viernes, 21 de septiembre de 2018

Siempre le escribo un cuento

Se sentó muy lejos. No de longitud sino de tiempo. A cuatro o cinco filas de mí con su cuerpo levemente girado a la derecha, lado donde yo la miraba desde más arriba. En eso que parecía un teatro romano. Ella que parecía una mujer de buena familia, y yo, hijo de jornalero, pagando la entrada más barata, sentándome, como en la Antigua Roma, muchísimo más lejos. Como dos meses o así de olvido calculo que estuvimos sin vernos. Donde me dejó marchar. Dándome, casi la espalda, una de sus mejillas rosadas y sus pestañas. 

Se sentó muy lejos. Evitando cualquier mirada, negando cualquier palabra. De vez en cuando se apartaba su pelo. Pelo liso y castaño del que tanto he hablado y que recorría su cuello hasta sus finos y delgados hombros, donde ahí posaba, casi todo su encanto, casi todo su misterio.

Me dejó mirarla de perfil. Sobresaliendo unas pestañas largas y negras cuidadas de rimel que la hacían más niña, más guapa, más de otro verso. Yo la volvía a buscar, ella evitaba las miradas. Quizás por desconocimiento, quizás por heridas de entreguerra en cualquier otra batalla de besos. El caso es que me hizo olvidar el tiempo, el lugar. Ya no recuerdo ni la obra, la arena del anfiteatro, ni el momento.

Yo ya sabía de sus ojos, pero me quedé tan embelesado en mirarlos aquel diecinueve de mayo que olvidé sus detalles en ese momento. Y al estar ahí, arriba, mirándola de perfil, sus delgadas líneas negras me parpadeaban el corazón, haciendo casi al unísono mi latido a su parpadeo.

Cuando la vi levantarse e irse, la sigué con la mirada. Pero tras el barullo de gente, aplausos y su vestido negro a juego con el moreno de su verano, se fue toda mirada, toda posibilidad, y todo encuentro.

Menos mal que me queda su recuerdo de otoño, de su bolso, de su pelo. O esa ilusión que me dice que, en los momentos en los que yo no miraba, su iris color marrón se confundía con sus pestañas, mirándome por el rabillo del ojo.


Maldita sea, destino,
Que siempre que ella me deja marchar.
Yo siempre le escribo un cuento.

sábado, 1 de septiembre de 2018

Tú la llevas

La he vuelto a encontrar. Con esos labios de intenso rojo. Siempre a escasas dos mesas. A dos, tres butacas de mí. Ahí estaba riendo, ajena a su suerte. Ajena a todo lo que provoca escribir. A todo aquel don nadie que le dedica todo un 'tú la llevas'.

La chica de ayer, la más guapa de todas las que se sentaban a su alrededor. Ahí estaba un verano después dando una silenciosa guerra a todos mis sentidos. Poniendo patas arriba todos mis sentimientos. Provocando que, esto que parece un juego infantil, fuera un tuyo-mío de la timidez a escala local.

Me sé su nombre tanto como la forma de sus ojos. O como se recoge el pelo cada vez que le molesta. Me sé el tono de piel de su maquillaje muchísimo mejor que cualquier color que me puedas preguntar. Ese rosa muchísimo menos coralino, del tono de una agritos, flor rosácea de la familia de las Oxalis. Y me sé sus logros, sus sorpresas y su número de pintalabios rojo carmín dulce número 12. O hasta donde le llega el pelo cuando se lo suelta. Y lo bien que le queda cuando se lo recoge en una cola. Su cuello, sus manos, su silueta, su pecho, no sé, todo. Quizás me sepa hasta su color favorito.

Y uno que se pone a pensar y acaba dejando en el folio blanco todas esas cosas que fue acumulando de ella. Como por ejemplo, tengo en mi recuerdo sus primeras palabras. El primer encontrazo con mi vida. Su despiste de no encontrar una llave en su bolso marrón claro, con dos asas delgadas de cuero. O el despiste de ver que la puerta que teníamos frente a nosotros, esa mañana, estaba abierta. Por supuesto, ese día, nublado. Que después te pones a pensar si el destino deja indirectas a modo de guantazos. Si no juega con nosotros a los dados. Qué se yo,...

