lunes, 29 de octubre de 2018

El amor es libre

A mí envuélvemelo libre. De estos que salen sin pedir permiso. Que abrazan de golpe y porrazo. A mí, si me etiquetas, me lo apodas como rebelde. Y que se tenga que pelear con el mismísimo diablo si tuviera que luchar lo nuestro. A mí, si le vas a poner una persona, que sea del primero del plural.

A lo nuestro si me lo pides, que sea sin jaulas, celos y llantos. Que salga volando por cualquier recoveco de la cama. Que si muerde, al menos que sea con alevosía y premeditación. Totalmente salvaje. Que mejor pedir perdón que pedir permiso.

A mí tus labios me lo pones difíciles. Que cuando los llegue a besar pueda saborearlos por miedo a. Si no te importa, las caricias a contrapelo, que erize la piel, que deje vacía casi el alma. A mí los suspiros sin ropa. El calor sin hogueras. El fuego por dentro. Borrachos sin alcohol.

A mí el amor, con toques de locura. Con pecas de chocolate. Amor valiente y sinvergüenza. Descarado y provocador. Sin ataduras ni cabos. Sin metas ni eufemismos. Que si hemos venido a hacernos el amor, que se diga tal cual, sin pronombres ni preposiciones. Sin límite ni objeción. A mí, el amor en vaso largo, en copa de balón.

El amor, a ser posible verde. Con cualquier esperanza que rime con tu nombre. Con cualquier perfume que salga de tu cuello. con cualquier piel, que haga francamente mal el ying y el yang con la mía. El amor, si me lo permite, con desequilibrio, sin medida y sin guión. A tomar por culo lo preestablecido, al infierno cualquier agenda en forma de humano a decirme lo que si y lo que no.

A mí el amor sin cuandos ni donde. Al azar, al puro albedrío y autodeterminación. Sin cuentas, números ni calendarios. El amor sin reproches con unas buenas dosis de lo hice de corazón.

A mí el amor de sábanas y mantas. Amor de gustos dispares, de sevillas y de betis. De confrontación. A mí el amor que besa tanto como pelea. De amores infinitamente cabezotas, de letras contra ciencias. De lunares al borde de la cara. De sonrisas que te mandan al precipicio. De los besos sin principios. De las miradas sin compasión.


A mí el amor de los contigo. El amor de los feos, el amor leído. A mí me guardas uno de esos de cuestión de palabras, de los que te leen a oscuras, de los que te escriben sin nombrarte.

A mí, el amor libre,
A ti, cualquier escrito de amor.
 

sábado, 29 de septiembre de 2018

Todo lo que debí decirte anoche

Vayan por delante mis ganas, seguidas de tu piel, casi en línea a tus labios. Vaya por delante mi timidez, seguida de tu tatuaje, muy de cerca a escasos centímetros, nuestra ignorancia.

Vayan, si me permite vuestra merced, ir por delante su cuello, detrás mi boca, seguida ésta muy de cerca de tus ojos. Vayan, por delante el miedo, las excusas, y a punto de quitarles el puesto, las ganas.

Valga por delante mis letras, que a buen seguro la leen las tuyas. Sea dicho, tus pestañas, la noche, el olor a te quiero de tu perfume. Que si tuviera que hacerte mil fotos, ahí me plantaba hasta que terminara tus sueños. Que no hay mejor cámara que mi recuerdo pa' sacarte una sonrisa. Pa' comerte en este párrafo. Pa' decirte por escrito lo que tanto me callé en nuestros dos encuentros.

Valga por delante mis intenciones, el descaro, la osadía del que quiere y no debe. Que a buen seguro se guardan en el mismo rinconcito de la habitación donde me pusiste todos tus te quieros. Que ahora mismo daba la mitad de lo que tengo por todo lo que me gustaría besarte, por todo lo que me gustaría decirte, leerte de tu piel. Tocar de tus ojalás, y convertirlos a pleno derecho.

A mí ponme culpable de todos los delitos que se nos quedaron en las miradas. Que me multen por todo lo que te debo. Y apúntamelo en todas las deudas que tengo contra todo tu cuerpo. Porque esto va a ser un Betis contra Sevilla, un fútbol contra baloncesto, unas letras contra ciencias. Una piel morena con una blanca. Un escríbeme, que yo voy, y te leo.

