viernes, 14 de diciembre de 2018

Y puedas perderme

Mejor la compañía que la compañera. Mejor tus labios que rompían todo lo que besaba. Mejor tus antojos que los caprichos. Mejor tu añoranza que la mía. Mejor tus palabras. Que siendo menos, rellenaban más huecos que las mías. Mejor tus manos que mandaban a callar a mis rotos labios. Mejor contigo que con cualquiera.

Mejor tu nostalgia que la despedida. Mejor tu Málaga que mi Sevilla. Tus manías por encima de cualquier rutina. Que siempre he sido más de enredarme entre tu pelo que entre tus piernas. Mejor tu sueño que todas las noches sin ti.

Confieso que me he quedado despierto hasta verte quedarte dormida. Y rezar porque el tiempo se frenara justame ahí. Donde cuidarse era tan íntimo como quedarse. Tan fácil como estar. 

Me gustaba la idea que teníamos de ser. Tan nuestro. Que nadie puede decir lo que fuimos. Que gustaba la sensación de dejarse pa´ un luego. Eso de dejarse querer para mañana. Por eso me gustaba perderte. Porque sabía que, justo antes de que fuera demasiado tarde, volvías aparecer. Con otra excusa pero con la misma intención.

Que ponía tus razones por encima de cualquiera de mis miedos. Que me gustaba la idea de crecer contigo, de pedernos sin pedir permiso. Que cualquiera de tus vicios lo sudábamos en la cama y que mejor tus vellos de punta. Y tu hombro desnudo. Mejor tu despertar. Dándole a tu perfil todo el sol de frente. Y desayunarte despeinada, sin maquillaje. Tu naturalidad por encima de cualquier mascarilla.

Que mejor cuando me tocabas la cara y se paraba el tiempo. Que mejor cuando jugábamos a ganarnos minutos. Que se quedaba uno con sensación de querer más. Por eso mejor contigo.

Que mejor juntos,
Que me ganes,
Y puedas perderme.

martes, 11 de diciembre de 2018

Que no

Que no. Pero así, tan corto, tan escueto. Más parecido a uno de esos besos chiquititos de mejilla que dabas cuando claramente querías gritar a los cuatro vientos que sí. Como esa sonrisilla que alargaba tus labios y ondaba tus cachetes haciéndote dos hoyuelos que aún recuerdo y guardo en la mesita de noche de mi habitación. 

Que no. Las dos palabras que jamás imaginé dejarte para siempre. Que podrían haber sido cualesquieras. Alguna que inundara o resumira la historia de dos trozos rotos dándose un "que si" de campeonato. Un me tiro a la piscina a ver que es lo que sale, con toda la intención de que saliera cara en la moneda. Y no.

Las dos únicas que prometí no cruzarme entre mis labios y los tuyos. Las dos que marcan, no sólo el principio de un escrito, sino el final de un amor. Ya no. Marcando el impedimento de cualquier tiempo verbal futuro. Tirando a la borda todo un presente y consumiéndonos pretéritos de un bonito pasado. 

Ya no. Porque nadie sabe como fue lo nuestro. Tan nuestro. Que nadie sabe como se hizo el amor, el sexo, el perdón. A mí que nadie nos resuma lo nuestro. Que nadie nos diga que no. Ni todo lo que se quedó en el tintero. Que nadie supo de lo nuestro. Ni el nombre de nuestros niños. Ni el amor de cajón con todas las etiquetas guardadas de todo lo que nos decíamos.

Que no. Tan profundo que aún me acuerdo de tu mirada. De tus labios pidiéndome otro. De tus manos apretando con fuerza mi cuerpo. Que no con sentimiento de culpa. De que amores que se van, vuelven. Que no, y que mil veces no.

Amor que desafía tanto como imposible es. Que quiere sin querer. Amor que no fue terminado como se planeó. Y que escribe tan despacito que cuando se lee deprisa, viene una bofetada a mano abierta a decirte que si, coño,

Que para toda la vida,

Que aunque ese día, se dijo que no,
Para nosotros siempre será 
Que sí.
Que sí, siempre.

viernes, 30 de noviembre de 2018

Todas las noches vienes a verme

Sin hacer ruido, sin nombrarme. A pies juntillas tocas mis fotos. A escondidas vienes a leerme entero. A quitarme la ropa sin intención. Que tú, como todos los pasados nosotros, vienes a buscarme. Al mismo rincón donde nos dimos de besos. Ahí, en el mismo lugar donde empezó todo. 

Todas las noches apareces. A dedicarme el único instante de tu tiempo donde puedes ser infiel a tu futuro. Como siempre, sin hacer daño a nadie. Porque hasta eso me gustaba de ti. Tu manera tímida de hacer las cosas. Que incluso cuando pedías un beso lo pedías como la primera vez. Que siempre que me echabas de menos ibas y me buscabas a conciencia. A seguirme sin intención de atraparme. Todas las noches tus labios pasan página de mi diario. Leyéndome roto mis sueños. Recogiendo el vale de que valía por un abrazo, y que ahora no hay modo de canjearlo.

Ilusiona que todas las noches aparezcas a gritarme tu silencio. A besarme sin besos. A hablarme sin voz. Que a escondidas y sin mala intención, se agradece tu compañía de lejos. Todas las noches me acuerdo de aquellas que, cuando tú más reías, más feliz era yo.

Que nosotros todas las noches cenábamos vida. Nos comíamos el tiempo. Nos invadía el amor. A usurparnos los minutos de un fuego que encendimos con miedo. Que lo apagamos, si recuerdas, con más amor de sofá. Y ahí está, sigue ardiendo en deseos de encontrarnos de nuevo. 

Me gusta, porque todas las noches me acuerdo de los momentos. De las anécdotas. De todo lo que se dejó por escrito. De todo lo que se habló. Me acuerdo que abrazabas a dos manos. A esconder tu rostro en mi pecho. A cubrirme de cualquier posible error.

Venía a decirte que te quiero aún así de imposible. Aún así de guapa. Aún así de suya. Y que todas las noches, como antaño, se te regalaba un verso que sólo leías tú.

Que todas las noches, nos acostamos juntos en camas diferentes.

Gracias, porque sé, que a escondidas, todas las noches, vienes a verme.

Que todas las noches me dedicas doce segundos de amor.

lunes, 19 de noviembre de 2018

Amor de domingo

Qué culpa se tiene si se ha querido así. Por poner intensidad, por dedicarse tiempo. Qué culpa tenemos si es bonito a cinco, seis años vista. Que aunque se haya caído mil veces, en esta parte del sofá, se mantiene intacto. Como si no lo hubiéramos tocado. Qué culpa se tiene si se ha querido mucho, si se ha extrañado aún mejor. Si se ha hecho amor de domingo en cualquier día de la semana. Dime, qué culpa hemos tenido poniéndole nombre a todo. Dándonos de lágrimas contra tanta fotografía, contra tanto amor del bueno, contra tanto vídeo donde se te veía feliz. Donde se nos veía a los dos.

