. Es vergüenza, ¿no? Es que nos da corte ser tan humanos. Ya sé lo que nos pasa. Es miedo. Miedo a decir las cosas tal y como son. Es temor a expresar lo sentido. A que venga el futuro a rompernos los esquemas de lo que un presente soñó. Y nos da coraje, muchísimo coraje el perder. El no intuir. El fracasar en suposiciones.

Sí, eso es. Es vergüenza. Vergüenza de mostrar lo que sientes. Porque, o bien un día te engañaron cuando lo diste todo, o bien porque va a ser tu primera vez. Y asusta. El caso es que como fuere estamos pagando los platos sucios de la poca vergüenza que se perdió en su día.

Y el hoy no ayuda. Porque nos hemos creído el cuento de que seremos más fuertes contra menos sintamos. Y no pensamos en el otro tanto como en nuestra imagen. Infranqueable cuando se está hablando de ser duros, 'asentimentales'. Nos creímos el bulo ese que dice que guardarse las emociones te hacen menos débil. Que lo romántico es frágil, que el amor es para cobardes.

Y entiendo entonces por qué este silencio. Y por qué nos encanta leer lo de los demás. Porque mientras tú lees, aquí, éste escribe, y a ti te da ventaja para decidir si seguir callada o mandar una señal. Que el amor es para cobardes, decía...

¿Pues sabes qué? Estoy avergonzado. Sí, yo también. Tengo muchísima vergüenza cada vez que el grafito de mi punta de lápiz roza el papel. Porque no sé si va a escribirte algo que quieras leer, o algo que te deje indiferentemente igual de guapa.

Me da vergüenza. Mucha. El sentir que probablemente no sientas nada. El sentir que quizás yo sea uno de esos sinvergüenzas. De los que son tremendamente descarados en escribirte que te quiso. De ésos que a viva voz dicen, hoy te sigo queriendo. Que no les importa quién lo escuche, quién lo lea, pues la única reacción que quieren ver es la tuya. De éstos que no les importa que lo etiqueten de débiles, de tímidos, de románticos. Porque al fin y al cabo son etiquetas de cobardes que nunca se atrevieron.

Y no. No hace falta que digas ya nada. Porque me daría vergüenza tener que rectificar este texto, aún a sabiendas que si me lo pidieras, lo haría.

Porque no sé si lo sabes, pero en el amor soy, entre otras cosas, y no me da miedo decirlo,

Un auténtico sin vergüenzas. 

viernes, 28 de agosto de 2015

Pero Tú Disimula


No sé qué escribirte que no te haya dicho antes. No sé que quieres leer que no te hayas leído a día de hoy. Si algún día te pillaron mirando estas letras, tú disimula. Que nadie piense que estás expectante a todo ésto que siempre, aparentemente, te sobró. 

No sé si hubo un día que te preocuparon los kilómetros que distanciaban nuestros cuerpos o las millas a las que se encontraban nuestros corazones. A día de hoy me pregunto si la distancia importó, sea cual fuere, y si amarnos fue relativamente sano. Pero si algún día me quisiste conocer, tú disimula.



No tengo palabras para explicarte ni justificarte mi capricho. El porqué quise quererte sin previo aviso. El porqué te amé a viva voz, sin importar la privacidad de mis sueños, ni la nostalgia de mi olvido. No sé por qué se me antojaste. Te quise porque sí, sin justificantes ni fecha de devolución. Pero si ves que ya has encontrado alguna razón para empezar a tenerme un poquito de aprecio, tú disimula. Que nadie note que un día mis recuerdos empiezan a naufragar por la orilla de tu nueva vida.

Lo único que sé es que a día de hoy, me encanta escribirte. Y sí, lo disimulo muy mal. Tanto o igual de mal como tú disimulas que sin presencia me buscas en este rinconcito donde no tienes porqué mirarme a los ojos y decirme a la cara que no te has acordado de mí. Tú si puedes, disimula. Que nadie te va a juzgar por lo que callas.

Te lo digo de corazón. No me preocupa si me lees o no, porque sé que algún día, alguien te hablará de mí, de mis textos, de mis frases. De cuánto te quise querer. Y tú de mientras escuchas, disimula que hubo un día que me conociste. Que no se te note que te acuerdas de mí.

Pero hay algo que no puedo disimularte. Y es que cada día te escribo menos. Y eso, a los dos, nos va a venir de maravilla. A ti porque por fin vas a dejar de ser protagonista de ese amor al que nunca quisiste pertenecer públicamente. Y a mi porque contra menos escriba de ti, más disimularé que aún te recuerdo. Que aún te quiero. Aunque a día de hoy no sepa ni lo que quiero.

Salvo a ti.

Pero tú, disimula.

miércoles, 26 de agosto de 2015

Te voy a sacar los colores


Me encantaría, si te dejaras, darte un beso en el rosa de tu cara. Besar la piel dulce y sensible que se vende como apetecible. Agarrarte de la mano y notar el suave de tus dedos, y paseando contarte que hoy, casi al final del verano, te voy a sacar los colores.

Me dan igual tus vergüenzas, tus miedos más oscuros y tu pasado color añejo. Hoy vengo a decirte lo guapa que te has coloreado y pienso recalcarlo hasta que te des por aludida. Porque para gustos los colores y yo, en mi querer tengo una gama de tonalidades dispuesta a gastarla frente a tus labios.

Y hablando de ellos. Me encantan el rojo casi granate de tus labios de noche. Esos que piden un contacto de escasos centímetros. La unión del ansia por querer tocar sin tacto. Probarse. Morder. Besar rojo.

Y me gusta el verde de tu mirada. La esperanza de volverlos a ver. Los ojos que cautivaron no sólo con mirar sino también con colorear mi sonrisa. Aquella que fue prisionera de verdes, de iris irresistiblemente coloreados.

