jueves, 11 de agosto de 2016

Esperanza

No es por como suena, es como se deja esperar. No es como se toca, sino como se desea. No es por lo que promete sino más bien por lo que nunca se va a comprometer. La idea de rozarla más que la de poseer. Porque no es de nadie. Es, sólo y exclusivamente, de ella.

Enamora, y no por lo que dice sino por lo que calla. No es por lo que se le conoce sino por todo lo que se le queda por descubrir. No es amor, es pasión. No mide los te quiero, ni los devuelve de forma automática. Si se quiere, se busca, si se le espera viene.

No tiene vergüenza, pero es que tampoco se le pide como requisito para que aparezca aquí y empezamos a comernos los miedos unos tras otros para cubrir los cuerpos que han dejado las sábanas, ya esparcidas por el suelo, de tapar.

Se desea, y no por como se llama sino como se deja escuchar. Que en todas las anteriores fuimos buscándola con miedo a que nos dieran de luces, pero ella no, ella por cada palabra que escribe, que habla, esperanza un poquito más.


Nos gusta su presencia, como se arregla, como se adorna. No porque lo necesite sino porque siempre nos gusta decorarla un poquito más. Nunca he tenido un cara a cara con ella, pero desde luego, si la tuviera, no haría otra cosa más que besarla.

Así podría decir que he estado con ella, que he compartido algo más que miradas. algo más que palabras. Que la he besado porque quería esperanza, de la de verdad.



sábado, 6 de agosto de 2016

Me encanta cuando apareces

Me encanta cuando apareces. No en sueños, sino aquí, ahora. Cuando, lo mismo es cosa mía pero, es como si empezáramos a tontear como si tuviéramos diecisiete años. Ese amor joven que nunca debimos perder. Sí, ahí estamos, sin estar, pero aparecidos.

Me encanta cuando apareces, en cualquier foto, en cualquier red social, en cualquier habitación. Rodeada de tu sonrisa, de tus labios, de tus ojos. Me encanta observarte desde otro lugar, desde otra idea. Así sin hacernos daños, sin prometernos nada. La mejor manera que tenemos de no rompernos jamás.

Me encanta cuando te vas, porque es señal de que hace nada estuviste cerca. Cuando vienes, porque es la mejor manera de demostrar que se está muchísimo mejor cuanto menor sea nuestra buscada distancia. 

Me encanta cuando apareces flojito, Sin asustar, como quien no quiere la cosa, dejarse ahí una esencia lo justa para encandilar. Para preguntarnos si estamos tan equivocados como lejos. Me gusta cuando todo se deja para un después, lo suficientemente cerca como para que parezca ansiado.

Me gusta cuando terminas de leer el texto. Y no te haces dueña de lo que acaba de ser escrito. Te preguntas que seguramente no iba por ti. Pero te encantaría la idea. No por quién escribe, que a fin de cuentas es un servidor, sino más bien, por quién te sueña, que nunca se han definido como el mismo,

viernes, 5 de agosto de 2016

Quiero Volver Conmigo

No para ser el que era. Sino para ser el que nunca fui. No quiero volver conmigo para encontrarme allí donde nos perdimos, sino para empezar donde nos habíamos encontrado. No quiero volver a enamorarme, solamente quiero querernos un poco más. Así de egoísta, así de amor propio. Con mayúscula y tilde en la a.

Hoy quiero volver conmigo. Acostarme una y otra vez con los sueños que
dejamos volar. Quiero caminar senderos pero no para que suene bonito ni quede escrito sino para vivirlos de una maldita vez ya. Y no, no quiero volver a enfadarme por todas esas cosas que nunca nos dijimos. Quiero ponerle paz a esta guerra. Y guerrear tanta maldita paz.

Quiero volver al punto de intersección donde cada uno pilló una recta distinta. No para llegar hasta aquí sino para dirigirnos juntos hacia un mismo lugar. No agarraditos de la mano sino poniéndonos tontamente a parir pero con la conciencia tranquila de que si alguno se cae, el otro estará ahí para amortiguar.

Quiero volver conmigo, a buscar otro yo que me guste tanto en el espejo como en el alma. A cumplir metas muy solo pero muy bien acompañado. Quiero volver a hacer las cosas sin pedir permiso. Sin que me pregunten por qué. Sin tener que dar explicaciones. 

Quiero besar sin compromiso de permanencia. Que todo sea a base de corazonadas y no a sorbos de demostración. No quiero más palabrería de plástico, de dulces con azúcar glass.

Quiero volver a escribir sin explicar cada texto, cada frase. Ser libre de todo lo que me venga en gana. Y todo eso lo quiero hacer conmigo. Y que se una quien quiera amar 'junto a', enamorarse 'cada día', dejarse llevar.

Porque al final todo consiste en querer volver. Sin preguntarse si quiera, que a lo mejor, empezar, se ha empezado ya. 

martes, 24 de mayo de 2016

Es él

Es él. Esa fue la justificación que dijo cuando le preguntaron por su amor. La certeza de que estaba enamorada con dos simples palabras: Es él. No bastó más. Todos los que habíamos allí nos dimos cuenta de que no hacía falta ninguna coma, ningún punto, ninguna palabra más. Y ahí entonces entendí el amor.

Me di cuenta de que se casaban, no porque se querían, que también, sino porque eran ya, desde hace mucho, ellos. Juntos. Y no sólo ellos, es que eran ellos y dos personitas que habían unido por caprichos del destino en un hogar que ahora, a partir de ya, se podría llamar matrimonio.

Una palabra que a fin de cuentas, sobra. Porque si se quieren que más da como se titule. Se quieren, y
no del sinónimo amarse, sino que se quieren cuidar, que se han propuesto educar en armonía, dar vida, luchar, como lo venían haciendo pero ahora ya sin armas, más que las manos y ganas. Empezar a mimar el detalle de darse un buenos días más. A partir de ya, se han propuesto ser un "nosotros" muchísimo más fuerte que cualquier "tú y yo".

Me di cuenta de que a veces lo importante no es quererse, es soportarse. Que en los peores momentos siempre haya una tregua que cicatrice. Un alma casi gemela que nos bese tanto como nos regañe. Me sorprendió su entereza cuando pronunció con dos palabras todo su amor. Y como lo personificó en décimas de segundos en aquel hombre que a pocos días de estas letras le había pedido formalizar lo que ya era casi un hecho. 

Que era él. Que era ella. Y que por consiguiente, si el amor de sus vidas tuviera conjugación, la única sería esa:

Sí, quiero.

jueves, 19 de mayo de 2016

La Sonrisa de Tus Fotografías


Fue lo primero que me llegó de ti: imágenes. Trazos pincelados y coloridos de tu figura. De tus momentos para el recuerdo. Fotos donde eras protagonista de un paisaje, al menos para mí, secundario. Ahí donde se te podía observar con total delicadeza y calma. En esos finitos retratos pasando uno tras otro, intentaba comprender por qué la atracción hacia tus formas era directamente proporcional a tu ser. Muchísimo más ser que el mío. Muchísimo más tu estar que mi presencia. Muchísimo más, tu parecer.

Sí. Te he buscado en las fotos, deseando que éstos recobraran vida a modo de hologramas futuristas y observar cómo caminabas por el paseo marítimo de fondo, cómo posabas tras ese montón de rosas, o ver cómo sonreías a cámara sin pensar yo, en otra cosa que no fueran tus palabras, tu cara, tu boca, tu mirada.

Y sí. Estoy enamorado del color de tu piel. Del marrón de tus ojos. De las formas de cualquier milímetro cuadrado de tu tez. Me he contagiado de tu presencia tanto que calmo tu ausencia en las fotos que dejas ver.

Todo tan deprisa, tan rápido como actúa mi corazón que no caía en la cuenta que esas instantáneas decían de ti muchísimo más que lo que fotografiaban. Y es que, al igual que en el amor, no es más importante lo que se ve que lo que se esconde. No es que eras guapa en las fotos. Es que te hacían guapa cada vez que alguien apretaba el botón de esa cámara para fotografiarte.

Y que no era yo el que paseaba contigo por ese jardín. El que en tus fotos se escondía tras tu sonrisa a cámara. Inmediatamente  las fotos planeaban por el aire hasta caer. Quedando aleatoriamente esparcidas por la alfombra de mi habitación, observé como algunas quedaban dándome la espalda. Pensé que no eran mías.

Ni tuyas. Quizás eran de otro. Y fotografiaban,
que no eras para mí.

viernes, 13 de mayo de 2016

Volver

Y todo porque te vi leer. Así fue como volví a escribir. Porque me recordaste que sin besos hay amores que llegan a ilusionar. Que sin palabras, incluso, hay aún corazones, como el mío, que se estremecen. Volví a buscarme la musa que tanto andaba buscando y te encontré lejos de mí, sin mediar amistad, ni si quiera unas palabras. 

Fue a mitad de un saludo cordial, con tu nombre bajo un susurro que sonaba a antaño pero con una melodía distinta que inmediatamente hicieron a mis ojos dejarse caer hasta tu boca. Ahí sonreíste. Y entonces por esa sonrisa quedaron escritas estas palabras. Grabadas por una inusual mirada hacia tu voz que despedía ese fugaz momento donde te conocí.