¿Qué culpa tenemos si es inolvidable? Si en cualquier rincón del recuerdo yacen, intactas todas las ilusiones que nos besamos. ¿Qué culpa tenemos si lo hemos hecho tan salvaje como bonito? Qué hacer si no se apaga, si no desaparece. Si el amor se mantiene tanto de lo que fue como de lo que se quedó. 

¿Cómo olvidarlo? Si cada vez que lo intento me viene en forma de guantazo a mano abierta a darme de bruces contra todos mis sentidos. Que se me hace difícil irme a la cama sin mirarte. Que aún huele el pañuelo de tu perfume. Que aún tu sonrisa es lo que más vale de mi cartera.

¿Qué hago? Dime qué hago si no supimos querernos de otra manera. Que cuando hemos amado lo hemos apostado todo desde aquel tiempo. Que no concebimos el amor de otra manera que no sea dándolo todo. Que nos hemos querido para siempre, joder. Y ahora no hay manera de deshacer el maleficio. Que estamos predestinados a querernos.

Aunque beses a otro,
Aunque sea lunes, amor.

sábado, 17 de noviembre de 2018

Gracias por volver

En primer lugar gracias por todo lo pasado. Por todo lo que se vivió. Gracias por todos los besos, por todos los abrazos. Por todos los puntos sobre las íes. Gracias por las broncas, por los te odio tantos como los te quiero. Gracias por dejarte besar, por dejarte devorar, al más puro estilo empaparme de ti.

Gracias por las caricias, por las fotos. Por todos esos dibujos que nos dicen algo. Gracias por el amor a contracorriente, por devolverme la ilusión en mitad de una tormenta aquel octubre. Gracias por el corazón encogido de la despedida. Por el amor de sofá donde nos despedimos. Gracias por cuidarme, por preocuparte, por regalarme un trocito de tu tiempo.

Gracias por el amor. Que sin él, que sin un nosotros ahora mismo no sería ni la mitad de lo que llevo escrito. Gracias por molestarte en conocerme, por cometer locuras agarraditos de la mano, por girar a la izquierda en cualquier rutina de nuestra vida. Gracias por hacerme llorar de corazón. Por demostrarme que amar y ser amado debe ir casi sin preposición. Por colorearme tantos días de momentos vividos.

Gracias por los recuerdos. Por las instántaneas que se me vienen a la cabeza. Gracias por las frases, por el vídeo y por todo lo que te molestaste en haberme querido no mucho, sino demasiado.

Gracias por volver al sitio de donde quizás no deberías de haberte ido nunca,

Gracias por volver a mi memoria.

Por no haberte ido, en parte,
del todo.

domingo, 11 de noviembre de 2018

La ilusión tiene alas

Cada uno la ve donde quiere. Un día está en unos ojos verdes con rizados rubios y morenos haciendo una lista de la compra contigo. Otro en el olor a mandarinas de una época que se recuerda como inolvidable. O la que yacía escondida en los apuntes, donde a los márgenes de los folios de estudio se marcaban algunas letras diluyéndome un te quiero con tintas de colores.

A veces la ilusión se adelanta al tiempo. Y te consume antes de lo que quisieras. O te deja para los postres, para los treinta, los cuarenta. La ilusión te marca. Que como si de un tatuaje se tratara se te queda de por vida. Marcada en la memoria del recuerdo. Y la ilusión se viste de sueños rotos. De casas que no se compraron, de animales que no adoptamos o de todos esos niños que un día soñamos tener.

La ilusión de apariencia lenta en el tiempo, de sonrisas rápidas en el recuerdo, que lo mismo te pasea por Granada que por Málaga. Esa que, seguramente hoy, de verla, acabarías otra vez prendado de ella, acaba de tener otro sino para tu vida y la suya. Dos bonitos muñecos.

Porque el amor no entiende de sentimientos, de buena fe o ilusiones en el tiempo. Tú, que cada vez que la olvidas, va y se te aparece en cualquier labio, en cualquier verso, ella va y te recuerda que hubo un día que se dijo, entre lágrimas, adiós. Ese día que la besaste por última vez.

Que sepas, que la ilusión tiene alas y que a veces se va, te deja solo. Es que ella también encontró su ilusión. Que vuela a otro maldito cuerpo, otra familia, otra vida. Y vuelves a ser el que siempre fuiste, un espantapájaros plagado de miedos, de esperanzas. De amor por dar. Clavado donde te dejó. Un campo lleno por regalar.

Pero recuerda que la ilusión tiene alas, como los pájaros, por eso un día puede volar y abandonarnos.
Pero también, porque tiene alas,

Un día, puede volver.

No lo olvides, amor.

No me olvides.

Ly.

sábado, 10 de noviembre de 2018

Un querer infantil

Me gusta como lo dices. Que sale de tu boca como si fuera a devorarme todos los miedos. Me gusta tu forma de decir las cosas. La forma y el fondo. Como cada vez que yo caigo, vas tú y me levantas con algún absurdo roce o mimo. Me gusta que cuando peco de adulto, vienes con todo tu amor infantil a retrocederme en el tiempo. Y parecer que los besos son los primeros, y que los abrazos son esos que nos curaban de adolescentes, de críos.

Me gusta porque al querer le has dado otra dimensión en el tiempo. La de volver atrás sin pisar todo el daño que hubo en medio. Me gusta por el sonido de tu risa que cuando aparece rompe la escena en dos o tres te quieros. Me gusta porque ya no debemos de preocuparnos por las exigencias sino más bien por aprovechar el minutito de tiempo justo para lanzarnos un quiero.

Me gusta porque le hemos quitado la definición al verbo poder. Que ya no pesa más que el otro que tanto nos echábamos de menos. Me gusta porque es un querer infantil digno de cualquier amor añejo. Haciéndonos el amor con tonterías, jugando a buscarnos en medio de una rutina sin patios y sin recreos.

Me gusta porque el amor lo vendes como si ya fuera nuestro. Que no se trata de quererse sino de querernos. Porque nunca antes habíamos compartido versos, pero mira, ya que estamos, aquí aprendamos a leernos, a besarnos.

Que ya que estamos aquí, vamos a querernos sin edad,

Amando como niños chicos,

Jugando como posesos.

lunes, 29 de octubre de 2018

El amor es libre

A mí envuélvemelo libre. De estos que salen sin pedir permiso. Que abrazan de golpe y porrazo. A mí, si me etiquetas, me lo apodas como rebelde. Y que se tenga que pelear con el mismísimo diablo si tuviera que luchar lo nuestro. A mí, si le vas a poner una persona, que sea del primero del plural.