Podría seguir con el negro del rimel de tus pestañas, o el color de tu cabello, que mezcla el castaño con el amarillo del sol del verano. Podría decirte lo bien que te queda el blanco de tu sonrisa, el celeste y el gris de cuando lees y no los mensajes que te dejé por mitad del camino.

Tengo, como ves, todos y cada uno de los colores puestos en tu presencia. 

Y así te coloreaba yo. Sin salirme de la línea. Ésa que nos separaba entre el color de tu olvido y el blanco de un folio. Y podría poner una escala de grises entre el rechazo y tu ignorancia. Pero prefiero poner el blanco de tu traje de novia, el celeste de nuestro primer hijo, el rosa palo de la niña que heredará tus ojos y el oro de nuestras alianzas. 

Hoy voy a sacarte los colores. Porque aún quedan muchas cosas por pintar. Entre ellas tu amor.

El que siempre dudo cómo colorear.

domingo, 23 de agosto de 2015

Tampoco es tan difícil


Los "siempre". Esos son los culpables de los "nunca". No todos. Pero algunos se disfrazan muy bien de "jamás" y ahí te veías, poniéndole un "contigo" a los labios de aquella cualquiera vestida de nadie.

Por eso a día de hoy el "tampoco" es tan difícil. Por eso el "quizás" es tan poco esperanzador como el "depende". Por eso el silencio, la ausencia de respuesta es tan "nunca". Pero las lamentaciones mejor tenerlas cerraditas con llave. No dejarlas escapar. Porque todo lo que sale entra. Y como cale, ahí se queda.

A partir de hoy propóngase una cosa. Vístase de "todavía". Utilice el "ya". Porque sólo va a depender de ti que el "cuando" se convierta en "ahora" y el destino ya se encargará de ponerle excusas. Tantas como consecuencias.

Aquí el "pronto" no es demasiado deprisa, aquí significa ganas de que ocurra lo antes posible. Y hablando del "antes". Ése si que es un "para nunca". Ese si que fue un "para nada". Júntese a un "después". Que va a hacer a continuación. No pare, sigue. Que es un muy buen eufemismo del sexo. 

Olvídese de los periodos indefinidos y empiece a practicar los "inmediatamente", los "enseguida", los "reciente". Busque entre esa montaña de felicidad por planchar un "mientras" que le pegue a juego con el "todavía no me ha contestado" de ella.

Y mientras ella diga nunca, usted diga siempre. Muéstrele que su "jamás" te importa un bledo. Que quererse y ser feliz es tan placentero como adictivo. Y que calma toda excusa barata de los "que no".

Dígale que su "todavía no" te es indiferente. Que se puede querer queriendo o sin querer. Que se puede. Todavía, ahora y siempre. Ser feliz. Siempre sonriendo. Moverse mientras se espera. Siempre viviendo y disfrutando la vida con los "ahora", con los "constantemente".

Dígale que los adverbios de tiempo ya no son lo que eran.

Dígale que eres feliz. Así de claro. Así, con sus "nunca".

Y que pedirse un quédate tampoco es tan difícil.

sábado, 22 de agosto de 2015

Hamor


Antes que digáis nada: No. No es una falta de ortografía. Ni tampoco es un descuido. La palabra está mimada al detalle y no, no es un capricho mío. Es que hoy pega decirlo, 'hamor'. El amor que tiene que haber por ahí. El amor que se habla. El amor que hay. El amor con hache.

Ya hemos asumido que uno ama cómo y cuándo quiere. Y el amor no está hecho para imitaciones de mercadillo. Amar se debe de amar con originalidad. Con todos los derechos reservados. Con la marquita de agua de creado precisamente para ti. Se debe amar como si fuera la primera vez, pero más importante, como si fuera la última y definitiva.

Yo no quiero hacer el amor, quiero hacer el 'hamor'. Y aunque suene igual creedme que no tienen nada que ver. Hay que quererse como debe ser. Todo muy humano, muy cuerpo a cuerpo. Hacer el amor con amor. Que parece que se da por hecho, pero que no se practica igual a como se desea.

Por relación de equivalencia, nadie es más que nadie. Y al amor hay que pedirle humildad. Un poquito de ponerse en el lugar del otro y seguir amando. Al amor se le debe de dar halagos. Se le debe piropear de lo lindo. Mañana, tarde y noche. Porque amar debe de ser atemporal y continuo. Ya no se lleva eso de espérate a o necesito tiempo. El amor es ya. El amor es hoy.

Y por eso no pienso esperar gastar ni una hache más. Ya sé como tengo que amar de puertas pa' fuera. Amar se aprende habiéndose primero querido mucho. Porque amor no es cómo se escriba, amor es cómo se sienta.

Y a ti, amor, te queda de maravilla.  

viernes, 21 de agosto de 2015

Hoy soy feliz pero Mañana también


Dígalo con la boca bien abierta. Dígalo sin miedo. Dígalo bien. Sin excusas. No temas el qué dirán. Dilo conmigo y regodéate con gusto. Diga de una vez por todas, sí, soy feliz, qué pasa.

Y que se moleste quién se tenga que molestar. Que aquí ya sobra. Repita conmigo. Soy jodidamente feliz. Que no te engañe el optimismo, porque ésto no lo es. Es que es la verdad. La pura y concubina realidad. Que no se necesita más. Que lo que tenga que venir vendrá. Que la vida ya nos es maravillosa y que quien venga la va a conocer así. Quién quiera apuntarse al carro que se apunte.

Porque éste que está aquí sigue pa'lante. La vida no pasa. En la vida se está. Y yo quiero estar en la mía, porque entre otras cosas es allí donde soy protagonista. Porque entre otras cosas, es allí donde quiero estar. Que me he enamorado de lo que me queda por vivir, y que estoy tremendamente agusto con lo que vivo. Que soy feliz. Ahora, ya. Porque la vida no se espera. La vida se va a buscar. Y yo he decidido que voy a buscarla con o sin ti. Así, tal como me pille.