Así fue como empecé a escribirte. Por si me leías que al menos vieras que estaba hoy, escribiendo de un nosotros. Aunque nunca fuésemos juntos a ningún lado, aunque fuera demasiado pronto o aunque nunca llegues a saberlo. Esta temporada empieza con tu nombre aunque yo siempre te lo negaré. Por las circunstancias, por las formas, pero sobretodo por el fondo. El que me dejabas cada día que no te veía. Que te buscaba y no te encontraba.

Así, de esa manera, vuelvo al lugar que nadie me creyó conseguir. Ese rincón donde te asomas a escondidas a buscar enamorarte por mi espalda. Aquí donde sacio tu curiosidad con lo que más te gusta hacer: Pasar página de un misterioso y nuevo capítulo que hoy título 'Volver'.

Porque me fui por falta de ilusión. Pero volver,...

Volver he vuelto por ti.

miércoles, 13 de abril de 2016

Mis Martes No Se Tocan


Quizás los vuestros sí. Pero los míos, mis Martes de Hospital no se tocan. Vale más ser voluntarioso que voluntario. Más una palabra que una etiqueta. Más una presencia que un saber estar. Vale muchísimo más irse que volver de vez en cuando. Martes de Hospital mejor que cualquier Martes Santo, mejor que cualquier martes de feria. Los goteros muchísimo mejor que los cirios. Las cartulinas de colores por encima de cualquier farolillo puesto sin intencionalidad. Ni que contar de las niñas en sillas de ruedas, más amable, más agradecidas y simpáticas que cualquier vestido de flamenca dispuesta esa noche a dejarse engatusar. Falsos, mentiroso, hipócritas, fantasmas. Iros a disimular.

Os jodéis. Así de claro. Que yo me quedo con ellos. Con todos esos que no entienden de semana santa ni de lunes de pescaíto. Os largáis si la pena os lleva hasta allí cuando no hay excusa para no ir. Porque lo que debe empujar es su alegría. Y no la tristeza por verlos de higo a breva en cualquier semana de cualquier mes que os vino bien para no quedar. Yo no quiero pisar albero. Yo quiero pisar suelo de hospital y verles sonreír un martes más. Cualquier martes que sea del año. Porque allí hay otro calendario que cumplir. Allí los postureos se dejan en casa. Junto a los zarcillos de la vergüenza, junto al traje que antepones a ellos. Cualquier niño o niña que quiso verte abrir aquello que por tu ausencia se podía haber quedado huérfano. Allí se va porque se quiere y no porque se quiera aparentar.

Y si os dais por aludidos, buscaros un rato. Entre todo ese montón de peluches que han hecho hoy más que ustedes en cualquier sitio que podáis estar. Entre cualquier Martes que fuisteis porque no teníais nada que hacer y todos esos Martes que fuisteis para disimular tantas ausencias, porque nadie os llamó en este tercer párrafo que viene a poneros la cara colorá. Iros, pero iros bien lejos con vuestros rebujitos y penitentes a disfrutar de la Sevilla que precisamente menos necesita vuestra presencia porque hoy un chico con bata celeste me decía, que desde su ventana de la habitación veía como las persianas del ciberaula se abrían de par en par. Su alumbrado. Su penitencia. Sus sevillanas maneras pero con una sonda que le atraviesa la muñeca que nunca ganó en cualquier calle del infierno que no se llame Pediatría uno, o Cirugía dos.

Porque ustedes mientras fingíais ser voluntarios, allí estaban voluntariosos por ver las pinturas estropearse en cualquier folio en blanco que, si fuera por ustedes, blanco se iba a quedar.

Que os den, que yo me quedo con mis martes. Con todos los martes de hospital.

jueves, 17 de marzo de 2016

Menos por menos es más

El otro día se lo dije. Nada más empezar el primer bocado en su piel. Te he echado de menos. Y además se lo dije triste. Como si fuera un sentimiento de culpa. Luego lo pensé. Echarse de menos... Y sonreí. No me toméis por sádico ni irónico. Es que al final me di cuenta de una cosa. Estimar, lo que se dice estimar, se puede hacer de mil maneras distintas pero todas tienen algo en común: Siempre la misma mirada.

Te echado de menos es el mayor sentimiento de amor que te pueden echar a la cara. Así de gratis. Trae un dos en uno muchísimo más fácil de digerir que cualquier te amo a contrarrembolso. Que vete tú a saber qué fecha de caducidad tiene. Que vete tú a saber cuánto de cierto viene en él. Porque no es solo que se halla acordado de ti, es que encima se ha tomado la molestia de darse cuenta de que tu presencia le falta. 

Visto de otra manera: se ha molestado en pensar que tu compañía le es agradable y que encima, y ésto si que es nuevo, que quiere repetir. Lo mejor de los "te estimo" es que no son perecederos. Se podrá ocultar el sentimiento pero en la conciencia queda que echarse nos hemos echamos de menos. Y mucho. Aunque venga otro u otra a cambiarnos el parecer, pero concluyendo, para amarse hay que haberse echado de menos mucho. Para desamarse hubo que haberse echado de menos más aún.

Pensándolo bien podría ser igual de sincero que un te quiero. Pero muchísimo más efectivo que cualquier repetición del te voy a querer. Dicho queda y ya sólo es cuestión de demostrarse. Y aquí, el te echo de menos se lleva la palma de oro. Echarse de menos es muchísimo más fácil de comprobar. O al menos más difícil de fingir. Tiene como mil premisas más pero la demostración es tan trivial que ríete tú de cualquier acto de amor. De cualquier demostración de amor.

Con el primer beso, el primer abrazo, o las primeras sonrisas tú ya sabes si la estimación ha sido de mucha o poca esperanza. Y como vivimos en un mundo donde los te quieros los hemos adulterado, aquí os presento una bonita forma de quererse mucho, de quererse bien.

Pues sí, el otro día se lo dije. Te echo de menos. A lo que ella contestó: Y yo también. Aquí entonces entendí eso de que menos por menos es más. Acabamos la cena y nos besamos. Lo que comprobé que echarse de menos es el mejor primer plato que se puede servir en cualquier momento de la relación. Porque pasa lo que ninguno de lo dos pensamos cuando nos dijimos te he echado de menos, y es que, es bonito, cuando el amor se deja para los postres.

domingo, 13 de marzo de 2016

Besa como una niña


Cómo te mira. O quizás cómo te trata. O ambas. Ya no sabes decir con qué te quedarías. No es porque sea ella, es por la idea que tienes de ella. Y cómo lo demuestra. En cada mirada. O cada vez que te toca. O cada vez que se acerca a tu cuello y te huele. No es como te presenta en las redes sociales, es más bien como te guarda.

Como respetando lo que no es de nadie, lo protege como si algún día fuera a ser suyo. Nos gusta todo el misterio que esconde. Porque no es lo que enseña sino lo que insinúa. Más que nada en las formas, donde las más malas las guarda para la intimidad. Siendo dueña de los momentos, pero presa de su propio juego. Donde acaba devorada por nuestras ganas. Besada por todas nuestras ansias.

Y nos encanta su sonrisa, pero no por lo infantil de su cara sino por el sonido. Que te llena cada vez que la escuchas. No la quieres hacer feliz, la quieres porque ya es feliz. Y cuando se enfada. Porque siempre es mentira y siempre acaba en abrazo. Como el amor adolescente que algún día perdimos entre nuestros veintipicos, pues va ella y nos lo devuelve. A ponernos la vida desordenada. Como casi siempre acaban las sábanas.

Y te das cuenta, poco a poco, que ya no te importa el qué dirán, sino lo que nunca se dijo. Todas esas palabras sinceras que te suelta porque es incapaz de ocultarte cualquier mentirijilla piadosa. Y entre tanto arrumaco de niña chica te dice que se siente segura contigo. Que le encantas como le miras. Que le encantas como le tratas. O ambas.

Porque al final amamos todos lo mismo. Que al final nos encantan sus labios, pues besa como una niña.

Pero sin embargo te das cuenta, que ama como una mujer.

lunes, 7 de marzo de 2016

Querer querer

Muy humano eso de confundir amor con aprecio. Muy animal eso del capricho, de la posesión, de querer controlar. Que cada uno/a cuando acabe de leer el texto se posicione donde mejor le guste. Donde mejor se quiera. Porque al final pareciera que lo que cuenta es eso. Quererse mucho. Querer habiéndose querido tanto.

Al final te das cuenta que Aristóteles tenía razón allá por el siglo cuarto antes de Cristo. Que amar es querer el bien de alguien. Es un acto de voluntad. No solo amar porque sí. Es algo más que sentirse querido. Es reforzar la idea de que se va a luchar. Me sorprende que alguien en aquella época ya pudiera darle un guantazo a todos esos narcisista que hoy viven escupiendo amor.

Porque no. No está hecho el amor para hedonistas. Ser egoísta y quererse nunca se han conjugado bien y refrendando a la antigua Grecia, es mucho más importante el nosotros con un apelativo de amarse que cualquier super-yo con pintas de querer llevárselo calentito todo para él.