Lo que si sé con total certeza es todo lo que tengo. Un gracias, una mirada, quizás dos. No sé. Sé que llevo buscando el momento. Que llevo meses buscando su beso, su olor, su acercamiento. Llevo las ganas, el tiempo y todo lo que ella pueda querer pedir fuera de carta. Porque el amor se ha convertido en un buscarse. El enamorarse es esconderse para luego encontrarse. El eufemismo de irse conociendo. Que sin ser un pilla-pilla, esto ya se ha convertido en un juego con dos reglas básicas:
La primera: El amor nos ha jugado al escondite desde lo de las llaves.

La segunda,

Que tú la llevas.

lunes, 27 de agosto de 2018

Autorretrato

Escribo bonito pero beso mejor. He quedado en el ranking de los 'te quiero como amigos' y me he tomado unas cervezas con él. He retado a decir palabras desconocidas a labios que no conozco y la mayoría sonaban a 'lo siento'. Busco síes como respuestas y caricias de cama. He pegado bocados a pieles que repetiría morder. De los besos que se encarguen otros labios pues, éstos, ya no versan. Me gusta jugar con las palabras entre sábanas. Hago el amor a distancia muchísimo mejor que de cerca.

Me enamoro de pasados que ya no me quieren y de futuros que ni me ven llegar. Soy infiel al tiempo y a la rutina. Siempre he sentido una gran admiración por los ojalá y los nunca. Siempre te dejan un regustillo a esperanza muchísimo más inquietante que todos los siempre que nos han soltado jamás.


Como ley tengo que, si me buscas, me encuentras. Tengo calor por las noches y frío en todas las relaciones donde la llama se apagó. Guardo en un rinconcito todavía el pañuelo de tu perfume por si algún día pierdo el olfato de tu tez. 

No me conoces aunque me hayas insistido, leído o hablado. Y muchísimo menos puedes prejuzgarme por lo que ves. Soy romántico cuando quiero y no cuando quieran. No me gusta querer por querer ni forzar lo que se va a romper.

Siempre he sido más de acariciar que de ser acariciado. Soy más de sueños que de sueño. Más de amar que de ser querido. Me gustan los ojos de cualquier color que me tenga ganas. Y hablando de ganas, me gustan indefinidas y de edición limitada.

Cuando acabo de describirme siempre me gusta dejar una pregunta, 
¿Acaso me conoces?

martes, 7 de agosto de 2018

Carmen

Sí sé como mira, y como se deja querer. Pero no sé nada de su tacto, ni de como huele. O como besa. O como acaricia, besa, ama. No sé a quién le reza. Ni por quién bebe los vientos. No sé nada de su sabor de labios ni como pronuncia mi nombre. No sé nada de ella más que su silueta. Sus formas. Sus ojos. Su rimel. Su cara de niña buena. Y a duras penas pude robarle el nombre. Lo único que tengo suyo. Que le gana de entero a cualquier título que yo fuera a poner y que tú ibas a pasar de largo.

Y ahora te quedas. Esperando haber si le pongo tus apellidos a este escrito. O te atrae aquí cualquier arrebato que pensara que, aunque se titulara Carmen, al final iba a acabar hablando de ti. Ilusa. Porque quizás sea el primer adjetivo calificativo que me llegó nada más verte. Te vi risueña. Como soñando por encima de nuestras posibilidades, eso que se lleva tanto de moda.

Quizás me dejé llevar por su juventud. Mucho más niña que yo. Mucho más joven, de edad y de labios. Muchísimo más. E irremediablemente se fueron los sueños a verte al lado mía a quitarme años. Porque si apuestas por mí, yo pienso poner todo mi título en juego. Todo mi escrito en tu mano. A secar mi años y seguirte el juego. A andar descalzo. Que pienso poner mis vidas patas arriba. Mis ganas volcadas.