Sí. Me va maravillosamente bien. Y estoy contento tanto con los sueños que escribo con los que hago realidad. Porque vivir no es otra cosa que cumplirlos. Y yo ya llevo unos cuantos. Yo no sé si soñar compensa, pero desde luego lo que no estoy dispuesto a discutir, es que soñar da vida. Y en la vida hay que quererse bien. En la vida hay que quererse más.

Así que cuando venga, quien tenga que venir, a tu vida, y se plante ante ti, ante tus ojos, enséñale esa cajita de dientes de la boca, rompa comisuras, mueva los músculos de los cachetes y con una bonita sonrisa dígale sin titubeos lo que quiere escuchar:

Que hoy soy feliz conmigo.
Y que mañana ella sabrá.

jueves, 20 de agosto de 2015

Todo o Nada


Odio las medias tintas. El típico "sí pero no". Me fastidia, y a ustedes también, eso que se lleva ahora de quererse a medias. De quererse muy de tanto en cuanto. De quererse a ratos, si a eso se le puede llamar querer.

Odio las apariencias. Que engañan. Que nunca estarán ahí para siempre. Porque cualquier día de éstos, éste que está aquí ya no está. Porque cualquiera de nosotros mañana será muchísimo menos de lo que es hoy. Cualquier día esa que miraba ya se fue. Aquel que besaba desapareció. La chica de la que te enamoraste ya no te lee. No me gustan las apariencias que acabaran en hueso y carne. En polvo y ceniza. 

Veamos las cosas de otra manera. Practiquemos el todo o nada. Porque es que darse a un porcentaje menor que cien no merece ni la pena. Ni que te quieran a un rendimiento cuantificable menor que vete tú a saber que cantidad te mereciste. Aquí o se es parte entera o nada. Ya está bien de ser la media naranja. Destapemos el falso mito de que no existe darse a medias. Que la confianza o se da o no se da. Que aquí dudar sale caro. Que callar se paga doble. Que huir es haber llegado, arrepentirse y correr.

No perdamos el tiempo en gente que te etiqueta con un numerito. Con aquellas que te ponen una nota con decimales en una escala de físico prejuzgado. Aquí o se conoce o nada. O se muestra interés o nada. Ya está bien de calificar gustos y empecemos a evaluar sentimientos. Si te molesta largo. No quiero hacerte perder el tiempo. Ni que me lo hagas perder tú a mí. Aquí o todo o nada. Si has decidido nada, ahí está la puerta, bien decoradita con una 'x' bordeada de rojo. Púlsala y a seguir siendo la fracción de alguien. El jurado del disgusto. La adictiva hipocresía de unos cualquieras. De unos cuántos. 

Hoy hablo por mí. Ese que he empezado a valorar. Al que he empezado a querer. Ese 'yo' que se ha cansado de escribirte entre líneas. De escribirte a medias. Ya me he cansado de ser el "casi nadie" de alguien. Tu número 656 de tu lista de futuribles 'no'.

El prejuzgado por ti, por tus compañeros y por mí primero. Ya está bien. Digámoslo como se merece. No me avergüenza decir que dentro de mis limitaciones te lo he dado todo. ¿Que te he querido? Por supuesto que sí. Al 100%. ¿Que te he sobrevalorado? Pues quizás también. Porque no tengo ni puñetera idea de cómo ni qué sientes. Ahora bien, ahórrate el 'lo siento'.

Más lo siento yo.

Todo o nada.

Según como lo quieras ver. Según como lo quieras leer.

miércoles, 19 de agosto de 2015

Cuatro Palabras


Cuatro palabras. Con esas terminó lo que ella empezó. Porque sin ella estoy seguro de que ésto no hubiera tenido con quién empezar. Me citó para dejarme. Irónica hasta el último momento. Se dejó querer hasta el último minuto. Fue querida hasta el final.

Y por primera vez empecé a echarle cuenta. Empecé a quererla un poquito menos. No fue fácil pero lo intenté. Parecía una lucha entre mi corazón que descubrí que siempre fue mío, y la razón, que siempre la tenía ella.

Cada vez que se me ocurría un detalle, esas cuatro palabras retumbaban entre mi locura y su orgullo. Alguna vez mostré debilidad y ahí me encontraba a veces, queriéndola de más. Rompiendo el guión que yo desconocía pero que ella tan minuciosamente había preparado.

Así es el amor cuando escribes de desamor. Que lo parece pero que ni de lejos es. Y el problema es que quién lee se lo bebe sorbito a sorbito sin querer queriendo. Recién exprimido del que te amó. Siempre a su gusto y a tu disgusto.

Por eso ahora después de cinco años te das cuenta que sus cuatro palabras tienen sentido. Porque te enamoras de quién no debes y escribes y escribes. Y mientras la muy querida lleva más de diez textos leídos por lo bajini, tú solo te has tragado esas cuatro palabras que en su día te dijo alguien que dejó de amarte. Y que por aquel entonces no entendías pero que ahora no estaría mal que cobrasen sentido.Y por un momento te gustaría oír de esos labios nuevos que tampoco te quieren aquellas cuatro que  lo dejan todo tan clarito a día de hoy.

Esas cuatro palabras que solucionarían los treinta o cuarenta textos que vienen detrás de éste. Aquellas cuatro palabras que dicen,

No me quieras tanto.

martes, 18 de agosto de 2015

Ser, estar o parecer

Ser, estar o parecer.