A lo nuestro si me lo pides, que sea sin jaulas, celos y llantos. Que salga volando por cualquier recoveco de la cama. Que si muerde, al menos que sea con alevosía y premeditación. Totalmente salvaje. Que mejor pedir perdón que pedir permiso.

A mí tus labios me lo pones difíciles. Que cuando los llegue a besar pueda saborearlos por miedo a. Si no te importa, las caricias a contrapelo, que erize la piel, que deje vacía casi el alma. A mí los suspiros sin ropa. El calor sin hogueras. El fuego por dentro. Borrachos sin alcohol.

A mí el amor, con toques de locura. Con pecas de chocolate. Amor valiente y sinvergüenza. Descarado y provocador. Sin ataduras ni cabos. Sin metas ni eufemismos. Que si hemos venido a hacernos el amor, que se diga tal cual, sin pronombres ni preposiciones. Sin límite ni objeción. A mí, el amor en vaso largo, en copa de balón.

El amor, a ser posible verde. Con cualquier esperanza que rime con tu nombre. Con cualquier perfume que salga de tu cuello. con cualquier piel, que haga francamente mal el ying y el yang con la mía. El amor, si me lo permite, con desequilibrio, sin medida y sin guión. A tomar por culo lo preestablecido, al infierno cualquier agenda en forma de humano a decirme lo que si y lo que no.

A mí el amor sin cuandos ni donde. Al azar, al puro albedrío y autodeterminación. Sin cuentas, números ni calendarios. El amor sin reproches con unas buenas dosis de lo hice de corazón.

A mí el amor de sábanas y mantas. Amor de gustos dispares, de sevillas y de betis. De confrontación. A mí el amor que besa tanto como pelea. De amores infinitamente cabezotas, de letras contra ciencias. De lunares al borde de la cara. De sonrisas que te mandan al precipicio. De los besos sin principios. De las miradas sin compasión.


A mí el amor de los contigo. El amor de los feos, el amor leído. A mí me guardas uno de esos de cuestión de palabras, de los que te leen a oscuras, de los que te escriben sin nombrarte.

A mí, el amor libre,
A ti, cualquier escrito de amor.
 

sábado, 29 de septiembre de 2018

Todo lo que debí decirte anoche

Vayan por delante mis ganas, seguidas de tu piel, casi en línea a tus labios. Vaya por delante mi timidez, seguida de tu tatuaje, muy de cerca a escasos centímetros, nuestra ignorancia.

Vayan, si me permite vuestra merced, ir por delante su cuello, detrás mi boca, seguida ésta muy de cerca de tus ojos. Vayan, por delante el miedo, las excusas, y a punto de quitarles el puesto, las ganas.

Valga por delante mis letras, que a buen seguro la leen las tuyas. Sea dicho, tus pestañas, la noche, el olor a te quiero de tu perfume. Que si tuviera que hacerte mil fotos, ahí me plantaba hasta que terminara tus sueños. Que no hay mejor cámara que mi recuerdo pa' sacarte una sonrisa. Pa' comerte en este párrafo. Pa' decirte por escrito lo que tanto me callé en nuestros dos encuentros.

Valga por delante mis intenciones, el descaro, la osadía del que quiere y no debe. Que a buen seguro se guardan en el mismo rinconcito de la habitación donde me pusiste todos tus te quieros. Que ahora mismo daba la mitad de lo que tengo por todo lo que me gustaría besarte, por todo lo que me gustaría decirte, leerte de tu piel. Tocar de tus ojalás, y convertirlos a pleno derecho.

A mí ponme culpable de todos los delitos que se nos quedaron en las miradas. Que me multen por todo lo que te debo. Y apúntamelo en todas las deudas que tengo contra todo tu cuerpo. Porque esto va a ser un Betis contra Sevilla, un fútbol contra baloncesto, unas letras contra ciencias. Una piel morena con una blanca. Un escríbeme, que yo voy, y te leo.

A mí que me dejen contarte los lunares de la cara. A acariciar tu pelo. A mí hoy, me dejas contarte lo mucho que me he fijado en ti. Y lo poco que nos conocemos.
A mí, se me dejas, te pongo dos cervezas bien frías y nos alcoholizamos las heridas. Nos curamos en copas. A mí no me des esperanza que en minúscula yo ya no la quiero.

A mí no me digas que no se puede.

Que si vas a escribirnos un muro de no lo sabías,

Voy yo con todo lo que debí decirte anoche,
y te lo salto.

viernes, 21 de septiembre de 2018

Siempre le escribo un cuento

Se sentó muy lejos. No de longitud sino de tiempo. A cuatro o cinco filas de mí con su cuerpo levemente girado a la derecha, lado donde yo la miraba desde más arriba. En eso que parecía un teatro romano. Ella que parecía una mujer de buena familia, y yo, hijo de jornalero, pagando la entrada más barata, sentándome, como en la Antigua Roma, muchísimo más lejos. Como dos meses o así de olvido calculo que estuvimos sin vernos. Donde me dejó marchar. Dándome, casi la espalda, una de sus mejillas rosadas y sus pestañas. 

Se sentó muy lejos. Evitando cualquier mirada, negando cualquier palabra. De vez en cuando se apartaba su pelo. Pelo liso y castaño del que tanto he hablado y que recorría su cuello hasta sus finos y delgados hombros, donde ahí posaba, casi todo su encanto, casi todo su misterio.

Me dejó mirarla de perfil. Sobresaliendo unas pestañas largas y negras cuidadas de rimel que la hacían más niña, más guapa, más de otro verso. Yo la volvía a buscar, ella evitaba las miradas. Quizás por desconocimiento, quizás por heridas de entreguerra en cualquier otra batalla de besos. El caso es que me hizo olvidar el tiempo, el lugar. Ya no recuerdo ni la obra, la arena del anfiteatro, ni el momento.

Yo ya sabía de sus ojos, pero me quedé tan embelesado en mirarlos aquel diecinueve de mayo que olvidé sus detalles en ese momento. Y al estar ahí, arriba, mirándola de perfil, sus delgadas líneas negras me parpadeaban el corazón, haciendo casi al unísono mi latido a su parpadeo.

Cuando la vi levantarse e irse, la sigué con la mirada. Pero tras el barullo de gente, aplausos y su vestido negro a juego con el moreno de su verano, se fue toda mirada, toda posibilidad, y todo encuentro.

Menos mal que me queda su recuerdo de otoño, de su bolso, de su pelo. O esa ilusión que me dice que, en los momentos en los que yo no miraba, su iris color marrón se confundía con sus pestañas, mirándome por el rabillo del ojo.