Pero si quererse no funciona, y amar nos sabe a poco, más de uno se preguntará entonces cual es la panacea contra todo este despropósito de querer acertar. A priori parece que no hay remedio contra tanta ilegalidad. Que no hay amores que maten sino desamores que viven una eternidad.

Pero si tiene que estar relacionado con la voluntad, con entregarse a, con quererse no solo bien sino que se quiera que la otra persona esté mejor, entonces quizás es que nos falta un querer entre tanto verbo y punto final.

Pueda ser que no basta con querer.

Sino con querer querer.

sábado, 5 de marzo de 2016

Amor platónico

Y una leches, un amor imposible. Al diablo todo aquel o aquella que se crea difícil de conseguir. Al cuerno todos esos amantes de sus propios espejos. A todo aquel o aquella que se crea inalcanzable. ¿Desde qué año nos vendieron que el amor es imposible? ¿Quién se ha creído tan orgulloso como para autodefinirse como el amor a seguir?

Hemos escuchado montones de veces eso de amor no correspondido. Y siempre lo asociamos a la idea negativa de que nada funcionó. Que todo se vino abajo. Que olvidarse será la mejor opción. ¿Por qué no se lucha? Si es amor platónico, ¿por qué no se pelea?. ¿Así termina todo? ¿Se acabó? ¿Eso fue lo que te duró una ilusión? ¿Qué te duraron las ganas, un no?

El amor platónico no es el amor inalcanzable. El amor platónico es aquel que te impulsa. El detonante a buscarse una belleza pa`sacarse a la calle y vacilar. Y no, no me refiero a unos ojos bonitos. Yo hablo de la belleza platónica. Ir más allá de tu colorido iris. Quererse por debajo de la piel. Meternos de lleno en el corazón. Tratarse. Quitarse la ropa con respeto. Y hacer, por fin, el amor.

Los amores no son difíciles ni imposibles de conseguir. Nos lo ponemos difícil nosotros. Siempre buscando un lobo al que domesticar. Buscando un amor platónico en cualquier habitación de motel. Ilusos pensando que los besos dicen la verdad. Que la palabras son sinceras cuando el príncipe es de papel de fumar. Platónicos nosotros que pretendemos amar allí donde nunca nos debimos dejarnos tocar.

Es una expresión popular que utilizamos como excusa de usar y tirar. Con un significado de derrota que asumimos como imposible de doblegar. El amor platónico es otro rollo. Es otro concepto. Es como querer conocerse. Descubrirse los cuerpos, desnudarse las almas. Pensar que todo lo que importa es cómo nos vamos a querer, como nos vamos a tratar, como nos vamos a cuidar.

Al final consiste en tener día tras día un amor platónico pero con el mismo cuerpo y el mismo nombre. Que independientemente de las arrugas y años que se le ponga a la idea, siempre tengamos ganas de descubrirla una vez más. Es amor platónico el que es de por vida. El que, así de fácil, te quiera, jodidamente, de verdad.

jueves, 3 de marzo de 2016

Dejarse Ganar

Cualquier eufemismo de enamorarse hubiera bastado en cualquier otro momento, en cualquier otra sociedad, en cualquier otra época. Seguramente hubiéramos disfrutado con haberse querido mucho, con haberse respetado tanto, con haberse dado cariño del bueno. En condiciones normales, la solución hubiera sido dejarse enamorar, dejarse querer, dejarse ganar.

Pero las personas cambian, las situaciones cambian, los hechos cambian. Y no. Ya no vale con haberse querido mucho. Ahora nos exigimos muchísimo más. Ahora no es tan fácil como amar y respetar. Ahora, se lleva el amor 3.0. Gozar de la compañía de una relación más que del acompañante.

Ya no se miden las miradas ni los besos. Ahora importa más la cantidad que la calidad. Vale mucho más una imagen que mil palabras. Ya se han dejado de mandar cartas. Ahora cualquier montaje sacado de cualquier buscador de Internet con frase de plástico "funciona". Y digo "funciona", porque el amor nos dura lo que nos dura un rato. 

El tiempo ya no se valora. No le dedicamos tiempo al otro. Pero eso sí, nos encantan que nos dediquen minutos a nosotros. Somos egoístas de nuestras relaciones. El hoy por mí y mañana por mí. Y no. No soy un don nadie en ésto de la justicia. porque la solución no es un hoy por mí mañana por ti. Sino más bien un hoy por nosotros, mañana por nosotros.

Pero al amor 3.0 siento que le falta. Le faltan valores. Valores que hemos perdido entre el orgullo y la falta de honradez. Hemos perdido la humildad por el camino. El quererse poquito pero desde abajo. Dedicarse más que mostrarse. Nos hemos vuelto víctimas de nuestro propio narcisismo.
Ya nadie siente. Ahora parece que la mayoría sufre. Todo es capricho, en vez de sentimiento. Todo es amor con fecha de caducidad, un amor con abre-fácil muy cómodo pero de usar y tirar. Es difícil encontrarse ya una carta en el buzón, casi imposible de dar con la última boca que te vaya a besar. 

Decidme la verdad. No nos queremos. Seamos sinceros, nos gusta querernos muy mal. Se nos ha olvidado mimar la persona. Valoramos más los detalles que la detallista que nos dejó ganarse. Mal, muy mal.

martes, 1 de marzo de 2016

Compartiendo su Infancia


Es lo bueno que tienen estos #MartesDeHospital. Que siempre son diferentes, pero que siempre rompen la rutina de cualquier día de la semana. Haciendo olvidar todo aquello que te tiene lastrado en tu casa, sin nada a lo que reírse, sin nadie a quién conocerse. Sin fuerzas para seguirse un rato.

Quizás por eso nos encantan estos días. Todas vuestras sonrisas. Porque no son de nadie. Y nos la llevamos como si fueran nuestras. A plasmarlo en unos papeles con dibujos, a saborearlo hasta el próximo o a compartirlo con vete a tú a saber quién en cualquier rincón de esta habitación sin sueros.



Y luego la de veces que sin salir de aquel hospital viajas en el tiempo. Y te quitas más de diez años de encima y practicas el juego más inocente e infantil de aquellas tardes de recreo. Cuando empiezas a sonreír de largo.

Y conoces a una granaína de pálida piel con ojos grandes y verdes. Con una diadema azul a juego con su pijama y te pide ir de tiendas. Y de mientra le probamos trajes imposibles a muñecas de revista chismorreamos del novio de una, de los pelos de la otra, de lo malo que está el zumo de piña y de lo malaje que son las enfermeras del ala dos cuatro. Y descubres sin conocerla de nada que te está entregando lo poquito que le queda de aquello que casi pierde. Te está compartiendo su infancia. A cambio de tu atención no médica.

O cuando ves al niño retando al padre en la play-station. Donde descubres que lo importante no era estar delante de una pantalla tirándose unos triples sino estar al lado de aquel que por cuestiones de trabajo no está más tiempo del que tiene. Ahí descubres que los Martes son días de auténticas lecciones de vida. Donde se aprende más que se juega. Donde se ríe más que se cura.

Y sobre todo, la de veces que te despides y nunca encuentras la manera de no echarse todo aquello de menos. Cuando sabes que hasta la próxima semana no hay forma de volverse a ser niño. Añorando cada minuto, como si te estuvieran esperando para volver a ir de tiendas, o jugar al baloncesto o para simplemente, sonreírse un rato. Y con toda la probabilidad en contra de que seguramente, y pensando positivamente, de que a todos aquellos a los que les reíste siete días antes, no los vuelvas a ver.

lunes, 29 de febrero de 2016

Fuerza multiplicado por tiempo

Quizás no sea suficiente. Pero no se puede negar que es estrictamente necesario. No hablo de fuerza como tal. No es fuerza de la que duele, de la que empuja, de la que maltrata sino más bien la que se mide con voluntad, con cariño. Fuerza de la de luchar. Contra el miedo, contra cualquier decepción. Contra cualquier pronóstico. Y no. No es el tiempo que utilizamos de excusa, el tiempo que nos pedimos cuando ya no nos queda nada. Es más bien el tiempo que transcurre, el tiempo que nos dedicamos, los instantes donde nos entregamos cuerpo a cuerpo. Allí donde siempre nos dejamos chocar.

No es cualquier fórmula física, ni tiene consigo dotes de ser la pócima contra todo desamor a punto de explotar, pero esconde, y no solo en el título, aquello que siempre nos motiva a dar un pasito más. Me atrevería a decir que son las décimas de segundo justo antes de un beso en la mejilla, de la sonrisa precedente a un piropo sobre tu lunar o cualquier gesto de cariño a punto de acelerar amor.

Porque no es el amor lo que en principio toma velocidad, sino miedo a volverse a equivocar. Y por eso se hace más importante que nunca darse fuerza en cada intervalo de tiempo. Porque al final de lo que se trata es darse apoyo en cualquier etapa "treinteañera" de tu relación. Al final consiste en buscarse un hombro donde llorarse tanto como se rió a los jóvenes "veintipico". Al final, no se trata de tener. Sino de Impulsar. Llegarse a los "sesenta" muy queridos. Muy abuelos. Muy amados.