Con lo fortuito que es el encontrarse. Con lo sencillo que resultó mirarse. Con lo adecuado que fue darse dos besos, presentarse y seguir el camino ese por donde fuera que íbamos. Supongo que eso fue lo que quisiste ser: No estar. Parecer, pero no pecar de igualarse. Con lo fácil que era no mostrar ni un ápice de aprecio. Con lo fácil que era para ti. Lo bien que me lo dejaste caer.

Y voy y me complico la vida en unos ojos. En una sonrisa. En una cara dulce, de tez blanca, con rizos morenos, de pelo largo al viento. Qué complicado nos lo pusimos todo. Qué difícil resultó ser tímido y ser. Ser algo más que cero en tu corazón, en tu bondad, en tu aprecio. Qué difícil es serte útil cuando tú no estás por la labor. Lo difícil que pusiste éso de ser amado.

O lo imposible de estar. Con lo sencillo que me resultó a mí. Ya no sólo por la atracción física que es tan efímera como delatadora. Sino por las emociones que están, que no se pueden explicar, pero que sí escribirse. Pues eso que, estar enamorado cuesta la propia vida y tú sin estar. Porque cuando no se es, no se es, pero cuando no se está es mucho más claro todo. Más sencillo. Es como sentenciar el que no se es, y encima ponerle lugar, fecha y aviso de no retorno. Que no se está, pero sobre todo que nunca se va a ser. Que nunca será.

En resumen, que qué difícil es eso de ser, de estar o parecer. Cuando no se es. Cuando no se está, pero sobre todo, cuando lo que sentimos, no se pareció ni por un asomo, a lo que pudo ser, al que está sin estar, y a lo que debió parecerse.

Ser, estar o parecer. Y tú en ninguna de ellas. 

lunes, 17 de agosto de 2015

Su Nombre Propio


Me pedían que le escribiese con nombre propio. Yo no sabía cómo hacerlo. A casi nadie le llamo por su nombre y si lo hago es porque no le tengo aún cariño. No lo suficiente. Porque no me acuerdo de cómo se llama, cosa que también implica restarle importancia a alguien. 


Pero bueno que más da que sea María o Alberto, si al final lo que importa es que llames. ¿Qué le escribo? ¿Qué le escribo bonito? Si no hay nada como leer en los ojos de otro. Las pantallas están plagadas de letras bonitas, casi tanto como falsas. Y el papel es frágil, se borran las palabras. Se rompe como los esquemas. Se tiran como la basura. 

Si "nombre propio" me lo permite se lo escribo en la espalda. Ahí al menos no se borra como mucho se tapa. Pero quiero un hueco de esos que nadie haya firmado antes. Todos sabemos que llevamos muchos escritos en la espalda, pero sólo algunos se reescriben. 

Si "nombre propio" existiera no le estaría dedicando este tiempo. Y si existe, no le llamo de esa manera, ni le escribo sólo en la espalda.

Cintia Martínez. Ganadora del I Concurso de Le Escribió Bonito.

domingo, 16 de agosto de 2015

Un Cualquiera Te Quería

Un Cualquiera Te Quería

Uno de éstos con pintas de cualquiera vestido de nadie te quería. De éstos que pasan sin ser nada llamativos, atractivos. Ése, aquel que muere por tus labios y que nunca los vivirá. Un sinvergüenza de esos te tenía cogida la matrícula del cariño.

Un anónimo te enviaba mensajes de afecto sin descifrar a la máquina de tu desinterés. Un amor oculto quería entrar en tu vida por la puerta de atrás. Sin molestar. Sin ser llamado. Sin ser pretendido ni buscado. Un amor cualquiera sentía quererte detrás de un anonimato que nunca se presentó como querido.

Porque nunca fue amado ni se le brindó la oportunidad de ser conocido. Hubo un amor por ahí, entre tu ignorancia que iba a darte afecto del bueno. Del duro. De 1988. Del viejo. Del para siempre.

Del que sin nada a cambio ya te hacía única entre todas las demás. Había un chico cualquiera plantado ahí, con una rosa en la mano y una carta que llevaba tu nombre, dispuesto a entregarte su vida, su sinceridad, su querer.

Intentando ser menos transparente que tus palabras lo hacían ver. Se fue como vino, sin identidad, sin amor de vuelta, sin labios que firmar. Sólo se volvió con tu nombre de mujer.

Tú dirás que un cualquiera te quería. Pero no. Tu problema no va a ser ése. 

Tu problema va a ser que después de el amor que quería darte él, ya todos los demás, serán un cualquiera que te querrá.

Porque nadie va a quererte como él, quién quiera que sea.

Volver a Hacerlo

Nunca debimos hacerlo. Nos hemos mal acostumbrado a ello, y lo tenemos marcado como rutina.

Intentamos en la medida de lo posible no disfrutar mucho del momento. Puntuamos las horas como insuficientes y suspendimos este primer trimestre por el tiempo. Asignatura pendiente en todos esos ratitos de placer.

Si me apuras nunca supimos hacerlo en condiciones. Siempre nos faltaba algo. Si es verdad que lo hacíamos uno delante del otroen poco espaciocómodossentadostumbados, abrazados, de mil maneras posibles, de todas las posturas habidas y por haber.

Sucumbíamos en una ronda de cariños y nos guiábamos de una pasión desenfrenada. Provocamos risas nerviosas para aplacar los nervios y besos prohibidos para menores de ε/2. Nos hinchamos a caricias, abrazos, miradas.
Teníamos un vocabulario de palabras entre las que destacan "Sigue", "No pares", "Otra vez", "Una vez más".

Quizás nos faltó un poco de ganaspero era normal que no las tuviéramos. El momento no era propicio para desnudarlas ante nuestros ojosEl ambiente era frío a pesar del calor que desprendían nuestros cuerpos.

Sólo nos gustaban las ansias que teníamos de repetirlo una y otra vez aún habiendo no acabado.

El caso es que ni el peor de nuestros amantes supo empeorarlo.