A mí que me dejen contarte los lunares de la cara. A acariciar tu pelo. A mí hoy, me dejas contarte lo mucho que me he fijado en ti. Y lo poco que nos conocemos.
A mí, se me dejas, te pongo dos cervezas bien frías y nos alcoholizamos las heridas. Nos curamos en copas. A mí no me des esperanza que en minúscula yo ya no la quiero.

A mí no me digas que no se puede.

Que si vas a escribirnos un muro de no lo sabías,

Voy yo con todo lo que debí decirte anoche,
y te lo salto.

viernes, 21 de septiembre de 2018

Siempre le escribo un cuento

Se sentó muy lejos. No de longitud sino de tiempo. A cuatro o cinco filas de mí con su cuerpo levemente girado a la derecha, lado donde yo la miraba desde más arriba. En eso que parecía un teatro romano. Ella que parecía una mujer de buena familia, y yo, hijo de jornalero, pagando la entrada más barata, sentándome, como en la Antigua Roma, muchísimo más lejos. Como dos meses o así de olvido calculo que estuvimos sin vernos. Donde me dejó marchar. Dándome, casi la espalda, una de sus mejillas rosadas y sus pestañas. 

Se sentó muy lejos. Evitando cualquier mirada, negando cualquier palabra. De vez en cuando se apartaba su pelo. Pelo liso y castaño del que tanto he hablado y que recorría su cuello hasta sus finos y delgados hombros, donde ahí posaba, casi todo su encanto, casi todo su misterio.

Me dejó mirarla de perfil. Sobresaliendo unas pestañas largas y negras cuidadas de rimel que la hacían más niña, más guapa, más de otro verso. Yo la volvía a buscar, ella evitaba las miradas. Quizás por desconocimiento, quizás por heridas de entreguerra en cualquier otra batalla de besos. El caso es que me hizo olvidar el tiempo, el lugar. Ya no recuerdo ni la obra, la arena del anfiteatro, ni el momento.

Yo ya sabía de sus ojos, pero me quedé tan embelesado en mirarlos aquel diecinueve de mayo que olvidé sus detalles en ese momento. Y al estar ahí, arriba, mirándola de perfil, sus delgadas líneas negras me parpadeaban el corazón, haciendo casi al unísono mi latido a su parpadeo.

Cuando la vi levantarse e irse, la sigué con la mirada. Pero tras el barullo de gente, aplausos y su vestido negro a juego con el moreno de su verano, se fue toda mirada, toda posibilidad, y todo encuentro.

Menos mal que me queda su recuerdo de otoño, de su bolso, de su pelo. O esa ilusión que me dice que, en los momentos en los que yo no miraba, su iris color marrón se confundía con sus pestañas, mirándome por el rabillo del ojo.


Maldita sea, destino,
Que siempre que ella me deja marchar.
Yo siempre le escribo un cuento.

sábado, 1 de septiembre de 2018

Tú la llevas

La he vuelto a encontrar. Con esos labios de intenso rojo. Siempre a escasas dos mesas. A dos, tres butacas de mí. Ahí estaba riendo, ajena a su suerte. Ajena a todo lo que provoca escribir. A todo aquel don nadie que le dedica todo un 'tú la llevas'.

La chica de ayer, la más guapa de todas las que se sentaban a su alrededor. Ahí estaba un verano después dando una silenciosa guerra a todos mis sentidos. Poniendo patas arriba todos mis sentimientos. Provocando que, esto que parece un juego infantil, fuera un tuyo-mío de la timidez a escala local.

Me sé su nombre tanto como la forma de sus ojos. O como se recoge el pelo cada vez que le molesta. Me sé el tono de piel de su maquillaje muchísimo mejor que cualquier color que me puedas preguntar. Ese rosa muchísimo menos coralino, del tono de una agritos, flor rosácea de la familia de las Oxalis. Y me sé sus logros, sus sorpresas y su número de pintalabios rojo carmín dulce número 12. O hasta donde le llega el pelo cuando se lo suelta. Y lo bien que le queda cuando se lo recoge en una cola. Su cuello, sus manos, su silueta, su pecho, no sé, todo. Quizás me sepa hasta su color favorito.