Maldita sea, destino,
Que siempre que ella me deja marchar.
Yo siempre le escribo un cuento.

sábado, 1 de septiembre de 2018

Tú la llevas

La he vuelto a encontrar. Con esos labios de intenso rojo. Siempre a escasas dos mesas. A dos, tres butacas de mí. Ahí estaba riendo, ajena a su suerte. Ajena a todo lo que provoca escribir. A todo aquel don nadie que le dedica todo un 'tú la llevas'.

La chica de ayer, la más guapa de todas las que se sentaban a su alrededor. Ahí estaba un verano después dando una silenciosa guerra a todos mis sentidos. Poniendo patas arriba todos mis sentimientos. Provocando que, esto que parece un juego infantil, fuera un tuyo-mío de la timidez a escala local.

Me sé su nombre tanto como la forma de sus ojos. O como se recoge el pelo cada vez que le molesta. Me sé el tono de piel de su maquillaje muchísimo mejor que cualquier color que me puedas preguntar. Ese rosa muchísimo menos coralino, del tono de una agritos, flor rosácea de la familia de las Oxalis. Y me sé sus logros, sus sorpresas y su número de pintalabios rojo carmín dulce número 12. O hasta donde le llega el pelo cuando se lo suelta. Y lo bien que le queda cuando se lo recoge en una cola. Su cuello, sus manos, su silueta, su pecho, no sé, todo. Quizás me sepa hasta su color favorito.

Y uno que se pone a pensar y acaba dejando en el folio blanco todas esas cosas que fue acumulando de ella. Como por ejemplo, tengo en mi recuerdo sus primeras palabras. El primer encontrazo con mi vida. Su despiste de no encontrar una llave en su bolso marrón claro, con dos asas delgadas de cuero. O el despiste de ver que la puerta que teníamos frente a nosotros, esa mañana, estaba abierta. Por supuesto, ese día, nublado. Que después te pones a pensar si el destino deja indirectas a modo de guantazos. Si no juega con nosotros a los dados. Qué se yo,...

Lo que si sé con total certeza es todo lo que tengo. Un gracias, una mirada, quizás dos. No sé. Sé que llevo buscando el momento. Que llevo meses buscando su beso, su olor, su acercamiento. Llevo las ganas, el tiempo y todo lo que ella pueda querer pedir fuera de carta. Porque el amor se ha convertido en un buscarse. El enamorarse es esconderse para luego encontrarse. El eufemismo de irse conociendo. Que sin ser un pilla-pilla, esto ya se ha convertido en un juego con dos reglas básicas:
La primera: El amor nos ha jugado al escondite desde lo de las llaves.

La segunda,

Que tú la llevas.

lunes, 27 de agosto de 2018

Autorretrato

Escribo bonito pero beso mejor. He quedado en el ranking de los 'te quiero como amigos' y me he tomado unas cervezas con él. He retado a decir palabras desconocidas a labios que no conozco y la mayoría sonaban a 'lo siento'. Busco síes como respuestas y caricias de cama. He pegado bocados a pieles que repetiría morder. De los besos que se encarguen otros labios pues, éstos, ya no versan. Me gusta jugar con las palabras entre sábanas. Hago el amor a distancia muchísimo mejor que de cerca.

Me enamoro de pasados que ya no me quieren y de futuros que ni me ven llegar. Soy infiel al tiempo y a la rutina. Siempre he sentido una gran admiración por los ojalá y los nunca. Siempre te dejan un regustillo a esperanza muchísimo más inquietante que todos los siempre que nos han soltado jamás.


Como ley tengo que, si me buscas, me encuentras. Tengo calor por las noches y frío en todas las relaciones donde la llama se apagó. Guardo en un rinconcito todavía el pañuelo de tu perfume por si algún día pierdo el olfato de tu tez. 

No me conoces aunque me hayas insistido, leído o hablado. Y muchísimo menos puedes prejuzgarme por lo que ves. Soy romántico cuando quiero y no cuando quieran. No me gusta querer por querer ni forzar lo que se va a romper.

Siempre he sido más de acariciar que de ser acariciado. Soy más de sueños que de sueño. Más de amar que de ser querido. Me gustan los ojos de cualquier color que me tenga ganas. Y hablando de ganas, me gustan indefinidas y de edición limitada.

Cuando acabo de describirme siempre me gusta dejar una pregunta, 
¿Acaso me conoces?

martes, 7 de agosto de 2018

Carmen

Sí sé como mira, y como se deja querer. Pero no sé nada de su tacto, ni de como huele. O como besa. O como acaricia, besa, ama. No sé a quién le reza. Ni por quién bebe los vientos. No sé nada de su sabor de labios ni como pronuncia mi nombre. No sé nada de ella más que su silueta. Sus formas. Sus ojos. Su rimel. Su cara de niña buena. Y a duras penas pude robarle el nombre. Lo único que tengo suyo. Que le gana de entero a cualquier título que yo fuera a poner y que tú ibas a pasar de largo.

Y ahora te quedas. Esperando haber si le pongo tus apellidos a este escrito. O te atrae aquí cualquier arrebato que pensara que, aunque se titulara Carmen, al final iba a acabar hablando de ti. Ilusa. Porque quizás sea el primer adjetivo calificativo que me llegó nada más verte. Te vi risueña. Como soñando por encima de nuestras posibilidades, eso que se lleva tanto de moda.

Quizás me dejé llevar por su juventud. Mucho más niña que yo. Mucho más joven, de edad y de labios. Muchísimo más. E irremediablemente se fueron los sueños a verte al lado mía a quitarme años. Porque si apuestas por mí, yo pienso poner todo mi título en juego. Todo mi escrito en tu mano. A secar mi años y seguirte el juego. A andar descalzo. Que pienso poner mis vidas patas arriba. Mis ganas volcadas.

Con lo bonita que era tu sonrisa cuando era presente. Y la de veces que mis ojos se iban a tu boca. Y tú sin saberlo. Que había alguien que estaba dedicándote tiempo. Que había un cualquiera soñándote. Con lo bueno que es que te sueñen. Con lo bonito que es que te conviertan en realidad. Con lo bonito que es rozar la idea, gemirse el nombre.

Carmen, con lo bonito que sonaba en mis labios.

Carmen, y lo mal que nos lo dejamos escrito.

Tú, que no sabes ni como me llamo.

Y yo, que ya, para hablarte,
te he escrito demasiado.

lunes, 6 de agosto de 2018

Si tú fueras mi p-valor

Cuenta. Y me lo apuntas aquí en privado. Cuenta, pero no las noches, sino las veces. Las que viniste a buscarme, las que estuviste escondida en cualquier red social. Cuenta, porque al final nada habrá valido la pena si a lo que has venido no es a sumar. Tú ve juntando datos, cifras, de todas esas cosas significativas: sus labios, lo bien que le quedan esas gafas, su vestido, sus manos. Porque al final, si nos ponemos tontos, nos vamos a querer un rato.