No nos gustaba y a pesar de querernos tanto, no llegamos a encontrarle el puntillo. El clímax colectivo. El orgasmo definitivo. Es una pena no haberlo hecho en más de una ocasión en cama. Pero cualquier lugar era excusa para hacerlo más emotivo.

Nunca supimos describir lo que parecía. Y al final lo que parecía resultó ser lo que no era. Como ahora. Tú pensando en vete tú a saber qué, y yo, en definitiva, hablándote de una de nuestras tantas despedidas.

De esas que nos tienen nostálgicos entre la última vez que nos vimos y la próxima vez que nos volveremos a ver.

Aunque no sé si deberíamos hacerlo.

Volver a vernos.

Volver a despedirnos.

sábado, 15 de agosto de 2015

Un Final a Medias


Qué relativo es eso de terminar. De acabar. De liquidar un asunto. Lo que nos gusta a veces sentenciarlo todo. Y a veces lo mal que lo pasamos en un final. Cuando todo está a punto de acabar.

Qué poco consuelo buscamos en esos momentos en los que ves que algo que te encantaba se acaba. Lo poquita cosa que somos cuando el final es inevitable. Lo impotente que nos sentimos en una despedida de un ser que ha sido querido. Y mucho. Que se le ha cogido cariño con tan poco. Que dio la sensación que faltó tiempo para demostrar algo más.

Despedirse es sentenciar algo que ya sabíamos que tenía un final pero, nunca pensábamos que llegaría. Es un secreto a voces. Una verdad callada. Hasta que llega. Hasta que se grita en los labios de uno y en las miradas tristes de otra.

Sin embargo, decir adiós es imprescindible. Es poner el punto final y a otra cosa M. 
Sin despedida no hay principio. Y somos tan racionales que si no la hubiere nos quedaríamos ahí, en el limbo, entre lo que no se acabó y lo que estará a punto de empezar. No despedirse es sinónimo de acabar mal. De final a medias. Y te pegas ahí diez minutos escribiéndole un texto a la despedida que dio la sensación que nunca se acabó.

Y eso que hay mil formas de marcar un final. Y se puede dejar un regustillo diferente según las palabras que se utilicen. Si se quiere volver a a ver a la persona se suele decir hasta pronto. Es la sutileza del lenguaje. Dejárselo caer. Marcar un espacio temporal no planeado para volverse a ver. Es como decir, te despido porque no tengo mas remedio pero te voy a echar de menos, y nos vamos a tener que volver a ver. Si las despedidas son asiduas y nos gusta despedirnos tanto como el sexo se suele decir un hasta luego. Eso es despedirse para un ratito. Es el amante de las despedidas. El vicio de quererte volver a ver ya, ahora, dentro de un rato.

Ya si nada ata se le manda un hasta siempre a los oídos del otro y si te visto no me acuerdo. Los gestos también importan. Un abrazo, dos besos. Cuánto de fuerte fueron. Cómo lo sentiste. Si lo distes por cortesía o por querer tener el último contacto. Si se dijo te echaré de menos o me encantaría volver a verte. El cómo se miró, a los ojos, al suelo, a la boca.

Todo ésto me lo estaba preguntando yo, aquí, ahora. El cómo nos despedimos. Las lágrimas que se derramaron. Qué simbolizaban. Cuánto de mal las estoy mal interpretando ahora. Que fue verdad y fingido. Qué se nos quedó en el tintero. Si volverse a ver es una solución. Me gustaría saber qué sensación te dejó. 

Si sentiste lo mismo que yo. 

Que fue un final a medias.

O un principio por empezar.

viernes, 14 de agosto de 2015

Declararse es Desnudarse


Declararse es desnudarse. Es mostrar las vergüenzas a alguien que pretendes que te guarde el secreto de todo lo que acabas de desvestir. Es mostrar la piel de lo que sientes y ponerse expuesto a cualquier tipo de rechazo, aceptación, rayos ultravioletas, radiación solar o crítica.

Me encantaría verte ahí, con todos los sentimientos mezclados con la ropa por el suelo. Me encantaría verte dispuesta a soltarme besos, sinceridad, amor. Palabras susurradas al oído, frases que vendan cariño. Me encantaría verte ahí, haciendo el amor sin cama, sin cuerpos. Sólo con el corazón.

Declararse es examinarse. Dejarse prejuzgar. Decir te quiero es empezar el examen final. Es como decir, me he cansado de dar señales, ahora quiero saber qué opinas. Es pedirle menos ropa a la otra persona. Menos coraza. Más sinceridad. Más despelote. Poner todas las carnes en el asador y que sea lo que el otro quiera.

Es declararse porque sí. Amar sin por qués. Enseñar los lunares, los defectos y las virtudes de uno mismo. Es pasar frío delante de aquella a la que en ese mismo momento le estás pidiendo un poquito de calor.

Nos encanta desnudarnos. Ser desnudados. Piel a piel. Besar oportunidades libre de cualquier venda. El caso es que nadie nos dijo que ni desnudos sabemos mirarnos el corazón. Y ahí vamos, declarándonos a ton ni son. Sin ropas a todos los labios que nos cruzamos por el camino. 

Y lo peor. Cuando el único que te desnudas eres tú. Ahí si que se pasa mal. Lo que araña la ropa del otro. La vergüenza que pasa uno volviéndose a vestir. Que es muchísima mayor que con la que te desprendías de ella. Porque al menos, cuando te estabas desnudando, tenías la valentía haciendo de música de cabaret.

Declararse es desnudarse. Íntegramente. Como ahora. Que me queda solamente una prenda. 

Mi orgullo por decirle a todos que sigo queriéndote. 