Y uno que se pone a pensar y acaba dejando en el folio blanco todas esas cosas que fue acumulando de ella. Como por ejemplo, tengo en mi recuerdo sus primeras palabras. El primer encontrazo con mi vida. Su despiste de no encontrar una llave en su bolso marrón claro, con dos asas delgadas de cuero. O el despiste de ver que la puerta que teníamos frente a nosotros, esa mañana, estaba abierta. Por supuesto, ese día, nublado. Que después te pones a pensar si el destino deja indirectas a modo de guantazos. Si no juega con nosotros a los dados. Qué se yo,...

Lo que si sé con total certeza es todo lo que tengo. Un gracias, una mirada, quizás dos. No sé. Sé que llevo buscando el momento. Que llevo meses buscando su beso, su olor, su acercamiento. Llevo las ganas, el tiempo y todo lo que ella pueda querer pedir fuera de carta. Porque el amor se ha convertido en un buscarse. El enamorarse es esconderse para luego encontrarse. El eufemismo de irse conociendo. Que sin ser un pilla-pilla, esto ya se ha convertido en un juego con dos reglas básicas:
La primera: El amor nos ha jugado al escondite desde lo de las llaves.

La segunda,

Que tú la llevas.

lunes, 27 de agosto de 2018

Autorretrato

Escribo bonito pero beso mejor. He quedado en el ranking de los 'te quiero como amigos' y me he tomado unas cervezas con él. He retado a decir palabras desconocidas a labios que no conozco y la mayoría sonaban a 'lo siento'. Busco síes como respuestas y caricias de cama. He pegado bocados a pieles que repetiría morder. De los besos que se encarguen otros labios pues, éstos, ya no versan. Me gusta jugar con las palabras entre sábanas. Hago el amor a distancia muchísimo mejor que de cerca.

Me enamoro de pasados que ya no me quieren y de futuros que ni me ven llegar. Soy infiel al tiempo y a la rutina. Siempre he sentido una gran admiración por los ojalá y los nunca. Siempre te dejan un regustillo a esperanza muchísimo más inquietante que todos los siempre que nos han soltado jamás.


Como ley tengo que, si me buscas, me encuentras. Tengo calor por las noches y frío en todas las relaciones donde la llama se apagó. Guardo en un rinconcito todavía el pañuelo de tu perfume por si algún día pierdo el olfato de tu tez. 

No me conoces aunque me hayas insistido, leído o hablado. Y muchísimo menos puedes prejuzgarme por lo que ves. Soy romántico cuando quiero y no cuando quieran. No me gusta querer por querer ni forzar lo que se va a romper.

Siempre he sido más de acariciar que de ser acariciado. Soy más de sueños que de sueño. Más de amar que de ser querido. Me gustan los ojos de cualquier color que me tenga ganas. Y hablando de ganas, me gustan indefinidas y de edición limitada.

Cuando acabo de describirme siempre me gusta dejar una pregunta, 
¿Acaso me conoces?

martes, 7 de agosto de 2018

Carmen

Sí sé como mira, y como se deja querer. Pero no sé nada de su tacto, ni de como huele. O como besa. O como acaricia, besa, ama. No sé a quién le reza. Ni por quién bebe los vientos. No sé nada de su sabor de labios ni como pronuncia mi nombre. No sé nada de ella más que su silueta. Sus formas. Sus ojos. Su rimel. Su cara de niña buena. Y a duras penas pude robarle el nombre. Lo único que tengo suyo. Que le gana de entero a cualquier título que yo fuera a poner y que tú ibas a pasar de largo.

Y ahora te quedas. Esperando haber si le pongo tus apellidos a este escrito. O te atrae aquí cualquier arrebato que pensara que, aunque se titulara Carmen, al final iba a acabar hablando de ti. Ilusa. Porque quizás sea el primer adjetivo calificativo que me llegó nada más verte. Te vi risueña. Como soñando por encima de nuestras posibilidades, eso que se lleva tanto de moda.