Con lo bonita que era tu sonrisa cuando era presente. Y la de veces que mis ojos se iban a tu boca. Y tú sin saberlo. Que había alguien que estaba dedicándote tiempo. Que había un cualquiera soñándote. Con lo bueno que es que te sueñen. Con lo bonito que es que te conviertan en realidad. Con lo bonito que es rozar la idea, gemirse el nombre.

Carmen, con lo bonito que sonaba en mis labios.

Carmen, y lo mal que nos lo dejamos escrito.

Tú, que no sabes ni como me llamo.

Y yo, que ya, para hablarte,
te he escrito demasiado.

lunes, 6 de agosto de 2018

Si tú fueras mi p-valor

Cuenta. Y me lo apuntas aquí en privado. Cuenta, pero no las noches, sino las veces. Las que viniste a buscarme, las que estuviste escondida en cualquier red social. Cuenta, porque al final nada habrá valido la pena si a lo que has venido no es a sumar. Tú ve juntando datos, cifras, de todas esas cosas significativas: sus labios, lo bien que le quedan esas gafas, su vestido, sus manos. Porque al final, si nos ponemos tontos, nos vamos a querer un rato.

Para empezar, contra el amor va a todo pronóstico, la moda. La mía, la tuya y la de cualquiera que en su día fuimos a besar. La moda. Ese valor que rige lo que se lleva y lo que no. Tan sensible a las variaciones que ya se explica la cantidad de parejas que acaban echándole la culpa al tiempo. Y ahí vamos, dándonos de ostia contra viento y marea a pasados que eran más queridos por nuestro entorno que por ego propio. Nos equivocamos en buscar lo que buscan los demás. Porque el amor es muy suyo. Porque el amor, debe de ser, egoístamente, muy nuestro.

El amor es frecuencia. La de veces que la vas a buscar, la de cosas que hacéis juntos o separados. La cantidad de te quieros dichos en instagram. El amor es repetirse muy en el tiempo. Porque al final tarde o temprano nos vamos a ir juntitos de la manita con la ley de los grandes números a molar. Que no íbamos en busca de la media, pero mira, ya que hemos llegado, nos conformamos con medio estar.  

El amor es frecuencia, sí. Pero tanto de la abosluta como de la relativa. Porque al final consiste en dividirse todas esas veces entre la cantidad de besos que nos pudimos dar. Dividirse las mismas ganas absolutas entre todos los que nos vienen a evaluar. Al final consiste a la larga probarse cuánto se ha querido de más. Recogerlo todo en momentos. A partir de ahí, su boca dirá.

Pero para eso ya nos viene la mediana. A ponernos la barrera del bien o el mal. Un hasta aquí hemos llegado de campeonato que viene a marcarnos con una rayita en el suelo por donde no podemos pisar. El valor justo de en medio que viene a decirnos a cuánto de lejos estamos del próximo beso a dar.

Y hablando de valores. Al final de lo que se trata es de ir descartando hipótesis nulas de amar. Darnos de bruces contra todo p-valor más pequeño que el nivel de significación establecido. Claro que, aquí ya viene la condición de cada uno, y el listón donde se lo quiera uno marcar.

Como cuando viniste sin querer a inferenciar mi gusto. Como cuando te fuiste sin pedir permiso a otro nivel. Como cuando volviste a devolverme la ilusión que me robaste y la última vez que me dijiste:
Te quiero, pero,
No sé.

Al final me decanté por tus labios. Esos que desequilibraron el estudio. Que mandaron cualquier corolario al inframundo. Desobedeciendo que yo aquí venía a provocarte una vez más. Pero yo no quería hacer el amor contigo. Yo quería ordenarte los datos. Ponerte patas arriba tus amores frustrado y enseñarte que contar está, sobrevalorado. Yo solo quería,

Que si tú fueras mi p-valor,
Amarte en teorema,

Y demostrarlo, al menos,
una vez más.

sábado, 4 de agosto de 2018

Las formas y el fondo

Me he dado cuenta que lo importante no es el fondo. Que ya no se valora el contenido. Que la intención nunca la supimos valorar. Ahora lo que importa es el envoltorio. Contra más haya que desenvolver, mejor. Se lleva el querer a colores. Con un buen filtro de instagram. Ahora mola molar. Que se vea, más que que se viva. Lo mejor siempre está por llegar. Que es la frase tóxica de las relaciones que tienden a acabar. Me gustas, me quieres, cincuenta comentarios y a fardar.