Y para eso vamos a necesitar dos manos, tan ajenas como cercanas, que nos lleven a cualquier rincón de la cama a darnos una bonita fuerza de rozamiento. Al final se trata de mirarse a los ojos tanto como valorarse los defectos. Se trata. si se me permite la expresión, hacerle el amor al amor. Beber de los besos del otro tantas ganas como verdades. 

Porque es tan fácil como mandar tres palabras pagadas a los labios de aquella mesa. Invitarse a una vida. Convidarse todas las noches en mil caricias. Perderse con los dedos entre tu cabello todas las mañanas mientras aún duermes. Al final se trata de, en cada segundo, darse fuerza multiplicada por tiempo.

De que haya cantidad y más cantidad de movimiento. Pero con toda la calidad que se merece tu esfuerzo, tus besos, tu sonrisa, o como quiera que se llame aquello que aún no tiene ley física pero que atrae, independientemente de la edad, independientemente de la distancia, del destino. Independientemente de la fuerza. Pero sobre todo; independientemente del tiempo.

jueves, 25 de febrero de 2016

Equivocarse Mucho


No me fío de nadie que todo, absolutamente todo, lo hace bien. Ni de aquellos o aquellas que saben más que hacen. No me fío de la gente que no comete errores y muchísimo menos de aquellos o aquellas que nunca han tenido un traspiés, que nunca se han equivocado, que todo lo han hecho bien.

Sí. Odio a la gente perfecta. A esa que nunca han sufrido un mal de amores. Todos esos narcisos del amor que nunca han llorado. Me da terriblemente pavor cruzarme con toda aquella que siempre tiene un "porque yo" en la boca. Miedo a todas esas que el ego le viste de prada. Que el diablo le besa los pies.

Sin embargo me encantan las imperfecciones. Ese lunar que está ahí para romper con toda la hegemonía de la cara. Me gusta una mujer sin maquillar, una camiseta ancha sin sujetador. Un domingo nublado. Una lluvia en mitad de julio por la playa. Me encantan los errores, los cometidos y los que están aún por cometerse. Porque nos devuelven de una sola hostia, toda la lección de golpe. Son los que miden la equivocación de una relación. Porque amar es equivocarse mucho. Porque amar es, solucionarse muy juntos.

Y me atrevería a decir que los mejores amantes son aquellos que se han equivocado mucho. Los que han sufrido de lo lindo. Creo que se ama mejor, cuanto más veces hayas besado el suelo. Contra más veces se haya tropezado con la misma piedra. Por eso me gusta valorar a las personas por sus errores. Por todas esas veces que se han tenido que levantar una y otra vez.

Por eso nos gusta tu lunar. Por eso nos gustan vuestros defectos. Porque nos encanta tu singularidad. Aquello que os hace única entre un montón, de falsos aciertos. 

martes, 23 de febrero de 2016

No te enamores

Hazte un favor, no te enamores. Si de verdad ésto de amar no es lo tuyo, ni nadie ha venido a reivindicarte, no te vendas al peor postor. Si las cosas no funcionan y todo ha sido más capricho que destino, lárgate. Búscate un hueco entre algún error cometido y una oportunidad desperdicia. Por que ahí, ahí es donde hay que empezar a valorarse. Entre algún fracaso no muy lejano y todos los dependes que se dejaron soltar como veneno aséptico a los labios de algún o alguna inocente.

No os lo toméis como regañina. De hecho, probablemente, no tengáis ni la culpa. Porque ésta siempre se la encasquetamos a los demás. Da igual lo que se haya hecho, que todos coincidimos, al final de cada decepción, que ésto del amor era unidireccional. Como si nos excusara de toda condena. Como si tuviéramos que demostrar que fuimos buenos allí donde no supimos portarnos tan bien. Y no, no es un eufemismo de cualquier noche.

Porque si de verdad te pones a pensar, allí donde nos peleamos siempre acaba en la misma cama. Hasta que un día ya no se puede más, y acaba deshecha, y con arrugas imposibles de ocultar. Creemos que sabemos todo sobre el amor, pero así, en malas palabras y con total sinceridad: No tenemos ni puñetera idea.

Es más, no sabemos ni con quién. Aunque eso, viendo la televisión un poco, parece que poco importa ya. Y no, no tenemos solución. Esto no es un post de autoayuda ni yo soy un gurú del hamor. Equivocarse siempre ha formado parte del plan. Pero si de verdad quieres que te quieran, la solución no es enamorarse.

La solución es, dejarse enamorar.

lunes, 22 de febrero de 2016

Darse Credibilidad


Se lleva la incredulidad por bandera. Ahora, todo amor sabe a plástico. Últimamente, todo caduca. Pues ahora es cuando precisamente hace más falta éso. El quererse por adelantado. Como pagar un anticipo de todo lo que se pretende dar. Una fianza puesta al corazón de la otra persona. Darse confianza. Que mucha gente lo confunde con fingirse mucho. Perdiendo así toda credibilidad.

Cuando las cosas aún ni hayan empezado, cuando los besos ni se hayan rozado. En ese momento donde las miradas juegan tanto como el olfato. Donde el amor se sirve en copas de buscarse. Ahí donde las confianzas aún no dan asco. Ahí es cuando más hay que prestarse. Ahí es donde más hay que estar. Ya no te digo ser sinceros, sino exigirse más allá. Algo así como 'sinperos'. Que se sienta de verdad que se quiere amar.

Porque al final de lo que se trata es de hacer el amor tanto como darse credibilidad. Que no darse visibilidad. Porque no vale con creérselo o posturearlo, es que además hay que serlo, y sobre todo, estarlo. Nos han enseñado tantos 'se acabó' que ya todo principio suena a final feliz. Como si lo que aún está por empezar, que podría ser magnífico, tuviera ya puesta la fecha de caducidad. Como si esas miradas no sirvieran tanto por culpa de unos intervalos de confianza que se partieron en trocitos más pequeños imposibles de volverlos a juntar.

Y al final resulta que desconfiamos más del que menos tenemos que desconfiar. Las confianzas que nos tomamos, sin embargo, con aquellos que mejor nos supieron engañar. Que al final todo lo que se diga cuenta, según que boca y que cuerpo nos lo vaya a promocionar. Somos la sociedad del depende. De las etiquetas fisiológicas. Del prejuicio inicial.

Es increíble pero se ha dejado valorar el todo por el nada. Ya no nos creemos. Podríamos querernos mucho pero siempre tenemos un 'no sé' puesto en una excusa disfrazada de cualquier mes, de cualquier día, de cualquier momento. No se busca amar. Se busca tranquilidad. Con la idea equivocada de que son dos cosas totalmente diferentes, cuando no es verdad.

No se busca una persona que te complemente sino alguien que pague una fianza por ti muchísimo mayor que la propia verdad. Porque ésta ha perdido valor en cualquier momento de la relación. Por eso voy a romper una lanza en favor de aquellos y aquellas que lo dan todo nada más verse. Aquí una declaración de intenciones a los que vienen a confiarse de lo lindo.

Mis felicitaciones a toda aquella que vino a dejarse querer. Porque entonces no habrá prueba mayor de amor que aquella de darse confianza. Incluso antes, de darse amor.


sábado, 20 de febrero de 2016

Potencia partido por Resistencia


Me acuerdo de la ilusión que desprendíamos, saliendo de cada poro de nuestra piel. Dejando un ambiente de calma, serenidad, de querer estar juntos allá donde se fuere. Me acuerdo de los besos de sábado tarde. Todos los que nos invitamos cada vez que llegaba un poquito de buen tiempo. Un poquito de estar juntos para dedicarse. Los mismos minutos y segundos que nos los gastábamos uno en el otro. Como si fuera la paga de la semana. Invertida en el mejor sueño de cada noche. Creo que no recuerdo mayor satisfacción. La sensación de haberse querido bien. De haberse recordado mejor aún. La potencia con la que amábamos. La poca resistencia que nos poníamos a dejarnos querer.

Al final te das cuenta que lo importante no es la duración sino la intensidad. Que en la fórmula no existe el tiempo. Se observa que contra más potencia, mayor intensidad y que contra menos te inhibes, mayor se sentirá. Increíble como una fórmula física nos puede dejar caer la electricidad de una relación. El quererse con muchos vatios de potencia, el dejarse llevar con poca resistencia. Al final no se trata de saberse enamorar, sino de formularse mejor.

Encontrar la simbiosis perfecta entre te quiero y ya no te quiero. Conocerse entre todos los 'síes' y todos los 'noes'. Quererse y dejarse querer sin medir segundos ni distancia 'añorable'. Resistirse más allá de una simple boca. Devorarse, más allá de una piel. 

Por eso se nos acaba todo cuando ya no hay potencia. O cuando todo el querer de uno no se puede dividir entre cero. Cuando nos resistimos demasiado o cuando a la relación no le echamos bemoles.

Menos mal que siempre nos queda este rinconcito de la semana llamada sábado por la tarde. En esa humilde y cálida esquina del sofá. Donde la intensidad siempre ha sido potencia partido de resistencia. 