Así, tan vestida.

jueves, 13 de agosto de 2015

Tres Minutos En Mi Vida


Fuiste tres minutos en mi vida. La relación más corta que he tenido con una ilusión. No hubo ni amor, fue más bien aprecio. Supongo que el primer minuto lo gasté en idolatrarte. Verte tan guapa, tan misteriosa, tan sugerentemente musa, tan pa' mí. Fuiste amor del que marca. Del que sonroja. Del que pone nervioso. Cariño no correspondido. Detalles de ida sin vuelta. Fuiste sueño, pasión y nostalgia.


Fuiste todas las cosas bonitas que suceden rápido y que se recuerdan lento. Fuiste casi estrella fugaz y me olvidé pedirte el deseo de que te quedaras. Beso por sorpresa que nunca llegó y ni si quiera supe apreciar el sabor. Arcoiris que escondió su color. Fuiste el último rayo de sol de un atardecer en la playa y no pude, o no quisiste un adiós.

Ya en la noche consumimos el segundo y último minuto que rocé frente a tus labios. Fue el minuto que menos se apreció. Unas palabras sincerándose en tu cara, sirviendo amor de antaño. De aquel que enamoraron y vivieron nuestros antepasados. No ligar, sino conquistar. Y ahí se quedó varado. Naufragó en la orilla de tu desprecio, timidez o lo que fuera. Pero ahí se quedó, enterrado en arena y sal.

El último minuto me lo quedé yo para intentar olvidarte. Consumir el resto de cera que queda en una vela que se apaga, por falta de oxígeno, amor, interés. El tercer minuto que gasto al vacío. Aquí en él andan todas las nostalgias, todos los por qué no, los me equivoqué y unos cuantas ilusiones que ya ahogadas se consumen casi intermitentemente en estos últimos sesenta segundos.

Fuiste tres minutos en mi vida. Y yo seré, porque algún día tropezarás con mi recuerdo, una vida que perdiste en tres escritos e inolvidables minutos.

miércoles, 12 de agosto de 2015

Piérdeme, para siempre


Hoy estoy un poquito más deseable. Que sí, que me lo siento. Hoy no sé porqué pero tengo el guapo subido. Hoy me quiero un poquito más, y te quiero, a ti, un poquito menos.

Hoy no me ofendes, hoy sinceramente, me entra por un oído y me sale por otro. Hoy tu silencio no incomoda ni desestabiliza. Hoy tu silencio es paz, tranquilidad. Hoy tu olvido no es sinónimo de no querer sino de libertad. De tú te lo pierdes. Así de claro. Así de fácil.

Hoy me noto más deseable. Más irresistible. Y consigo más inaccesible. Hoy no me vendo tan fácilmente. Hoy no estoy en oferta, ni en venta.

Hoy me elijo a mí. Hoy voy a conquistarme y enamorarme a mí mismo. Hoy voy a escribirme cuánto me he echado de menos y qué futuro quiero conmigo.

Empezaré por las cosas que nunca me dije ni me dijeron. Me quiero. Voy a comerme a besos. Tengo ganas de mí. De abrazarme. Hoy me hago el desayuno. Me regalo un detallito. Me sonrío.

Luego voy a continuar por las cosas que siempre dije y jamás debí decir a las primeras de conocerte. Como por ejemplo, te quiero, me encantas, te escribo, te necesito.

Y ya por último me gustaría despedirme con la única cosa que nunca dije y debí decirte:

Meréceme, o piérdeme. Ambas, a ser posible, para siempre.

Desear


Desear es querer con fuerza algo flojito. Desear es lo más parecido a soñar despierto. Es llevarse todas las ganas al mundo de las casualidades y ponerle colores. Es decorar lo inmediatamente inaccesible. Una prueba a modo de errores. Querer empezar.

"Te deseo" es lo mejor que te pueden echar en cara. Creo que sustituye a la hipotecada "te quiero". "Te deseo" dura lo que tú quieras que dure. Un "te quiero" se acaba cuando el otro desee que acabe y te pegas semanas ahí, pagando la letra, la hipoteca, que le prometiste al banco de tus "ex", que de un día para otro, olvidaron hablar para aprender a gritar.

No vengo a contaros nada nuevo. Lleváis una vida deseando cosas que no llegaban y queriendo elementos que no mostraban un ápice de deseo. Que no deseaban.

Pero nos hemos propuesto como gatos negros desear al deseo. Ilusionarnos por la ilusión. Enamorarnos de enamorarse. Hemos tirado la casa por la ventana y hemos ido al "Deseomercado" y nos hemos gastado lo poco que teníamos en todo lo que queríamos. Perdón, deseábamos.

Asimilamos que estábamos de paso, y vivimos cada día de ese deseo como algo inesperado. Te sorprendes, te encoges de hombros y lo disfrutas, porque sabes que es probable que sea el último día de esa experiencia, persona o relación en tu vida.

Pero no. Al día siguiente, te vuelven a ganar, y aquello sobrevive 24 horas más. Esa persona se empeña en joderte el pesimismo, te suprime todos tus "ya lo sabía...", te desea, y te consigue sacar una sonrisa un día más, además diferente siempre, y casi sin ningún esfuerzo. Y todo esto hace que eso de desear tenga su puntillo, tenga su morbo.

Morbo el que da desear sin condiciones. Aunque suena caro, es gratis, nunca vacío, y encima si deseas dos veces seguidas, siempre hay una tercera. Desear es amar de dulce. Probarse en cuerpo de otro todas las ilusiones y plasmarla a modo de pecado en las curvas de la tentadora provocación.


Desear es pensar en lento todas las cosas que quieres que vengan deprisa. Es como soñar despierto pero con muchísimo más aprecio, más cariño. Es instante fugaz acaramelado. Azúcar al corazón. Es el preludio de ilusionarse y la antesala del te quiero.