Para empezar, contra el amor va a todo pronóstico, la moda. La mía, la tuya y la de cualquiera que en su día fuimos a besar. La moda. Ese valor que rige lo que se lleva y lo que no. Tan sensible a las variaciones que ya se explica la cantidad de parejas que acaban echándole la culpa al tiempo. Y ahí vamos, dándonos de ostia contra viento y marea a pasados que eran más queridos por nuestro entorno que por ego propio. Nos equivocamos en buscar lo que buscan los demás. Porque el amor es muy suyo. Porque el amor, debe de ser, egoístamente, muy nuestro.

El amor es frecuencia. La de veces que la vas a buscar, la de cosas que hacéis juntos o separados. La cantidad de te quieros dichos en instagram. El amor es repetirse muy en el tiempo. Porque al final tarde o temprano nos vamos a ir juntitos de la manita con la ley de los grandes números a molar. Que no íbamos en busca de la media, pero mira, ya que hemos llegado, nos conformamos con medio estar.  

El amor es frecuencia, sí. Pero tanto de la abosluta como de la relativa. Porque al final consiste en dividirse todas esas veces entre la cantidad de besos que nos pudimos dar. Dividirse las mismas ganas absolutas entre todos los que nos vienen a evaluar. Al final consiste a la larga probarse cuánto se ha querido de más. Recogerlo todo en momentos. A partir de ahí, su boca dirá.

Pero para eso ya nos viene la mediana. A ponernos la barrera del bien o el mal. Un hasta aquí hemos llegado de campeonato que viene a marcarnos con una rayita en el suelo por donde no podemos pisar. El valor justo de en medio que viene a decirnos a cuánto de lejos estamos del próximo beso a dar.

Y hablando de valores. Al final de lo que se trata es de ir descartando hipótesis nulas de amar. Darnos de bruces contra todo p-valor más pequeño que el nivel de significación establecido. Claro que, aquí ya viene la condición de cada uno, y el listón donde se lo quiera uno marcar.

Como cuando viniste sin querer a inferenciar mi gusto. Como cuando te fuiste sin pedir permiso a otro nivel. Como cuando volviste a devolverme la ilusión que me robaste y la última vez que me dijiste:
Te quiero, pero,
No sé.

Al final me decanté por tus labios. Esos que desequilibraron el estudio. Que mandaron cualquier corolario al inframundo. Desobedeciendo que yo aquí venía a provocarte una vez más. Pero yo no quería hacer el amor contigo. Yo quería ordenarte los datos. Ponerte patas arriba tus amores frustrado y enseñarte que contar está, sobrevalorado. Yo solo quería,

Que si tú fueras mi p-valor,
Amarte en teorema,

Y demostrarlo, al menos,
una vez más.

sábado, 4 de agosto de 2018

Las formas y el fondo

Me he dado cuenta que lo importante no es el fondo. Que ya no se valora el contenido. Que la intención nunca la supimos valorar. Ahora lo que importa es el envoltorio. Contra más haya que desenvolver, mejor. Se lleva el querer a colores. Con un buen filtro de instagram. Ahora mola molar. Que se vea, más que que se viva. Lo mejor siempre está por llegar. Que es la frase tóxica de las relaciones que tienden a acabar. Me gustas, me quieres, cincuenta comentarios y a fardar.

Ya no se hace bonito. Ni se juega con la curiosidad. Que da igual cualquier cama, cualquier lunar. No se mira a los ojos, ni se hace el amor de verdad. Nos vale cualquier cuerpecito de plástico con mil followers detrás. Desayunamos decepciones que luego publicas en cualquier red social. Es el baile de los me encanta, de esos corazoncitos rojos que se han despersonificado como cualquier frase más.

Las formas han cambiado. Ya no se enamora. Ni se encandila. Ni te imaginas la de likes que equivaldría una carta en el buzón. Ya no se escribe, y es, por la sencilla razón de que no nos paramos a leer. Como siempre la culpa la tiene el tiempo. Que ya para todo hay prisa. Hasta para querer.

Se han perdido las formas y el fondo. Y se hace oídos sordos a cualquier forma de amar. Porque ya no se quiere querer. Se quiere dejarse atraer. Sin condicionamientos ni reciprocidad. Vengo a decirnos que nos estamos queriendo mal.
Y que nos estamos dejando querer aún peor.

Me he dado cuenta que lo importante no es fondo. Que hay que currarse mucho las formas. Y que hay que quererse a 120 caracteres de distancia. Con etiqueta mucho mejor. Con hilo público hacia el final. Con un comparte que no regala nada, ni besa mejor.

Asi que haznos un favor: Deja lo que quieras que estés haciendo, y si has llegado hasta aquí, busca por tu maldita agenda mi número de teléfono, mi red social o mi correo personal.

Seguro que se te ocurre alguna forma, con muy buen fondo, para contradecirme una vez más.

Click.

viernes, 3 de agosto de 2018

Usurpadora de sueños

Recuerdo el día que nos conocimos. Mostrándote sin previo aviso bajo el pseudónimo de simpática. Con una sonrisa que no engañaba. Recuerdo que fue en una noche calurosa de verano. Porque sí, siempre apareces en el estío. Con otro cuerpo, con otros ojos, con otro nombre. 

Sin preguntar nada me seguiste bajo unas siglas que dedujiste que era mi nombre. Yo te buscaba las heridas. Tú me besabas la calma. Yo me recomponía en tu boca y tú me robabas los sueños. Al final nos perdimos, probablemente, en eso que llaman tiempo.


Yo creo que nos faltó soledad. Pero soledad de la buena. Esos cinco minutos de castigados contra la pared. Donde no hubiera más que nuestra mirada. Darnos de luces contra un espacio donde el silencio se apoderada de nuestros cuerpo. Yo creo que lo que nos faltó fueron palabras. Las tres magníficas del amor postmoderno:

La primera , aquí, ya, ahora. Nos faltó presente. No lo hubo. Ni nos dejaron, ni se dejó provocar. Seguro que ahora mismo estaríamos leyendo esto en un sofá. Pero me robaste el indicativo del verbo estar. Que ya no era ni primera persona del plural.

La segunda magnífica: Nos faltaron besos. Que besos que no se dan, corazón que no se siente. Y eso que aun guardo un grato recuerdo de tus labios, pero en absoluto nos dejamos engañar por el tacto. Nos faltó tocarnos. Porque de haberlo hecho, hoy, seguramente, ni estaríamos leyendo.