Donde tú y yo interactuábamos con gusto. Hablando de nosotros. Besándonos sin besos. Abrazándonos sin ropa. Queriéndonos, conociéndonos. Produciendo electricidad estática. Electrocutándonos de amor. Del bueno.


jueves, 18 de febrero de 2016

Fíjate qué Tontería


El amor es para aquellos que se dejan encantar. Para todos los 'dispuestos a'. Para todas esas chicas inteligentes vestidas de 'dejarse querer'. El cariño es para los que se dejan tocar. Los que disfrutan de las primeras horas de besos por las mañanas. De toda aquella que se deja mimar con gusto.

El amor es, fíjate que tontería, para quién llegue antes y se lo pida. Con la cláusula firmante de que no podrá ser devuelto. En todo caso compartido. El amor es para los valientes. Las que arañan espaldas a conciencia de que los besos serán más intensos, rozando las mordidas de unos labios que acabarán con la cara llena de pintalabios. El amor es para quien lo hace, con todo el beneplácito de quien lo recibe.

Y es que a veces los pequeños detalles son los más brutalmente descarados. Como si la valoración de afecto fuera inversamente proporcional a toda la intencionalidad. El refrán ese bien dicho que dice "sin querer, queriendo." Y ahí te ves, en los bordes rojos de aquella que acaba de pronunciar tu primera mayúscula. El acto más humano y primitivo de dedicarse tiempo. El hecho de que todo empieza como casi sin intención.

Probablemente la prueba más dócil de que el amor es tan espontáneo como un acto involuntario. Un clic que se activa en el subconsciente de cualquier torpeza que va de la mano de las costumbres del día a día. Y es que, fíjate qué tontería:

Me gusta cuando me llamas por mi nombre.

martes, 16 de febrero de 2016

Hoy, Cualquiera de Febrero


Entre lo vivido, lo que se vive y lo que queda por vivir, siempre me ha gustado lo que queda por venir. De todos los momentos mágicos, de cuando estás agusto con una persona, los momentos sofá a la luz de una chimenea, o habitación a oscuras donde las manos ven más que tocan, o el momento paseo por cualquier ciudad desconocida, a mí siempre me ha gustado el después.

Como hoy por ejemplo, ¿no?, un día cualquiera de febrero, después de San Valentín. El anonimato de un tiempo que nadie valora y que en realidad vale oro. Ese instante que viene detrás de todo lo efusivo, de todo folclore. Los tiempecitos de después de una gran guerra en la cama. Los tiempos de después de un largo tiempo sin vernos. Las horas finales de una tarde que se ha pasado volando con tus besos, tus abrazos, todas tus sonrisas.

Siempre me ha gustado todo lo que venía detrás. El tiempo de pensarse cómo hacer para sorprenderla de nuevo. Esa obsesión, sin pretender serla, de amarte una y otra vez. Pedirse a sabiendas que nos acabábamos de despedir. Yo siempre me quedaba con éso. Con volverte a ver. Por eso siempre me ha gustado valorar el tiempo de extra de toda relación.

Valorarse más allá del presente y preguntarse si quererse a las espaldas es igual de importante que decirse te quiero a la cara. Siempre me han gustado más lo besos a destiempo. Los abrazos sin avisar. Los últimos minutos de todos tus "no te vayas". Pero siempre he querido volver.

Por eso me parece hoy un día especial. Un cualquiera de febrero. aún nos queremos.

domingo, 14 de febrero de 2016

Nos Queda el Resto del Año


Perdonen por llegar tan tarde. Mis disculpas a todas las personas que hicimos esperar. De parte de todos aquellos a los que este día nos da tan igual, lo sentimos. Pero mucho. No tenemos excusas. La verdad es que la culpa es nuestra. No por hoy. Sino por todo lo que amamos el resto. El resto del año.

Es que no sé como se resume en un día. Da igual desde donde empezamos. Cuando fue nuestros aniversario, nuestras primeras palabras, besos, amores. No sé en qué momento comenzamos a dividirnos las ganas, sumar abrazos, multiplicar intenciones. Ese día que lo marcamos en rojo por lo San Valientes que fuimos. Donde no importaban las fiestas, el día, los aniversarios. Donde empezamos a valorar el resto.

Todas esas cositas que no se fotografiaron con hashtags. Esos detalles que no tienen fama, ni posts hablando de ellos. Las manías que enamoran que no tienen recuerdos en ninguna red social. Todos esos besos sin botones de compartir. Aquellos momentos sin retweet, sin adornos, ni frases sacadas de cualquier canción bipolar.

Por eso hoy más si cabe me acuerdo del resto de esta división. Donde no se trataba de ser denominador ni de llevarse una. Sino de ser conscientes de que lo importante es el resto. Porque lo importante no es lo que se da. Lo importante es lo que se queda. Ese final de cuenta que intentamos nunca dejar a cero.

Que da igual el papel de regalo, el dinero que se ha dejado en sonrisas. Que si hay que poner yo lo pago. Que si falta, yo lo pongo. Aunque esté todo el año sin caprichos. Porque no se trata de ser feliz el catorce de febrero, el diecisiete de marzo o el veintiuno de agosto. 

Lo importante es estar el resto del año. Sonreir cualquier dos de mayo, pasearse por cualquier calle bañada de hojas secas cualquier dieciocho de octubre. Morirse de amor todo el resto del año. Hablarse muchísimo más días. Escribirse muchísimo menos.

Porque todo se entenderá, todo quedará muy clarito, cuando tu leas:" Feliz Resto del Año" y vea que poco importó el regalo si lo que te hizo feliz fue verme de nuevo. Cualquier día del año.


miércoles, 10 de febrero de 2016

Cualquier Discurso de Amor


Nos sobran. Nos llenamos el saquito de pretendientes que da gusto, y luego claro, luego nos sobran. Vivimos rodeados de cualquieras hablando de amor. ¡Porque ya cualquiera habla de amor!. Como si hablando trajera intrínseco el saber. Me los veo ahí, vestidos con sus mejores galas escribiendo de lo que menos saben hacer, de lo que más saben mancillar.

Y te las ves luego a las otras frías, distantes, recelosas de cualquier discurso de amor. Ya se ven desconfiadas, tristes, desilusionadas porque le vendieron cualquier patraña muchísimo más forzaíta que el día de San Valentín. Porque le escondieron una gran mentira con una tremenda verdad. 

Y claro, ya la verdad no hay quién se la crea. Vivimos rodeados de gente que nombra el cariño como principio de lujuria. Auténticos juglares que pronuncian amor con 'S' y terminado en 'exo'. Y no. Ya no les vale con todo sexo. Ahora lo que quieren es, y encima exigen, tiempo.

Ese discurso del amor que se lleva ahora de que una persona tiene que dar la vida por otra. De que dos, se tienen que fusionar en uno. Oye mira, no. Dejemos bien clarito que, ni todo lo mío es tuyo, ni todo lo tuyo es mío. Que no se trata de amar a ciegas, sino de compartir a medias. Aquí no se trata de dar los mejores besos ni los mayores regalos. Se trata de ser uno mismo donde estábamos antes de que nos fuéramos a cruzar. 

Cada semana que pasa nos vamos dando cuenta que es cada vez más difícil hablarnos de amor. Casi esperando la primera mentira, como escondidos entre los arbustos esperando la primera señal de desilusión. Ya no amamos. Ya sólo nos conformamos con ser protagonistas de cualquier historia de idiota y viceversa. Conseguir el premio a la mejor protagonista fingida del país.

Y terminar el discurso llorando de emoción. Dedicándole la estatuilla a tus amigos y amigas, a todo aquel que sirvió de pañuelo de lágrimas, a tu perro, tu gato y tu despensa de chocolate. Un saludo a todas aquellas personas que confiaron en mí. A mis hermanos, a mis discos de música, camiseta favorita, y a todo el que se dignó a ver mi película, gracias.

Y salir del escenario entre aplausos. Entre 'no pasa nada'. Entre 'todo llegará'. Porque observando, he visto que cualquier discurso de amor os vale, salvo al parecer éste que se dice a la boca, en una noche de tremenda sinceridad, sin florituras, sin cuentos, ni promesas que volarán. Ese discurso de amor breve pero muy emotivo que dice:

"Te Quiero de Verdad".

lunes, 8 de febrero de 2016

El Amor De Cualquier Día


Gente que viene, que te dice, que te exige, te compromete a un abrazo. Gente que se queda, al 'laíto' tuya en una cama de a dos. Gente que viene, se queda, no se va. Y encima te besa, te abraza, se esconde bajo tu cuerpo. Que te abraza las noches, te rodea la cintura, te acarician con sus manos, te mantiene despierto con sueño. Perdón, con muchos sueños. Hoy, en este cualquier día del año.

Gente que se va. Pero se va contigo. De viaje. A vivir momentos. A moverse las maletas, el corazón, las ganas. A poner patas arriba tu rutina. Gente que visitan lugares agarraditos de la mano del o la que nunca se quisiera soltar. Otras fuentes donde besarse, otras calles donde dejarse querer. El irse juntos. El dejarse ir acompañados. El sumar tantas fotos como quererse repetir. Acabarse el álbum del interés y empezar el de comprometerse.

