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domingo, 21 de diciembre de 2014

Cuando no se dice 'no' a tiempo

Cuando tú eres tremendamente adorable, buen amigo. Cuando eres la persona más bella que se puede echar a la cara. Cuando eres increiblemente fiel y buen confidente.
Cuando eres el mejor pañuelo de lágrimas, su mejor sonrisa. Cuando tú eres su compañero de juegos, y la joya que cualquier mujer querría tener.
Cuando tú eres el "¿estás bien?" y el te quiero en días nublados. Cuando tú eres el incondicional y el "siempre estoy aquí".
Cuando tú podrías ser el amor de su vida. Cuando eres seguramente el mejor novio que podría tener. Cuando serías su mejor pareja y el mejor padre de sus hijos. Cuando podrías ser el elegido para acompañarla toda su vida.
Cuando te conviertes en el que siempre está ahí. En el que no es, pero puede. En el que no quiere pero sí. En el del "soy yo, no tú".
Cuando te conviertes en el perfecto apartado. En el de por si falla el que le falla. Y acabas siendo el amigo sin derecho. El guapo por dentro. El mejor amigo de su novio. En el que mejor la consuela. En el que llora con ella. En el que le levanta el ánimo, sin ánimo de lucro.
Y te preguntas todos los días si hoy sí. Si hoy vendrá y te dirá lo mucho que se ha equivocado. Y te dirá lo mucho que ha estado ciega sin saber de ti.
Y te preguntarás todos los días si eres el elegido; mientras ella se preguntará, porque no te dijo un 'no' a tiempo.

Por mundos

Es un mundo distinto. Un mundo de amistad de ida. Un mundo ajeno al hospital que ocupa. Un mundo de martes.
Es un mundo donde I. te construye un castillo de colores. Donde él, con el nombre de un país en guerra, te da paz entre bloque y bloque de lego. Donde entre torre y torre cuenta su edad con los dedos de una mano.
Es un mundo donde S. y sus nervios juegan a mil cosas diferentes. Donde ella descansa en cama y ahora lo que quiere es explotar jugando. Donde el cansado eres tú. Donde ella, con el nombre de la capital de Bulgaria, te colorea un escudo del Sevilla siendo bética. Donde te da un ejemplo de deportividad, una enana más chica que un balón.
Es un mundo donde M.I. te cuenta que su sueño es ser periodista de moda y que odia profundamente las matemáticas. Tanto o más como adora a Henry Méndez. Donde su pasión secreta es bailar. 
Y la que vela por las noches con ella no lo sabe. Es decir, su madre no lo sabe. Y tú te conviertes en su confidente. Imagínate. Un mundo donde doce años es tu mejor amiga.

Además todo en un mundo donde mañana ya no importa. Porque mañana ellos curarán y no volverán a verte. Lo que te decía, una amistad de ida. 
Y tu mañana en otro mundo. Y dentro de otra semana en otro.

Como L. jugando a su juego favorito de Play Station, ganándole a su enfermedad por semanas, ganándole a su enfermedad por mundos...

Apagada

Ella vino como de costumbre. La capital de Bulgaria llegó. Repeinada, con su bolso rosa de una cantante famosa entre sus edades. Su pijama,a juego con el bolso, relucían en aquella habitación.
Ella venía acompañada de una chica musulmana con nombre español. Eran compañeras de cuarto, de habitación, de enfermedad, de edad, de juegos. De todo. Pidieron folios gigantes y pinturas. Acuarelas, pinceles, agua. Todo ante la atenta mirada de su hermanito, o hermanita, que yacía en el vientre de la madre a punto de dar a luz.
Luz que iluminaba la tarde de aquel chico que no se podía levant
ar de la cama. Y aquí, uno que pasaba por ahí, improvisando de matemagia, para que aquella familia se pudiera tomar un humilde café a gusto. Todos menos la madre que sirvió de acompañante en cada truco de no-magia.
Y así pasó la tarde de Martes. Y así acaba el día para aquella niña con el mismo nombre que la mujer de Poncio Pilatos. Ésta que reía con cada juego de mesa que le ponías delante de sus ojos y de su madre. Aquella madre que alucinaba con que ese ratito de dos horas existiera los martes para fumarse un cigarrillo que calmara sus nervios de hospital.
Y rondando los tres cuartos de reloj se echaron las persianas para no recordar que hoy; la play, no había sido jugada por el pequeño L. Que hoy nadie había pedido el juego de Ratchet & Clank Future. Que hoy la play, estaba apagada.
"Esperemos que para bien" dijo la pequeña capital de Bulgaria con menos edad que tú, pero con más palabrería de la que le corresponde a su edad...