La tercera y última. Nos faltaron sueños. Porque siempre vienes, me lo das y todo me lo quitas. Ladrona de sentimientos. Siempre guardando los tuyos al laíto de los míos. Siempre escondiendo los tuyos y mostrando los míos. Usurpadora de sueños, que cuando venías sonriendo yo ya soñaba contigo. Que cuando rozaba la idea de quererte, tú ya me quitabas del medio.

Conjugadora del verbo soñar, que siempre me lo dejas en un pretérito imperfecto. Porque cuando ambos soñábamos, tú eras más mía,

Yo era más
 nuestro.

martes, 31 de julio de 2018

Por si me andabas buscando

Aquí te lo dejo. Escrito de puño y letra para casi siempre. Para casi siempre, si. Un término futuro que deja mucho que desear. Como casi todo lo que hiciste a posteriori. Como casi todo lo que te atrae a leer a este maldito lugar. Pero ya que estás aquí quédate con una sola frase: Por si me andabas buscando.

Que por si hubo un día que me perdiste, que sepas, que aquí, sin querer, me dejaste. Y que aquí es donde mejor me podrías encontrar. Al sitio donde mejor se esconde mi figura, y donde mejor, sin embargo, me puedes desnudar. Un sitio donde cada letra cuenta, cada sonrisa, alarga, como ves, una frase más.

Por si me andabas buscando, seguro que estaba a pocos deseos de tus ojos, y algún que otro sueño de tus labios sin pintar. Seguro que fue todo como ellos, tan natural. Mis ganas locas de esconderme. Tus sutiles maneras de irme a buscar. Medido con unas unidades que mandan al mísmisimo diablo a todo el sistema internacional. Y acuña una moneda propia: las ganas de volvernos a encontrar.

Una deuda que tienes conmigo que sóla tú tendrás que pagar. Y cada vez que pasa el tiempo, la moneda se revaloriza cada vez más. Además con el corolario de que ya no son tus ojos los que piensan mandar, bajo un teorema que dice, que fuiste tú, aquí, la primera en llegar.

Y en el cariño, el que primero llega, la paga. Así que empieza a apoquinar. Como doscientas monedas de esas que solo tú sabes dar. Con tanto desparpajo a la ignorancia que ni yo me sé tu nombre, ni jamás te he oído hablar. 

Que si me andabas buscando, aquí te dejo mi enlace, mi twitter y alguna que otra red social. Un sitio donde nunca supimos vernos, pero que seguro, a partir del punto final, irás a irme a buscar. 

Que por si tú me andabas buscando, amor, yo ya sabía como dejarme encontrar.

lunes, 26 de marzo de 2018

Compañera de vicios

La que esté dispuesta a subirse sin pedir permiso. De esas que pelean en sofá tanto como en la vida. Una compañera que sepa hacernos olvidar el tiempo, el que pasó, y el que está por venir. Que sepa contar las veces muchísimo mejor que los besos. Una compañera de videojuegos, de piques infantiles, de venganza sana por ganar en todo, de sudaderas de invierno, de lectura bajo el sol. De estas que saben sonreír tanto como besar.

Una compañera de viaje de ida. De las que entran en tu vida sin billete, sin destino, casi sin intención. Compañera de cañas en cualquier ciudad perdida de nuestra imaginación. De estas que te retan a decir palabras desconocidas que ya no suenan a 'lo siento'. Compañera de síes como respuestas y bocados como intención.

Compañera de sábanas, una rival a batir en cualquier pelea de almohadas. Se trata de encontrarse a posta. De iba con toda la intención. Compañera de ropa en el suelo, de habitación a punto de ebullición. La quiero sin tener que dar explicaciones. Que ninguna palabra suene a justificación. Que todo sea un 'no sé, porque es ella, porque sí'.

Nos vale cualquiera que venga a desequilibrar la balanza más si cabe pero sin ánimo de destrucción. Que sepa respetar el espacio y los tiempos, y que cuando quiera, pueda dar su opinión. Que diga un buen no con una sonrisa, que le lleve la contraria al destino y que nos deje fugarnos sin control.

Se busca compañera de celda. Donde su único delito fue ponernos la vida patas arriba. Una buena ladrona de sentimientos. Que sepa cumplir condena en cualquier verano del montón.

Porque al final no se trata de quererla, ni de regalarle palabras que se marchitan. Al final no es tan te quiero sino tan, ¿dónde vamos ahora?. Compañeras de estas que nos buscan atención, que no piden fuera de carta y que siempre invitan al postre en cualquier cama sin broches, en cualquier sitio donde andemos los dos.

Se busca compañera que vaya por delante. E ir siempre detrás de ella a la carrera porque un paso por delante de ti, tu compañera de vida te agarra el brazo y te guía a cualquier lugar sin previo aviso ni permiso.

A cualquier escrito mejor que este.

A cualquier vicio mayor.

domingo, 11 de marzo de 2018

Te Quise

Con todas sus vertientes, con todas sus conjugaciones. Me atrevería a decir que, hasta con todo su dolor, el que provoca y el que se materializó. Ahí está todo puesto en un verbo. Ahí está, todo firmado bajo el nombre, de lo que un día, quisimos llamarle amor.

Te quise. Con la sinalefa de añadir tu nombre, que ni si quiera empieza por vocal, con el verbo que mejor supimos conjugarnos. Que por cada vez que me nombrabas todo un bonito quizás yo siempre lo estropeaba con un ahora. Y es entonces cuando entendí que no era la magia de tenernos sino simplemente acariciar la idea de podernos tener.

Ahí entendí que haberte querido es mucho más presente que el te quiero. Con todo eso comprendí, que la fugaz idea de perderte era tenerte aquí, y ahora. Que vale muchísimo más un beso por darse que uno dado. Que el amor se sustenta en el pasado más que en todo un prometedor futuro. Que si te escribo no es porque te quiera sino por te quise.

Que si te escribo no es porque te quiera ya. La impaciencia corre a cargo del deseo. Pero yo más que desearte te persigo. Y me imagino que el amor es ir dos pasos tras de ti sin meta, sin fin. Que las ganas son lascivas, puede ser, lo admito. Pero eso no quita que el amor sea sentido. Muy sentido. 

Tan sentido como escribirte tiempo vista de haberte querido. Como tan sentido cuando tú me prometías abrazos largos,

Y yo, roto, te los quise dar.

jueves, 1 de marzo de 2018

¿Me enamoras?

Te lo pregunto porque siempre me ha gustado entrar a todo a pies juntillas. Siempre a todo, pidiendo permiso. Te lo pregunto con moderación, sin ánimo de lucro y sin ofensa a tu libertad de respuesta. Te lo pregunto a conciencia de todo relato anterior. ¿Me enamoras? Pero más como ilusionado que como dubativo. ¿Me enamoras? Como intención y causalidad. Como efecto más que como consecuencia. ¿Me enamoras? Pero de verdad. Pero real, muy real. De estas veces que el verbo dice muchísimo menos que la acción. De estos quererse de sentimiento. De estos de vamos a vernos aunque estemos a mil kilómetros de lugar.