Ya no se hace bonito. Ni se juega con la curiosidad. Que da igual cualquier cama, cualquier lunar. No se mira a los ojos, ni se hace el amor de verdad. Nos vale cualquier cuerpecito de plástico con mil followers detrás. Desayunamos decepciones que luego publicas en cualquier red social. Es el baile de los me encanta, de esos corazoncitos rojos que se han despersonificado como cualquier frase más.

Las formas han cambiado. Ya no se enamora. Ni se encandila. Ni te imaginas la de likes que equivaldría una carta en el buzón. Ya no se escribe, y es, por la sencilla razón de que no nos paramos a leer. Como siempre la culpa la tiene el tiempo. Que ya para todo hay prisa. Hasta para querer.

Se han perdido las formas y el fondo. Y se hace oídos sordos a cualquier forma de amar. Porque ya no se quiere querer. Se quiere dejarse atraer. Sin condicionamientos ni reciprocidad. Vengo a decirnos que nos estamos queriendo mal.
Y que nos estamos dejando querer aún peor.

Me he dado cuenta que lo importante no es fondo. Que hay que currarse mucho las formas. Y que hay que quererse a 120 caracteres de distancia. Con etiqueta mucho mejor. Con hilo público hacia el final. Con un comparte que no regala nada, ni besa mejor.

Asi que haznos un favor: Deja lo que quieras que estés haciendo, y si has llegado hasta aquí, busca por tu maldita agenda mi número de teléfono, mi red social o mi correo personal.

Seguro que se te ocurre alguna forma, con muy buen fondo, para contradecirme una vez más.

Click.

viernes, 3 de agosto de 2018

Usurpadora de sueños

Recuerdo el día que nos conocimos. Mostrándote sin previo aviso bajo el pseudónimo de simpática. Con una sonrisa que no engañaba. Recuerdo que fue en una noche calurosa de verano. Porque sí, siempre apareces en el estío. Con otro cuerpo, con otros ojos, con otro nombre. 

Sin preguntar nada me seguiste bajo unas siglas que dedujiste que era mi nombre. Yo te buscaba las heridas. Tú me besabas la calma. Yo me recomponía en tu boca y tú me robabas los sueños. Al final nos perdimos, probablemente, en eso que llaman tiempo.


Yo creo que nos faltó soledad. Pero soledad de la buena. Esos cinco minutos de castigados contra la pared. Donde no hubiera más que nuestra mirada. Darnos de luces contra un espacio donde el silencio se apoderada de nuestros cuerpo. Yo creo que lo que nos faltó fueron palabras. Las tres magníficas del amor postmoderno:

La primera , aquí, ya, ahora. Nos faltó presente. No lo hubo. Ni nos dejaron, ni se dejó provocar. Seguro que ahora mismo estaríamos leyendo esto en un sofá. Pero me robaste el indicativo del verbo estar. Que ya no era ni primera persona del plural.

La segunda magnífica: Nos faltaron besos. Que besos que no se dan, corazón que no se siente. Y eso que aun guardo un grato recuerdo de tus labios, pero en absoluto nos dejamos engañar por el tacto. Nos faltó tocarnos. Porque de haberlo hecho, hoy, seguramente, ni estaríamos leyendo.

La tercera y última. Nos faltaron sueños. Porque siempre vienes, me lo das y todo me lo quitas. Ladrona de sentimientos. Siempre guardando los tuyos al laíto de los míos. Siempre escondiendo los tuyos y mostrando los míos. Usurpadora de sueños, que cuando venías sonriendo yo ya soñaba contigo. Que cuando rozaba la idea de quererte, tú ya me quitabas del medio.

Conjugadora del verbo soñar, que siempre me lo dejas en un pretérito imperfecto. Porque cuando ambos soñábamos, tú eras más mía,

Yo era más
 nuestro.