Gente que te elige. Que te pone el primero de su lista. Que lo da todo por ti. Que no se avergüenza de tenerte a su lado. Que quiere estar contigo. Que quiere elegirte siempre. Ponerte las íes sobre los puntos, los refranes como le venga en gana, el sexo como nos salga del corazón.

Gente que decide cuidar tanto lo suyo como lo que se ha convertido en nuestro. Mimar cada primera persona del plural. Gente que nos vende el amor como posible. Los desayunos en cama como reales. Los besos de buenos días con permanente justo detrás de una alarma de despertador que suena para dos. Gente que nos comparte el cariño. Y luego si se pide más, se tiene.

A mí esa gente de cualquier día me enamora. Sin tener que ser catorce de febrero, día de aniversario o coincidencia en red social varia. Gente que no quiere ni por el tiempo, ni por la fecha ni por la novedad. Que apuesta por ambición. Que se te acerca cualquier día del año.

Hoy. Podría ser hoy. Podría ser ya. Una nota en la esquina de la mesita de tu habitación esperando a decirte hola, te quiero, te veo a las cinco, volveré pronto, llámame, te necesito, buenos días princesa, mi fea, tonto, guapo, gracias...

Porque al final no se trata de cualquier día como pedía reclamando el título. Al final se trata de cualquier cosa. De cualquier gesto. De cualquier muestra de intención.  

sábado, 6 de febrero de 2016

Delicia de Manzana


¿Qué hago con el perfume de Yves Rocher con olor a delicia de manzana? ¿Qué hago con la lista de cosas que te gustaban y te faltaban? ¿Dónde guardo las zapatillas de la talla 38 de pie que pediste en cualquier foto, en cualquier momento, en cualquier lugar? ¿Qué hago con todos esos caprichos que apunté y que quería poquito a poco hacerte cumplir?

Dime dónde me guardo todos tus gustos. Como me olvido de ti. Como uno se desprende de tu esencia, de tu presencia, de tu 'nunca estás'. Ya la lista yace en un papel arrugado con rabia y dolor en una papelera de mi cuarto pero el peluche de tu película favorita sigue pasando frío en un rincón de mi habitación. El papel de regalo aún por liar esperando en la esquina detrás de la puerta. El celo aún intacto esperando juntar extremos del mismo papel con cariño de ser destrozado. Los guantes aún por probarse en tus manos.

Si no teniendo la lista, aún me acuerdo de tus gustos dime qué hacer para olvidarnos del todo. Que tengo que hacer para guardar el marco de fotos donde íbamos los dos abrazados. Y lo peor de todo. Dónde escondo todo lo inmaterial. Tu sonrisa. Las miradas del tren. Dónde guardo la timidez de los primeros días. En qué armario me caben tus besos.

A ver dónde te guardas mis textos. La noche donde dormimos juntos. Aquella donde nunca se llegó a ver el final de la película. Aquella donde yo te regalaba un gel con olor a manzana. Aquella mañana donde tú lo estrenabas en la ducha de mi apartamento. 

Dónde desnuda te desprendías de la toalla de tu personaje de ficción favorito y me pedías un beso. 
Y yo te lo daba. Y todo lo guardaba. Yo todo lo guardaba...

jueves, 4 de febrero de 2016

En Principio Te Quiero


En principio te quiero. Y digo en principio porque he venido a mojarme lo mismo que ustedes. Aquí donde nos vemos pidiendo y exigiendo amor, somos los primeros en ocultarlo. Como decía aquel día: hay miedo en el ambiente. Filofobia: miedo al amor

O mejor debería de decir: Miedo a que nos pillen amando. Leerse a escondidas sí, eso mucho, pero que nadie nos descubra el querer. De ahí que haya más ironía que verdad. Más sexo que amor. Muchísimas más frases dedicadas al que se fue, que al que viene. Por eso hay más besos que días. Porque vivimos el amor lo que nos dura un principio.

Somos así de relativos. En principio te quiero. Y ya interprétalo según como te despiertes, según como te venga en gana. Lo que nos cuesta expresar los sentimientos. Decirle al mundo lo que se necesita. Y lo que más molesta: lo superficiales que somos. Y lo que es peor, lo vulgarmente escrupulosos que somos con quién lo dice. La importancia que le damos al nombre en vez del al hombre. Claro, así nos va...

Que la misma frase dicha en otra boca ya no os suena igual. Porque estamos colmados de etiquetas. Por eso cuidamos ya hasta los "me gusta" del facebook vaya a ser que me pillen dándole un like a ese cualquiera vestido de nadie. Temerosos de que os postulen como amores de por vida.

Ignorantes, aquellos que no saben decir sí o no. Que se esconden en un "en principio te quiero". Nos hacéis perder el tiempo con toda vuestra inmadurez. Porque crecer es aprender a tomar decisiones. A decir no cuando no se quiere. A demostrar un sí cuando sí se desea. Repito, Nos hacéis perder el tiempo con todos vuestros principios que no acaban en nada.

Lamento que ya no nos digamos Te Quiero sin ponerle principio ni final. Lamento que ya no se mire a los ojos y que el amor se decida en una noche, en una cama, en unas sábanas. Lamento que en principio nos quisimos.

Ojalá, algún día, y sobre todo, al final, se quiera.

Cuando Dormir es Despertarnos


Me gusta cuando dices "ven". Cuando tomas la iniciativa, la inercia, la energía de acercarte. Ese momento donde con un dedo en tus labios me pides silencio. Me encanta cuando decides por nosotros. Un ejemplo más de que te curras todo lo nuestro.

Me gustan todas las líneas de tu cuerpo. La de tus labios. La curva de tu espalda. Me gusta tu silueta. El perfil de tu cara visto en la tenue luz de la noche. Cuando duermes en mi lado de la cama y yo te escribo desde el escritorio, embobado mirando a la pierna desnuda que se deja ver por las sábanas que desordenas con tus brazos. 

Adoro, bajo la luz de esta luna, todos los besos que das por las mañanas. Los abrazos. Me encanta tu frío siempre pidiendo un poquito de mi calor. Adoro los momentos. Los "no te vayas". Me encantas despeinada, con sueño, con los ojos sin maquillar, con mi sudadera, mi pijama, con ropa ancha. La frescura de tu piel. El tacto de tu cuerpo. Tan suave, tan lindo.

Es que despertándonos eres guapísima. La seguridad que das por las noches. La confianza que da dormir contigo. La sensación de que mañana por la mañana habrá besos. Que la noche no se acabó. Que el día no ha hecho más que empezar. Y que se ha empezado contigo.

Es que despertándonos así apetece quererse un día más. Es que despertándonos así, cualquiera dice "no" a que deje el lápiz y me meta en la cama, ya, ahora. Es que despertándonos así....

Cualquiera se enamora.

martes, 2 de febrero de 2016

El escriba de un niño


Mira que he escrito mil veces. La de cientos de veces que he cogido unos folios en blanco, un lápiz y he dejado explotar la imaginación. Lo que sentía lo contaba. Lo que me gustaría que me pasase lo adornaba. La de veces que me he sentido dueño de mis sueños y he escrito lo que me venía en gana. Pero nunca, jamás, he sentido ser, el escriba de un niño.

Las circunstancias. La casualidad. Probablemente el azar. Él utilizó la palabra "amigo" para llamar mi atención. Y allí que casi por inercia fui. Al lado de su gotero me senté a preguntarle que quería, que necesitaba. Un pequeño con gafas y una vía en su mano derecha me miraba y me pedía por favor si podría escribirle algo a la vez que levantaba su mano desnuda y repleta de tubos inyectados a sus venas.

- Claro que sí - dije sin pensarlo- un momento que coja un folio y algo para escribir.

El pequeño esperaba mi llegada enfrente de la pantalla de un ordenador donde se dejaba intuir una imagen con una frase en mayúsculas en su interior. Una vez me senté delante de él, empezó a contarme su propósito. 

Quería escribirle a sus amigos unas frases de amistad y claro, él, no podía. Precisaba urgentemente un escriba que copiara sus sinceras palabras. Mientras yo me convertía en el escriba de un niño empecé a valorar todas las lecciones que me dio en un momento casi sin querer.

En primer lugar la amistad. No me conocía de nada y me dijo amigo. Probablemente nunca nos volveremos a ver pero ese lazo ya no hay quién lo rompa. También me hizo ver que a los amigos hay que dedicarse. Él, allí hospitalizado, sacaba un ratito para Teresa, Miguel y Maite, los destinatarios de las cartas que yo le escribí. Con los amigos no sólo hay que ser, hay que estar. Hay que sentirlos.

La segunda bofetada de ética que me dio aquel enano fue la de pedir ayuda. No se es inferior por pedirla. No se es menos por no poder más. Siempre hay solución para un problema. Y la solución de su gotero eran mis manos con un lápiz entre ellas.

Y la tercera y última guantada con la mano abierta: Crecer es aprender a despedirse. Parafraseando a R.M. Crecer es aprender a despedirse. Tras encontrarse indispuesto, recogió sus folios grapados, y se marchó. Descubrí que las despedidas duelen pero que, a fin de cuentas eso nos ayuda a crecer. 