Me enamoras. Pero sin signos de interrogación ni puntuación que catalogen. Me enamoras como en todas en las que me has ganado doscientas o trescientas veces según mi parecer. En todas esas donde me dejé perder. Me enamoras. Pero a conciencia de que todo lo que vendrá será mejor. Y a sabiendas que al principio sólo bastó con verse. Sin tocarse, pero a ojos de que todo cuadraba. De que todo iba, sin irnos.

¿Me enamoras? Y me lo envuelves todo para regalo. Que me lo llevo. Que me lo compro. Que nos lo quedamos. De estas veces que da gusto quedarse. Llevarse. Dejarse arrastrar a cualquier lugar. ¿Me enamoras? Pero con esa sonrisa frágil y rota con anterioridad, para volverla a recomponer en cada beso. En cada vicio de la palabra nosotros. ¿Me enamoras? Pero de estos amores fríos de invierno a pie de playa. Del este. De pijamas y series de café. De esos me enamoras de domingos. De esos puentes largos de vida. De hogar. Tan intensos. Tan imposibles de consumir.

¿Me enamoras? Y le decimos al tiempo que nos espere. Le pedimos a la vida que nos vuelva a juntar, a la suerte que nos deje perder. ¿Me enamoras? Y nos dejamos de tantos no como respuesta, de tantas historias de nunca acabar.

Me enamoras y me lo cuentas aquí flojito en el labio. A la altura de las ganas. A la altura del muerde que quiero más. Y me enamoras, y nos decimos cuantas veces hemos firmados unos jamás, y le negamos la palabra a los nunca, dándole rienda suelta a todos los siempre. Invitando a nuestros cuerpos a un abracito más de sofá.

Y entonces, cuando nadie se dé cuenta, vas y me lo lanzas. Me lo dejas caer sin previo aviso. Cuando quieras, vas y me lo devuelves. 
Cuando quieras, como quien no quiere la cosa, vas y me haces dudar:

¿Me enamoras?

lunes, 26 de febrero de 2018

Te lo dedico

Te lo dedico. Porque me has enseñado a sonreír al perder. Porque cuando tú pedías más, yo nunca me he sentido cansado para darte. Te lo dedico por todos esos abrazos anteriores que firman cada uno de los textos que te dedicaba a escondidas. Que tanto se me han quedado en la memoria. Te lo dedico porque tu boca me deja pausado en toda esta vida de velocidad. Porque me has enseñado a querer de lejos. A extrañar de golpe y porrazo.

Te lo dedico porque tus despedidas me han dolido más que cualquier relación que se acababa. Y porque he sentido que cuando ya no estabas, yo tampoco. Te lo dedico para saciar tu mono de que te escribieran bonito. Para saciar mi mono de ti. Te lo dedico porque cuando yo pedía un poquito de paz, siempre aparecías para darme guerra. Y porque eras la única que rompía  cualquier barrera espacio-temporal para mandarme cualquier tontería que nos hiciera recordarnos. Como esos soslayos y difuminados recuerdos que nunca se van, y que detienen cualquier tarde de sofá. Que nos recuerda recelosos de volvernos a enamorar.

Te lo dedico por aparecer, por irte. Por volver a verte. Por los tres abrazos. Por todos esos mensajes cortos de me he acordado de ti. Te lo dedico por guapa, por sincera y por incrédula. La que siempre ha dudado si era zalamería o sinceridad. Te lo dedico por Salamanca, por Sevilla y por todas esas ciudades donde sin ser, éramos. Por no estar, pero por todos esos sí quieros que no nos dijimos por un caprichoso destino que nos mueve hacia otro lugar.

Te lo dedico por todo eso inmaterial que me das. Porque después de haberlo pensado, no hay quién mejor le quede mis versos. Porque pensándolo bien, no hay vida que no quiera intentarlo, no contigo, sino con todo un nosotros. Y porque si los astros se volvieran a alinear, y volvieramos a encontrarnos, entonces seguro que ahí, el cuarto abrazo marcaría un hipotético final. Que iría a plantar rodilla en el suelo de aquella tierra que nos vuelva a cruzar, y a dedicarte mis últimas palabras de zalamero:

Que si me das la vida, voy, 

Y te la dedico.

viernes, 19 de enero de 2018

El amor siempre empata

Siempre nos pasa lo mismo. Siempre la misma historia, siempre igual. Cuando vas ganándole a las ganas. Cuando lo tienes todo bajo control. Tocando, y tocando y otra vez. De esos momentos por los que todos hemos pasado de "en tu casa o en la mía". Ahí si que nos sentíamos poderosos. Ahí si que éramos queridos. Ahí si que éramos, eh, cariño. En todo nuestro mejor apogeo. En todo nuestro mejor orgullo.

Siempre nos pasa igual. Un mal gesto, una fea entrada, un árbitro llamado suegra, la mejor amiga poniéndote trabas, la influencia de la pandilla de amigos, el gimnasio, las exnovias deseando suerte, el carnet de conducir. Si, te hablo de todos esos "me duele la cabeza" antes de una buena dosis de ganas. Te hablo de esas tarjetas amarillas casi anaranjadas que acarrean suspensión para la siguiente cama.

Porque siempre nos pasa igual. Dos o tres relaciones feas seguidas. Pero feas de verdad. De esas que aún te siguen sin seguirte. Que te pusieron la pierna por detrás y no fue ni penalty. La federación de oportunidades comprada. Villar dimisión. Y todas esas cajas de mudanza al rincón. Al rincón de pensar. Donde perdiste más que ganaste. Donde todo fue más suyo que tuyo. Y te dejan en el descenso de toda amistad. De todo futuro. De todo "ven". A segunda. Sentimientos mercenarios. No valéis ni pa' querer. Pacotillas de discoteca. Musculitos que no sienten los colores. A todas os la han colado alguna vez. A ti también.

Siempre, cuando va la vida jodiéndote la vida a cada instante, sale a calentar el nunca. Minuto 75 de la segunda parte y entra sustituyendo a todas tus ilusiones. Que se van sin brillar. Portada de un periódico matutino que pide tu cabeza en los primeros besos de relación. 

Siempre nos pasa igual. Tiempo de añadido y aparecen tus ojos. Se zafa de cualquier timidez no forzada y le manda un pase a tus labios que vistiendo la camiseta roja carmín nos mete un tanto en toda la boca. Y te quedas ahí atónito esperando otro. Insólito pues termina todo como empezó.

Yo ganando 2 a 0.