Es empezar a querer. O querer terminar queriéndote. Como tú quieras. Como desees.

martes, 11 de agosto de 2015

Querer es Esperar


Me preguntaron una vez, no hace mucho, qué es para mí querer. Respondí sin pensar: Querer es Esperar. Se me podría haber ocurrido cualquier otra acción menos inquietante o pasiva pero ahora que lo pienso, sin dudarlo, diría que esperarse es lo más bonito que puede hacer alguien por ti.


Intenté poner ejemplos que jamás viví pero que, me gustaría tener algún día. Me puse a contar sueños que alguna noche tuve y que a la mañana siguiente quería revivir y por tanto, esperar a que ocurriesen. Ése fue el primer ejemplo. Le dije que querer es estar arreglado, vestido, llegar tarde a un acto y esperarla. Esperar a que termine de maquillarse, arreglarse, ponerse más guapa si cabe.

Rozarse la piel mientras ves una película, cenas o paseas. Eso es querer. Y también esperar. Porque esperas un beso, un abrazo, un final de película en cama. Esperar la ropa desordenada en el suelo, las sábanas deshechas. Querer es impacientar las ganas. Morderse la lengua y sentir. Esperar besos en cualquier parte del cuerpo. Esperar es pasión, pasión sin previo aviso, sin premeditación, pero con mucha, mucha alevosía.

Imaginar un futuro, o ya no un futuro, sino un presente muy cerquita es también esperar. Y si lo haces con ella, es quererse. Tomar lápiz y papel y escribir qué cosas quieres para tu hogar, qué cenareis mañana, la lista de la compra, ciudades para viajar. Todo eso se hace con cariño, con una espera que ilusiona y enamora.

A veces esperar es un poquito más duro. Pero no deja de ser querer. Por ejemplo, el amor no correspondido esperando el amor no enamorado. O el detalle que nunca llega, las palabras que no se escriben y queda mudas. Todo eso es esperar de lo lindo. Querer de vicio. Amar sin por qué. Se puede amar sin estar enamorado, al igual que se puede uno enamorar sin ser esperado.

Me incluyo en todas las nombradas anteriormente, le dije. Me gusta esperar tanto como querer. Cuando terminé de justificar mi espera, mi querer o como quieras llamarlo, respondí: Y por todo eso para mí, querer es esperar. Por eso para mí, querer es esperar-te.

Quererte un poquito Menos


Me lo noto en los besos, en los abrazos, en las caricias. En todas esas cositas tontas que tenéis ahí al lado porque precisamente ése o ésa que duerme con ustedes os la da. Lo noto sobre todo en las palabras, las que no llegan. Noto, comparando, que me quieren muy poquito.


Imagina lo importante que sería para mí, verme reflejado en un escrito. Lo contento que estaría al ver mis iniciales en los párrafos. La sonrisa que me sacaría tu atrevimiento. Tu interés. Cómo disfrutaría los besos dados más que los escritos. Como describiría los abrazos si me los dieran de verdad.

Resulta duro hablar de amor cuando no se es amado. Ni te digo cuando no se es correspondido. Disimulo que me quieren poquito bajo lo mal que disimulo lo mucho que te quiero.

Iluso pienso que me equivoco en mi drama tanto como en mis ilusiones. Craso error pues, acierto más en las primeras que en estas últimas.

Ah, y sí, este es un escrito triste. De los que duelen escribir. Y de los que da gusto leer cuando no se empatiza absolutamente nada. 

Me gustaría verte aquí, ahora, secándome las lágrimas, como yo alguna vez deseé hacerlo. Me gustaría verte dispuesta, ya ni si quiera enamorada. Curiosa, no saciada. Me gustaría verte escribir. Escribirme un "hola qué tal", que esconda un "quiero conocerte" de película. Y me gustaría leerte. Y quererte. Quererte un poquito menos. Sabiendo de antemano que no sé querer así. Que nunca me enseñaron a querer de esa manera...

El Sueño Más Bonito que Temo Perder


Me gustaría ir en silencio hasta donde duermes. A continuación abrazarte. Besarte la mejilla visible. Estar quietos unos segundos. Sentir que lo demás, lo que pase a cuatro o cinco centímetros de allí, no importa. Toda la escena vista en un blanco y negro de película, donde tú seas la protagonista.


Imaginé verte contenta por tenerme a tu lado. Te vi reír, sonreír, saltar de alegría. Te vi niña, disfrutar de la vida. Imaginé miles de besos que me dabas, todos riéndote y mirándome los ojos, los labios, la cara. Por ese instante me sentí querido, correspondido, deseado.

Recuerdo justo ahí, que desperté del sueño más bonito que temo perder. Me levanté, solo. Hice el desayuno, ya no para dos, sino para uno, para un cualquiera. No había beso de buenos días. No tenía cariño dormido en la cama con la forma de tu cuerpo, con el rostro de tu cara. No había a quién sorprender con un abrazo.

Imité los movimientos y sentimientos sin tu presencia. Miraba la silla que tenía enfrente. Callado, esperaba escucharte las historias de tu pasado. Alcé la mano para acariciarte el borde de tu cara. El aire se escurría por mis dedos. No había piel, por tanto no había tacto.

Al final de la mañana me miré al espejo. Nadie vino por detrás de mí a decirme lo guapo que iba. Nadie me abrazó con mi sudadera puesta y me pidió como una niña chica una foto haciendo el payaso. Nadie me besó, ni soñó conmigo aquella noche. Al menos nadie me lo susurró al oído.

Menos mal que me dio por soñar. Cada mañana por miedo a perderla, lo escribía. No sé que sería de nosotros si ninguno de los dos lo recordásemos. No sé que sería de mí, si ya ni si quiera aparecieses por los sueños que temo perder...

Quiérete un rato


Vale, que sí. Que la presencia es un grado. Que el físico importa. Que pa' gusto los sabores. Que sí. Que si no entra por el ojo, muchísimo menos por el alma. Y sí, que qué buena gente era el muchacho, que qué gracioso es. Que qué simpático y que tío más apañao'.