Espero que le vaya bien en la vida. Sus amigos tienen una buena persona a su lado. A partir de estos renglones, ya para siempre,

                      Tuyo,

                                        El Escriba de un niño

domingo, 31 de enero de 2016

Amor Decidido


Me encantaría tomarme una copa de vino a los pies de tu cama. Derramar todas las ganas sobre el colchón donde cada día te duermes. Me encantaría dejarte una nota encima de la cómoda de tus sueños. Al borde de todas tus ilusiones, estar ahí, yo, velando por la perpetuación de tu curiosidad. Sin pronunciar lo nuestro, dejar caerlo.

Me encantaría desnudarme en los bordes de tus sábanas. Recogerte en un abrazo de piel a piel, mojar los labios con mordidas muchísimo más excitantes de las que ahora mismo te piensas al leerme estos tres inútiles renglones. Renglones. Esos si que me gustaría torcerlos al sonido de una música que caiga del techo, que cierre la puerta y que nos deje allí, muy solos, muy bien acompañados.

Me encantaría no sólo pasar horas. No sólo vivir de los momentos. Me gustaría dedicarme allí una vida. Quiero perderme entre todas las arrugas que cuente desde aquí, desde esta esquina de la cama hasta la almohada. Mirarnos al espejo que cuelga de la pared de tu habitación. Fotografiar cada mes, cada sonrisa, cada te quiero, cada quédate.

Eso. Quedarse. Me gustaría que fueras una que se queda. Alguien que en caso de que se tuviera que ir, si se va, vuelve. Esas que cuando se van, mil veces te dice "no quiero". Aquellas que lloran al borde de una septuagésima despedida tanto como de una primera cita. Yo te quiero aquí tan de repente. Sin esperar a que el tiempo nos decida.

Lo tengo claro. Si te tuviera ahí delante de esta copa de vino que se acaba, hoy te hacía el amor con las manos. Lo tengo claro: 

Hoy, el amor, que sea decidido. 

jueves, 28 de enero de 2016

Seamos Sinperos

Basta ya del 'no sé', del 'ahora mismo no'. Dejemos de abusar de la esperanza del otro. Dejemos de etiquetar a cualquiera como 'un cualquiera', como 'otro más'. Dejemos de ponernos excusas cada vez más frías. No seamos tan patéticos dejándonos como leídos, como vistos. Abusones del doble tick azul. Dejarse de 'peros' y empezad a decir de una puñetera vez la verdad.

Dedicarse. Empezad a dedicaros tiempo. Pero no con un fin. Que la excusa sea por una vez en sí misma ésa. El de cuidarse de por vida. Ya está bien de tanto piropo sin respuesta. De tantos 'te quieros' sin 'y yo' seguido de un 'sinpero' beso. Ya está bien de tanta creída delante del espejo y de tanto chulito sin humildad ni corazón. 

Dejarse de 'peros'. De 'nuncas' disfrazados de 'quizás' y de conveniencias varias. Y empezad a quereros de verdad. Seamos sinceros sin peros que valgan. Si no queremos nada, no dejarlo notar, no. Que se diga. Con todas sus letras. No nos queremos, no quiero, o nunca nos vamos a querer. Si nos vamos a querer mal, si se va a querer peor al menos que se avise. Mira que nos vamos a querer para el tonteo, para tres besos y medio, para una gran noche de falsa pasión. O si nos queremos para toda la vida, digámoslo también. Sin miedo. Te Quiero. Y que suene así tan mayúsculo. Tan de fondo. 

Porque no hay nada peor como dejarse las palabras a medias. No hay nada como toparse con uno o una cobarde que deja las ilusiones, siempre, para el día después. Aquel o aquella que miente más que habla. Que besa sin ganas más que quiere. Que se deja más que se preocupa.

Empecemos a decirnos las cosas claras. Que no estamos para perder el tiempo con milongas. Que no estamos aquí para escuchar todas vuestras desavenencias con la sinceridad. Si no te mojas, largo.
Si no me vas a decir una sincera verdad, vete a ponerle excusas al mismísimo diablo.

A partir de aquí seamos sinceros. Y que el único pero que valga sea ese que dice:



Pero te quiero.

martes, 26 de enero de 2016

¿Hoy no habrá besos?


Hoy no habrá besos. Ni abrazos ni caricias ni intención de ello. Hoy no nos queramos. Hoy si nos hemos visto, que menos que no acordarnos. Hoy que sea como cualquier día de aquellos que no nos conocíamos. Hoy si pudiera hablarte me lo callaría, si pudiera mirarte no lo haría. Si pudiera escribirte no te lo dedicaba.

Hoy que no haya nada. Ni intenciones, ni afectos, ni parafernalias varias. Hoy el amor para después de las doce. Hoy el cariño para mañana. No queramos nada de nadie. Hoy no me beses, ni me abraces, ni mucho menos me acaricies.

Ojo que no he hablado de dejar de querernos. Pero es que yo al amor le pido algo más que besos. Yo al amor le exijo más que sexo. Nos toca ponernos la piel de gallina. Tenemos los nervios de la piel para convencernos, sin tocarnos, que nosotros, a parte de ser, sentimos. Tenemos tiempo, para que, sin que nos corra prisa, nos den ataques de ansiedad por tenernos.

Hoy si me quieres no habrá besos. Hoy si me echas de menos no habrá abrazos. Pero si de verdad me amas, y si de verdad me necesitas, haz como siempre has hecho: Bésame sin aviso. Abrázame porque sí. Extiende tus brazos y rodea mi cuerpo. Aprieta como una niña chica. Acaríciame la barba, el pelo. 

Porque pueda pasar que yo ande equivocado. Puede ocurrir que hoy tu corazón esté equivocado. Puede que, al final del texto, hoy, si hubo beso.

lunes, 25 de enero de 2016

Escóndeme, escóndeme mucho


Guárdame. Ciérrame en un cajoncito de cualquier cómoda de tu habitación. Déjame que coja polvo. Que sea cualquier chisme digno de perderse en una mudanza. Escóndeme, escóndeme mucho.

No vaya ser que te acuerdes de mí. No vaya a ser que la conciencia se te quede pequeña. Cómo dije algún día: tú disimula. Tú mientras puedas, disimula. Que no se note que un día tú y yo nos miramos. Que no valga la pena las intenciones, ni mucho menos la ilusión. Mandemos a freír espárragos cualquier intento de ser simpáticos, cualquier excusa de encontrarnos. Si me apuras, olvidémonos de todo corazón. 

Corazón que ha venido a besártelo un cualquiera como yo. Pero con muchísimo mejor atino, con muchísima mayor suerte. Con muchísima menor dificultad. No quiero que me mal interpretes. Me alegro por ti. Solamente por ti.

Desde aquí, desde el final de cualquier excusa, desde el principio de una casi imposible amistad nos deseo de todo corazón que nunca nos volvamos a encontrar. No te quepa la menor duda que sigo y voy a seguir sonriendo. No es coraje, es supervivencia. El amor es así. Y no eres la primera en descubrirmelo. No eres tú la que se va. Soy yo. 

Menos mal que antes de irme te dejé un detalle en tus manos. Haz con él lo que puedas o quieras.

Ojalá te funcione bien el invento. Esconderme. Esconderlo mucho. 


domingo, 24 de enero de 2016

¿Todo Vale?


Y yo me pregunto, ¿todo vale? Y si fuera así, ¿empezamos a contar desde ya? Quiero decir, ¿desde dónde ponemos el cronómetro en marcha?. ¿Desde la primera mirada? ¿Desde la primera intención de agradar? Si en el amor todo vale, ¿de verdad que todo, absolutamente todo va a contar?

Lo he escuchado montones de veces: Todo vale. Con diferentes tonos de intención. Algunas veces hasta con un atisbo de marcaje temporal: "Todo vale desde ya". O cuando te lo disfrazan por sinónimos que vienen a decir a parte de lo mismo, aviso. "Ten cuidado, porque todo cuenta". 

Y siempre, aunque a priori todo vale, al final la mayoría de las veces, todo, no vale. Yo no me creo ya eso de que en el amor y en la guerra todo vale. Para empezar comparando tal acto con tal atrocidad. Empezando por ahí vamos muy mal. Que da la impresión como si hubiera derrocados y caídos. Aliados y enemigos. El amor no debe de ser una batalla donde uno ha de ganar. No es una cuestión de conquistar cuerpo ajeno, sino más bien de que ganen ambos bandos por igual. No se trata de ser mejor que el que estuvo, ni convencer de que no deben haber más. Se trata de dar confianza a cada paso que se da.

Segundo, porque seamos honestos. Todo no vale. No vale cualquier cosa. No vale cualquier cuerpo, ni cualquier boca. Aquí todo no vale. Aquí mejor, casi todo sobra. Empezando por la ropa, que es una de las primeras que mandamos al suelo en cuánto todo explota. De hecho, he pensado dejar de escribir, porque a veces lo que más sobra son palabras. La palabra ya se utiliza para mentir más que para conversar. Ahora no se cree en la poesía tanto como en la ironía.