Tu sonrisa mientras tanto, metiendo el primer tanto.

Menos mal que siempre pasa,

El amor, 
siempre empata.

domingo, 14 de enero de 2018

Julia

Siempre nos han gustado los después. Los ratitos de después. Esos que importan más cuando van a llegar que cuando llegan. Ese miedo sin frialdad en busca de una ilusión que soñaste por tanto camino de ida y vuelta. Siempre son las palabras que dices después del beso. La cantidad de abrazos después del vendaval de ropa desordenada por el suelo. Son el desayuno de una buena noche de sexo. La luna de un buen día de verano.

Son todos los "es que" y todos los "a ver que me dices después" de todas esas veces que echamos toda la carne al asador. Apostando la soledad a cambio de vida. Cambiando nada por todo. A ver que me dices después de todo estos escritos marcados con tinta que no se borra. A ver que me dices después de cuando dejemos de insistir. Y a ver que me dices después cuando ya me haya hecho a otro cuerpo, a otros labios, a otra mujer.

A ver qué me dices después del 'no'. Después del quizás. A ver qué me dices después de haberte bien leído tu nombre en el titulito del texto y a ver si tienes valor o alma de mujer para fijarte en que ni tú ni yo íbamos buscándonos al uso, que ni tú ni yo, íbamos hoy, a escribirnos, a leernos, a fijarnos. Y fíjate donde estamos.

A ver qué me dices después, cuando ya no queden ni palabras. A ver que me dices después, cuando ya no haya posibilidad de réplica. Cuando tus labios rojos ya no sean tan rojos, y cuando tus ojos se apoderen de mil arrugas que prometía querer. A ver qué me dices cuando ya no enamores, cuando ya no te quieran, y vayas en busca de amor del malo, a drogarte con alguna relación de plástico que te venda al mejor postor, con fecha de caducidad al dorso.

Porque pudiera ser que nunca te regalé oídos, que nunca nos atrevimos a contarnos, a vernos. Pudiera ser que cuando tú no mirabas yo ya te quería y pudiera ser que ahora tus mejillas estuvieran llamándome la atención a gritos. Pudiera ser que vivieramos tan cerca como lo estamos, y a ver que me dice después cuando haya terminado Junio,

A ver qué me dices después cuando, por fin, hayas leído el tuyo,

Julia.

viernes, 5 de enero de 2018

No. Repite conmigo, no. Ese 'no' de sofá. De niña rebelde. De no quiero pero sí. Del preludio a una guerra de cojines. Del no despeinada. De risa infantil. El no de pijama en el salón. Di no. Pero del bueno. De ese que, aunque se diga, no niega nada.

No, pero del vente. No, de ven a por mí. No, de "a ver si te atreves". No, no, y mil de esos 'no' que me mandabas contra toda proposición indecente. No de, yo no voy a ir, ven tú. Todos esos no inconscientes a una trastada. No, de los de por narices que se hace lo que ella diga. No de no. De los que van a negar todo el futuro que tarde o temprano va a pasar.

El no antes de unas cosquillas. El no antes de un beso. El no de antes de un dámelo. El no de, no te conozco todavía, o del que, a cincuenta y dos días de conocerte, me lo vas a plantar con la boquita de piñón. No. De los que mientras ríes y se te forma una arrugita en la comisura del labio, gesticulas el dedo índice de lado a lado y que, apartando la única prenda de ropa que separa el aire de tu piel, me devuelves atrevida, a punto de regalarme más no, en forma de ven.

Y el no de la cama y el de la cocina cuando fuéramos a desayunar. Porque nos íbamos a desayunar, ¿o no? Pues no. Pero no de vamos a querernos o a dejarnos de querer. Con esos labios bien pintados de rojo y arreglada y vestida para salir, un buen no delante de un espejo, o la de aquella foto de instagram. No, de cachetes a punto de ser besados, o la de veces que dijiste no, cuando ibas a morderme la piel.

No, como aquella partícula negativa que te aventura a un texto sin nombres ni ilusiones, pero que, a diferencia de los que te mandaban, éste, si viene con un gran cualquiera en toda la boca.

Éste, Martina,

Es un no, para toda la vida,

Un no, 

que viene a por todo un sí.

miércoles, 3 de enero de 2018

Por qué no empezamos

Por qué no empezamos. El año, la vida, los besos. Por qué no empezamos y nos dejamos doce meses en el tintero. Por qué no incendiamos los deseos y provocamos una explosión de ganas. De sexo. De besos. Por qué no empezamos y nos dejamos de novios que te los pusieron bien puestos, de exnovias que nos vendieron lo eterno como necesario, de sábanas que olvidan, de amantes sin el "ama" delante. De esas caras que se olvidan, de esos amores que perdieron tanto como tus ojos. Que buscaron consuelo en otro pecho, en otro lecho. 

Por qué no empezamos y nos dejamos de contar los añitos de uno en uno. Por qué no empezamos a enamorarnos, a querernos, a besarnos. Por qué. Si lo teníamos apuntado por ahí. Lo juro que en algún papelito nos lo apuntamos. En alguna promesa que nos rompieron, en algún abrazo que nos engañó. Seguro que se nos ha perdido en alguna relación inestable de esas que se llevan ahora. O viceversa. Tú me entiendes. Por qué no empezamos por tu nombre, por una i griega, por mi nombre.

Por qué no empezamos y nos robamos todas las ilusiones que nos dejamos en el hueco del olvido. Con lo bien que te conozco. Con lo bien que nos rechazamos. Con lo bonito que fue lo vuestro. Con lo breve que fue lo mío, por qué no coges y nos empezamos. El mes, la cuenta, la hipoteca, los niños. Por qué no empezamos la familia, la casa por el tejado, las ganas por la cama, la ropa por el suelo.

Ahora que ambos hemos cambiado. Ahora que los dos andamos con más años que decepciones, por qué no nos probamos, por qué no lo intentamos. Si ya hemos aprendido el no, por qué no empezamos por un sí. Ahora que conocemos la mentira por qué no empezamos a darnos de verdades a bofetones sin manos. A anillos que nos guardamos en un cajoncito del dormitorio que nunca abrimos.

Seguramente por qué estaríamos temiendo lo de siempre. Para decirnos que ahora sí que me daría para ti. Para hacernos nuestros. Dispuestos los dos, de llenos, a darlo todo por nada. Miedo a darnos de ostias contra toda promesa que fuera a funcionar.

Miedo a la distancia en cuerpo más que en alma. Miedo al por qué no falla. Si nos eneseñaron que todo acaba. El 2017, el domingo, el chocolate, este texto. Y porque seguramente estaríamos llamando a esa sensación incómoda de todo corazón herido. 

Todo ese desconcierto pesimista del;

Por qué no lo acabamos.