Un castillo

Elegancia en pijama, ella iba sentada en su carruaje tirado por dos grandes caballos blancos. Su pequeña nariz sostenía dos vías que la mantenían en la vida palaciega a su tempranera edad. Su carro sostenía el cuerpo enérgico de una princesa de dos años de edad. Su temperamento de sangre azul la hacía tirar las ofrendas que unos humildes siervos le servían con una amplia sonrisa. Era su forma de jugar. Era su forma de dar las gracias sin mediar una palabra. Su madre, la vieja reina, agradecía de corazón el gesto.
Más atrás estaba la pequeña bufona. La chica sonrisa. La rubia de ojos verdes. La que encandilaba al guardián de la puerta con sus habladurías. Contó como sus mejores amigas fuero
n liberadas por príncipes azules llamados médicos y se habían largado a un lugar mejor. Ella pintaba dibujos como una de cuatro años pero hablaba como una adolescente de quince. Su gotero la acompañaba como si fuera su perrito faldero y a veces se montaba en él para hacer carreras que ella misma recreaba. Contagia alegría y no había payaso vestido de enfermedad que la entristeciera.
Dos fieles guerreros del ejército del Rey, con el escudo de la corte por bandera, entrenaban horas y horas sus cuerpos para librar futuras batallas. Se medían en el campo de lucha que antiguamente utilizaba un tal Lázaro hace más de una semana. Se rendían en deportes y disparos en una Play de época medieval.
Por último, un humilde campesino rubio, atento, guapo, cariñoso, noble de corazón, transitaba las tierras del Rey buscando un hueco donde almorzar su pequeña hogaza de pan que había preparado su anciana madre a escondidas de las emperatrices enfermeras que deambulaban por palacio sin oficio ni beneficio. No pedía nada que no fuera seguido de un por favor, y lo pedía tal humildemente que entendí porqué la madre se saltó la inquisición panera de aquella época.
Era el mismo castillo de hace semanas, eran los mismos monstruos y dragones de maldades enfermizas, eran los mismos paisajes, los mismos goteros y la misma ropa. Inclusive el mismo narrador, pero contando un cuento de castillos con nuevos personajes principales. Ellos.

¿A qué sabe el Alba?

Cada día que uno se levanta, cada vez que abres los ojos. La primera vez que tomas pie en la tierra o la primera vez que tomas consciencia de que respiras un día más, a lo que se añade,a su vez, un día menos.
A eso debe saber el alba. A café con tostada, a carboncillo difuminado en folio, a clase, a sueño, a autobús, tren, bici o cualquier medio de transporte que te mueva de donde estás a donde querías ir, y sí, a eso debe de saber el alba.
Al menos que se lo cuenten así a esos que conocen el alba a bata de hospital, a gotero, a medicina de ésta que sabe a adulto. El alba de allí debe de saber a comida de enfermera, a sábanas ajenas, a frío de interior. No me atrevo a preguntarlo, al menos no en el ocaso del día, que es cuando irónicamente veo yo el alba.
Pero más importante de a que sabe el alba, es saber como sienta. Y para todos allí, el alba del Martes de Hospital, sienta a juguete nuevo, a tiempo ganado, a sentimientos perdidos y encontrados. Sienta como se disfruta, sienta a ilusión, a gritos de felicidad no forzada.
Como hoy, que amarrada a una vía respiratoria siento al alba ante mí, le doy colores, una excusa con la que comenzar el día lejos de su cama, una sonrisa que quién me conoce no me la ha visto en 26 años de alba...
Y mirad como sienta, mirad como dibuja el alba, mirad como sin querer te dedica el alba de mañana. 
Mirad como sabe el alba...