Ahora que ya nos hemos dejado los eufemismos en la sala de espera, ahora que el invierno se acerca con forma de otoño, hazte un favor, quiérete un rato.

Empieza a valorar tus arrugas, las que tienes, y las que te saldrán, porque ninguna crema anti-imperfecciones va a arreglarte el corazón dentro de cinco o siete años. Vivir es aprender a quererse. Conocer egoístamente que nos interesa. Que nos conviene tener al ladito nuestra el día de mañana.

No te miento. Es una putada. La de personas que han acabado conviviendo con gatos. Equivocarse también formaba parte del plan. El prefijo "ex" no se inventó por gusto. Ahí, en todo ese saco, tienes unos claros ejemplos de lo que no. De lo que tampoco. Y de lo que nunca se debe repetir. Querer a alguien es equivocarse hasta que el otro acierte. 

Búscate una pareja ideal pero ni  muchísimo menos que sea perfecta. Porque sino vas a pagar los platos rotos de ser el segundón de turno en todo. Si me permites el consejo, empieza a quererte en los detalles.

Pero no en sonrisas bonitas, flores recién compradas, cuerpos perfectos ni genética generosa. Empezad a valoraros en alma más que en cuerpo. Plantearos la posibilidad de que el amor no se mide con regla ni báscula. Se mide con bondad, entrega y simpatía. Como todos los eufemismos del primer párrafo.

Empieza a querer personas. A quererte un rato. Porque sólo así vas a ser un pelín más feliz.

Como yo, cuando le doy de comer a mis dos gatos; Senti y Mientos.

lunes, 10 de agosto de 2015

Martes de Hospital


Martes de verano. De Agosto. De calor insufrible. Tú a la playa, a la piscina. Y ellos allí. Entre cuatro paredes. Con el ciber-aula cerrada. Donde jugaban cuando hacía más frío. No sólo en sus cuerpos, sino en el ambiente.



Te hablo, si aún no lo sabes, de los niños del hospital. Los que están malitos en verano. Y hoy ven apagadas las luces de su lugar de recreo. Las luces de mi sala de espera. Te hablo de mis amigos y amigas. Aquellos que me hacían un poquito más humano. Los que me hacían un poquito más voluntario. Más compañero de juegos. No jugaban conmigo, sino que jugaban conmigo. Que aunque se escriba igual, son dos cosas totalmente diferentes.

Los que me curaban las penas. Y no me juzgaban por mi color, peso, o apariencia. Los que sabían mirarme el corazón con apenas 5 años. Los que me hacían olvidar todo lo que no fuera colores, rotuladores, dibujos, muñecas, juegos de mesa. Te hablo de los de pijama azul. Los del escudito de la comunidad autónoma de turno en verde en el pecho. Los de goteros altos. Los que están aburridos en sus habitaciones. Como yo, hoy. Martes de hospital.

Me he dado cuenta que no soy nadie a lo largo de la semana. Que soy el no te quiero de muchas personas, el no sé quién eres, el me acuerdo de ti a ratos. Pero los martes de verano es cuando menos soy. Cuando menos valgo.

Hoy quiero escribir de ellos. De los que ríen, allí. Lloran allí. Y allí se queda. De los que me dan uno de esos guantazos en la cara bien dados y me devuelven esa poquita humildad que tenía antes de ver mis problemas.

Que en realidad solamente es uno.

Que mis Martes de Hospital están cerrados.

Que mis Martes de Hospital están, a día de hoy, apagados.

El Primer Teorema de la Sonrisa


Pues aunque no os lo creáis se aprende a reír habiendo llorado mucho. Así que estáis en el entorno idóneo. Tenéis las hipótesis a flor de piel y una calculadora para  hacer cálculos tontos de lo que os va a costar sonreír. Mostrar una curva convexa. Delinear felicidad. Apego. Quererse con honores. Dar señal de afecto. De querer. Estáis, si vuestros ojos os lo permiten, de aplicar el primer teorema de la sonrisa.

Necesitáis soñar de cuando en cuando. Más o menos a un par de ilusiones de los labios del otro. Si me apuráis, soñad despiertos. Que es como soñar pero sin resaca emocional. Muchísimo menos íntimo pero más placentero. Mucho más igualitario. Eso os dará la igualdad. La que tanto deseasteis entre la imaginación de uno y la compensación con todo el olvido del otro.

Goma. Por si mientras os lo vais demostrando llegáis a equivocaros. Y así  poder tener algo con que con vuestro esfuerzo y un movimiento sutil de caricias sobre vuestros cuerpos equivocados, consigáis perder todos los errores que cometisteis en falsas desigualdades.

Quizás os haga falta un espacio medible. Sí, pensándolo bien, sí. Lo necesitaréis. Porque vais a tener que medir muchas cosas. Cuánto de grande es un detalle, que conlleva un beso, la magnitud de vuestras palabras. Si no me equivoco, con vuestros cuerpos bastará como espacios de salida y llegada.

Ésto me recuerda que vais a necesitar una transformación continua, con inversa y de colores. Sobreyectiva, es decir, que no nos dejemos nada en el tintero. Que todo venga de un porqué, de una casualidad, o de un premeditado detalle en el intervalo [desde que dejo de verte, hasta que te vuelvo a ver]. Para evitar la rutina que sea inyectiva. Así evitamos repetirnos a lo tonto.

Por último, proponeos existir y ser únicos. Sólo tenéis que comportaros tal como sois. Si lo lees y yo escribo es porque existimos. Si lo entiendes es porque eres única.

Ya te veo sonreír por el primer teorema de la sonrisa.
Que bien nos lo conocíamos.

Que poquito nos lo aplicábamos...