Ya todo no vale. Porque no se trata de quien todo te lo dé, sino de quien menos te tenga que dar para demostrarte que cualquier cosa que te pueda dar otro ya no va a importar. He descubierto que entonces no se trata de darlo todo. Y que también hay que estar en la hora, en el momento, en el lugar.

No se trata de que una persona se consuma al cien por cien y la otra espere viéndolas venir. Se trata de darse cariño a partes iguales. De sentir, más que de regalar. Consiste en entregarse, más que en darse. No se trata de viajar a, sino de viajar con. Valorar tonterías y no la suma o el compendio de todas ellas. Lo importante no es tener, lo importante es reconocer.

Que si todo vale, entonces todo tendría un valor, un precio. Y si todo contaría tú no tendrías palabras con las que pagarme todas estas que me debes.

No es un todo vale. Es el precio que tú te quieras poner.

miércoles, 20 de enero de 2016

Me Quiero, ¿y tú?


Tíldame de orgulloso, arrogante, engreído, de lo que quieras pero luego no me digas que no te lo avisé. Sonará cruel, probablemente desesperanzador pero no te quepa la menor duda de que misterioso va a ser: Me vas a perder. Así de fácil, así de sencillo, así de enigmático. Se ha decidido que no me voy a morir por tus huesos. Hoy se ha decidido que el premio soy yo. Se acabaron mandarle poesía a tus labios. Ahora son ellos los que se lo tienen que currar. Ahora eres tú la que tiene mucho por demostrar.

Me vale cualquier intención. Cualquier acto de aquí estoy. Algo que te delate como interesada. Se necesita cualquier corazón curado de espanto dispuesto a darse, a entregarse, y también a recibir. A la porra el saber estar, el 'ya si eso' o el 'ven tú que a mí me da la risa'. A la porra el 'y tú más', las novelas de caballeros y princesas, todos los 'dependes' y 'quizás' que esconden un 'nunca'. A freír espárragos todos esos monosílabos sinónimos de 'no'. Fuera toda la temporalidad del después. Lo que importa es ahora. Lo que quiero, si lo quiero, es ya.

Búscate cualquier excusa para tirar la toalla, cualquier día después para volvernos a ver, cualquier no-intención de volvernos a encontrar, pero a mí, y eso si te lo pido por favor, no me las vengas a contar. Yo ya no escribo para convencerte, ahora te escribo para que si quieres, a partir de este final de texto, tengas una excusa por la que luchar.

No estoy diciendo un 'adiós', 'hasta otra', o 'en otra ocasión te molestaré'. Yo estoy diciéndote o 'siempre', o 'hasta nunca'. Porque no me han ido los amores hipotecados, el amor prorrogable a años, las condiciones de todo lo que se quiere según tus ganas y tus besos a plazos. Yo ya quiero amor. Pero amor del de verdad. Nada de 'te quieros' de plástico ni 'me gustas' sin un toque de atención al interior.

Porque yo no busco una mujer que vaya por delante ni detrás de mí. Yo busco una a quién acompañar. Una a mi lado que me complemente. Una vida a la que cuidar. No una noche, tres semanas ni un ratito de hospitalidad. Yo la quiero para toda la vida. Pero que desde hoy nos lo tengamos y queramos demostrar.

Me quiero.
Y te quiero, pero,... ¿y tú?

martes, 19 de enero de 2016

El juego de la Oca más difícil del mundo mundial


No es un juego cualquiera como ningún Martes es un día cualquiera. Sí es cierto que es el mismo tablero, el mismo dado, los mismos cubiletes, fichas, pero desde luego no con la misma suerte, ni con los mismos rivales.

Al menos no para el niño impaciente por empezar que se sentaba enfrente de mí. Joan no me llegaba a la cintura de alto. No llevaba bata de hospital. Iba vestido con un chaleco azul a juego con unos pantalones largos de pana. Era delgado con la cara fina y pequeña y no paraba quieto. Se le veía nervioso, quizás por la magnitud que provoca en esos chicos esa sala, o quizás porque tanto tiempo en la habitación había hecho mella en su ansiedad de niño de querer hacer algo. Ahora que podía, lo demostraba con su inquietud y su impaciencia por empezar.

Tiramos una lona grande al suelo. En ella un tablero de la Oca nos saltaba a los ojos con chillones colores e imágenes infantiles de distintos personajes animados. Las reglas eran fáciles a pesar de ser el juego de la Oca más difícil al que me he enfrentado.

La primera era que Joan siempre empezaba tirando. Daba igual que fuera un color u otro, o que se unieran  más compañeros al tablero. Daba igual. Joan siempre empezaba. La segunda regla era que no había que echar cuenta a ninguna regla oficial del juego. Da igual como se jugase fuera del hospital, allí andaba Joan. Tercera, como consecuencia de la segunda, Joan te podía mandar a la cárcel, volver a empezar o saltar casillas o retroceder según sus intereses generales del juego que sólo él tenía en su mente de niño. Cuarta; dejarse llevar. Tú limítate a tirar los dados. Ya Joan dirá.

Descubrí, allí tirado en el suelo, junto a Joan, que lo importante no era ganar. Que daba igual cinco que dos. Que no importaba el orden. Descubrí algo de Joan. Era sólo un niño que quería jugar. Y no sólo jugar.

Cuando su padre llegó a recogerlo él solo quería que su padre estuviera orgulloso de él:
- A éste -señalándome a mí- le he ganado tres veces.
El padre me miró y sonrió. Joan no cabía en su cuerpo. Era el campeón mundial del juego de la oca más difícil del mundo mundial sin saber que yo había ganado tanto o más que él cuando se fue. 

Había perdido tres partidas. Pero había ganado un amigo.

lunes, 18 de enero de 2016

Me quiero volver a equivocar


Me quiero volver a equivocar. Regalarte todo aquello que aún te queda por ganarme. Todo aquello que aún te queda por merecerte de mí. Quiero tropezar dos o tres veces con la misma piedra.  Caerme de cara a tus silencios. Toparme con todos tus 'no' encima de mis recuerdos. Darme de luces contra aquella que venga contra mí.

Quiero equivocarme a pesar de saber como hacerlo muy muy bien. Rechazar un beso, unas caricias, hacerlo todo medianamente mal. Equivocarme allá donde tú quisieras una y otra vez que pudiera acertar. 

Quiero cometer errores, ponerte en la tesitura de que me tengas que regañar. Ver de cuán depende el hilo que tensa nuestra ínfima posibilidad. Quiero ponernos en lo peor posible, en la dificultad que ambos deberíamos juntos, de superar.

Quiero hacer las cosas malamente. Que todo parezca más accidentado que accidente. Más casualidad  que causalidad. Rompernos los esquemas para ver si en caso de ganas, nos podríamos arreglar. 

No es que crea que vaya a equivocarme contigo, más bien pienso que tú eres la que te vas a equivocar contigo misma. Porque no se trata de esconderse cuando más hay que demostrar. Ni de tener vértigo de que las cosas vayan a ir bien.

Tampoco se trataba de bajarnos la luna, pero si después de una semana aún no nos hemos vuelto a equivocar, es que tú te estabas haciendo la loca muy bien. O que yo estaba volviendo a acertar. Que no debimos regalarnos esperanza, ni mucho menos oportunidad.

miércoles, 13 de enero de 2016

¿Me lo prestas?


Dime que sí. Que te va a sobrar. Que no te va a importar. Mejor, dime que estás deseando. Dime al menos 'no sé', que me deje un regustillo de quizás, que sea una ilusión venida a menos, que se deja ahí, en el aire. Para quién la quiera respirar más.

¿Me lo prestas? Todo. La esperanza, el ánimo, la compañía. Sobre todo la compañía. Que no nos vamos a dejar nada en el tintero. Que nos vamos a devorar las ganas. Que vamos a querer repetir plato. Empezar otra vez de nuevo. Volvernos a morder el labio, el deseo. Dime que nos vamos a arañar. Tú ya sabes qué. Tú ya sabes dónde.

Regalémonos tiempo. Así, poquito a poco. Tiempo del imperativo juntos. Del verbo estar. Del de otro día nos volveremos a reencontrar. Sin aviso, ni cita ni intenciones. Ahí. Déjalo todo al azar. Echémonos en cara la de veces que salimos con otros a modo de quedar. Nosotros no. Nosotros a modo de irnos. Que siempre haya algo que dejarse atrás. 

Volvámonos a ver en mitad de cualquier sitio, pero sin fecha, ni obligación, ni quedada a intención. A cualquier hora de un día sin fecha a señalar. Un doce de enero, un trece, lo mismo da. No midamos los compases y dejémoslo todo tal y como está. Así, sin qué bonita eres, ni mañana nos volvamos a encontrar. Esperemos, días, semanas, a ver si un momento de estos de reflexión nos dejamos recordar.

Prestémonos los ratitos. Que ahí, en esos, yo sí quiero estar. Prestémonos los tiempos. Pero todos esos que no estamos en el mismo lugar. Y sobre todo, los recuerdos. Los recuerdos de la última vez que, sin querer, nuestros labios, los dejamos prestar.

Aún, todavía, y siempre, creo que recordaré tus besos. Los que me acabas de regalar.