Sí Carmín

Esa partícula negativa que ya tienes y nunca se te va a ir de la cabeza. Ese que te niega toda posibilidad de cambio. Ese que te marca en rojo el semáforo de la carretera de la continuación. Ese que, si todo va bien, te dirá lo que nunca vuelvas a hacer.
El que nunca quiso que viniera. El que cuando vino se quedó. Y encima acompañado de un complemento circunstancial de tiempo que ni conoces. Porque no sabes si es para siempre, para luego, o para poco tiempo.
Y ni se te ocurra preguntarle porque la respuesta siempre será la misma. Porque todo lo que un día fueron síes, ahora se convierten en dependes, y vete tú a saber cuando aparecerá el nunca. Ese que duele cada vez que se pronuncia en vida.
Porque puedes morirte si quieres buscando la razón de porqué en ese momento supo a poco. Y puedes hundirte más si cabe en todas esas palabras que un día prometiste no decir. También podemos echar la vista atrás de todo lo que faltó y nunca supo a menos de lo que sí hubo.
Pero puedes hacer otra cosa. Puedes estar ahí porque te apetece escucharla. Y contarle tu día a día como hacías con tanto gusto. Puedes decirle lo ilusionado que estás con todo lo que ahora mismo no tienes. Y si la quisieras tener aún sabiendas de que no te lo merezcas lo mínimo que puedes hacer es quererla como la mujer de tu vida.
Porque el no ya lo tienes. Y eso es algo que nadie te podrá arrebatar.
Como tus ganas de volver a verla de nuevo con un sí carmín entre sus labios.

Dibuja, Esperanza

La tarde se presentaba primaveral dentro del invernal clima de hospital. La noche oscurecía la habitación de todos los felices batas celeste de aquella zona restringida a la felicidad. Sus caras aisladas del frío callejero guardaban fuerzas para un martes más de autoayuda.
Porque propusieron hacer un juego con toda su imaginación por delante. Se sentaron en corrillo con esos que estábamos más enfermos que ellos, y nos enseñaron que pintar es sinónimo de vivir, de convivir y de cualquier otro verbo que lleve consigo el seguir adelante.
Porque cada palabra de la tarjetita del Pictionary se convertía en dibujos que ninguna imaginación adulta puede entender. Esos que nos dedicamos a sonreír para otro lado en nuestra rutinaria vida, nos llevamos cada martes un bofetón en la cara de esos que saben a reprimenda y a “nunca lo volverás a hacer”, a “hay cosas más importantes que tus problemas” y a “tienes una semana por delante, aprovéchala”.
Porque tras cada dibujo se muestran los sueños, deseos y virtudes de esos que, injustamente, les tocaron la salud tan joven. Porque tras cada dibujo hay tres o cuatro adultos siendo niños. Y tras cada dibujo hay un sin fin de mil maneras posibles de salir de allí sin tiritas en la nariz ni sondas en las venas.
Porque si os dibujo todo lo que escribo, me quedo sin rotulador verde. Porque si se ha dibujado algo allí, ha sido eso, esperanza.

Juanmi, tengo problemas

Con diecisiete mil proyectos por delante, con una vida medio empezada, con ilusiones, sueños y joyas bonitas (como las Supernenas). Con experiencias, palos que da la vida, con una hipoteca, con el salario base congelado; con tus problemas llegas allí, a ese lugar mágico de la realidad oculta.
Con tus desamores por bandera, con el escudo del fracaso, con los colores de la tristeza, con el ejército del mal, llegas allí, al lugar donde todas esas cosas no existen, porque ellos se encargan de recordártelo.

Porque en algo estamos de acuerdo mi amigo Juanmi y yo: Teníamos muchos problemas. 
Mi amigo Juanmi va en silla de ruedas porque sus piernas no son suficientes para esa gran persona que lleva su cuerpo. Mi amigo Juanmi tiene vendas en la cara de lo guapo que es. Mi amigo Juanmi es mi amigo, y yo sé que cuando yo peque de enfermo, él estará ahí con la dosis exacta a mis males.

Yo le contaba a Juanmi mis problemas en silencio. Su escucha era atenta puesto que el resto de sentidos estaban inmersos en el resultado global de un partido de fútbol entre amigos de Play. Después de dos horas enumerándole mis problemas de adulto iluso, va el Juanmi y me sentencia:
- "Sólo tienes un problema."
- "¿Cuál Juanmi?" - pregunto sorprendido.
- "Tienes demasiada barba..."

Menos mal que estaba en esta tarde de hospital. Menos mal que está este puerto donde Juanmi espera algún día, zarpar. Menos mal que está mi amigo Juanmi para empujar mi silla de ruedas...

Tirar la casa por la ventana


Todo al gusto. La entrada repleta de detalles, de ideas felices. Decorada con un toque de amabilidad caballerosa de los años treinta, de apoyo, de altos vuelos y duelos. El pasillo hasta el fondo del corazón, del hogar, de eso que llaman amor. Largo, infinito, con la alfombra del todo a ti, con los cuadros de paisajes sin visitar y vacíos esperando las fotos de los retoños que nos prometimos tener.


El salón, la sala de estar y del saber estar. Y sobretodo, del saber no irse. De la educación tan carente en estas nuevas generaciones de nuevas casas. Y las no tan nuevas. El sofá, el lugar de la tranquilidad, el del sexo salvaje, el del aquí te pillo, aquí te amo. El de comer, el de saciarse juntos. El del estampado en quererse, el rinconcillo del calor, humano, noble, perenne.

La cocina de los manjares. La de trabajar juntos. La de hacer natillas para la niña de la casa, la de hoy cocino yo. La cocina de salida de desayunos con cariño en bandejas de madera veraz, la de los fogones del cariño. La cocina construida por familia y enriquecida con pintura colaborativa. La cocina de dos.

El garaje de los trastos. Los que nos echamos en cara y los que olvidamos. Los que guardamos, sean buenos o malos. El garaje de artillo. El de los libros de antaño. El que me guía a saber quererte, el que comparte profesión con el que escribe hoy a su clon de manías. El corazón irrepetible. La orma del zapato de tu mayor. El matrimonio cordobés que te corre en sangre.

El cuarto de baño. El de al fondo a la derecha. El de duchas por calor y amor. El que te tiene un espejo que te ve todos los días. El baño coqueto que cuenta los rizos de tu cabello largo como mis errores cometidos.

Y por último la ventana. Esa que no conjuntaba con nada. La que da de puertas pa' fuera. La que no nos convenció y aún así la pusimos. La que recelosos nos hacía ver que cometimos un error. Uno en toda esta infinita variedad de elecciones. La ventana, una ventana de equivocación. Una triste salida de nuestro hogar y relación.

¿Y por eso tiramos la casa por la ventana?

Y digo yo, ¿por qué no tiramos la ventana a cambio de volver a la casa?

Chica Del Autobús Número 5

Ella actuó como si estuviera desnudada ante un extraño. Su posición era tímida en el asiento. Asiento que era su único respaldo seguro en esta conversación improvisada de dos desconocidos. Ella y yo.
Me pregunté como le habría salido el examen porque esta mañana jugaba en el autobús de ida con papeles rotulados en forma de apuntes. Me quedé con la duda de cómo se llamaba la chica de la línea de autobús número cinco. No supe cuántos hijos quería tener, ni cual era su actitud ante la vida o la vuelta, que quería ser de mejor, que se propuso hacer peor, que proposiciones hubo antes de subirse al autobús, que indecisión se reservó para el día después, que píldora anticonceptiva se tomó para evitar mi estado embarazoso.
Eligió de entre todos los asientos el mismo de esta mañana, el de la ventana grande, el del espacio reconfortante, el de salida de emergencia por si algo fallaba. El de ella y yo. Atisbó un principio de duda en mí, que me hizo reflexionar si verdaderamente este texto merecía realmente la pena.
Entre bache y bache, yo le escribía todo esto en su cara. Escribía en su cara, todo lo que no nos decíamos. Y ella sin saberlo, o al menos sin intuirlo. Lo peor de todo es que el tiempo jugaba en nuestra contra y el destino se iba acercando a cada vuelta de neumático.
Casi al final, una mirada curiosa a estos papeles. Porque ella también se preguntó que hacía el chico de esta mañana, escribiendo por la tarde, delante suya. Yo creo que ella también se preguntó porqué yo decidí elegir el mismo asiento.
Su aspecto era nervioso. Su mirada delatadora. Se había convertido en la desconocida con pinta de dispuesta y adornada con encantarme.
Dos palabras marcaban el final de una conversación entre ella y yo que nunca se produjo. Dos palabras sentenciaron unas miradas que evitaban cruzarse.
Dos palabras en rojo, parada solicitada. Se bajó de la línea cinco de autobús y ya no supe más de ella.
Al menos hasta mañana, que la vea subirse y elegir el asiento frente a mí, como una parada que rutinariamente se estaba convirtiendo ya como solicitada...
Mañana cuando te vea te lo escribo, chica del autobús número cinco...