Quizás me dejé llevar por su juventud. Mucho más niña que yo. Mucho más joven, de edad y de labios. Muchísimo más. E irremediablemente se fueron los sueños a verte al lado mía a quitarme años. Porque si apuestas por mí, yo pienso poner todo mi título en juego. Todo mi escrito en tu mano. A secar mi años y seguirte el juego. A andar descalzo. Que pienso poner mis vidas patas arriba. Mis ganas volcadas.

Con lo bonita que era tu sonrisa cuando era presente. Y la de veces que mis ojos se iban a tu boca. Y tú sin saberlo. Que había alguien que estaba dedicándote tiempo. Que había un cualquiera soñándote. Con lo bueno que es que te sueñen. Con lo bonito que es que te conviertan en realidad. Con lo bonito que es rozar la idea, gemirse el nombre.

Carmen, con lo bonito que sonaba en mis labios.

Carmen, y lo mal que nos lo dejamos escrito.

Tú, que no sabes ni como me llamo.

Y yo, que ya, para hablarte,
te he escrito demasiado.

lunes, 6 de agosto de 2018

Si tú fueras mi p-valor

Cuenta. Y me lo apuntas aquí en privado. Cuenta, pero no las noches, sino las veces. Las que viniste a buscarme, las que estuviste escondida en cualquier red social. Cuenta, porque al final nada habrá valido la pena si a lo que has venido no es a sumar. Tú ve juntando datos, cifras, de todas esas cosas significativas: sus labios, lo bien que le quedan esas gafas, su vestido, sus manos. Porque al final, si nos ponemos tontos, nos vamos a querer un rato.

Para empezar, contra el amor va a todo pronóstico, la moda. La mía, la tuya y la de cualquiera que en su día fuimos a besar. La moda. Ese valor que rige lo que se lleva y lo que no. Tan sensible a las variaciones que ya se explica la cantidad de parejas que acaban echándole la culpa al tiempo. Y ahí vamos, dándonos de ostia contra viento y marea a pasados que eran más queridos por nuestro entorno que por ego propio. Nos equivocamos en buscar lo que buscan los demás. Porque el amor es muy suyo. Porque el amor, debe de ser, egoístamente, muy nuestro.

El amor es frecuencia. La de veces que la vas a buscar, la de cosas que hacéis juntos o separados. La cantidad de te quieros dichos en instagram. El amor es repetirse muy en el tiempo. Porque al final tarde o temprano nos vamos a ir juntitos de la manita con la ley de los grandes números a molar. Que no íbamos en busca de la media, pero mira, ya que hemos llegado, nos conformamos con medio estar.  

El amor es frecuencia, sí. Pero tanto de la abosluta como de la relativa. Porque al final consiste en dividirse todas esas veces entre la cantidad de besos que nos pudimos dar. Dividirse las mismas ganas absolutas entre todos los que nos vienen a evaluar. Al final consiste a la larga probarse cuánto se ha querido de más. Recogerlo todo en momentos. A partir de ahí, su boca dirá.

Pero para eso ya nos viene la mediana. A ponernos la barrera del bien o el mal. Un hasta aquí hemos llegado de campeonato que viene a marcarnos con una rayita en el suelo por donde no podemos pisar. El valor justo de en medio que viene a decirnos a cuánto de lejos estamos del próximo beso a dar.

Y hablando de valores. Al final de lo que se trata es de ir descartando hipótesis nulas de amar. Darnos de bruces contra todo p-valor más pequeño que el nivel de significación establecido. Claro que, aquí ya viene la condición de cada uno, y el listón donde se lo quiera uno marcar.

Como cuando viniste sin querer a inferenciar mi gusto. Como cuando te fuiste sin pedir permiso a otro nivel. Como cuando volviste a devolverme la ilusión que me robaste y la última vez que me dijiste:
Te quiero, pero,
No sé.

Al final me decanté por tus labios. Esos que desequilibraron el estudio. Que mandaron cualquier corolario al inframundo. Desobedeciendo que yo aquí venía a provocarte una vez más. Pero yo no quería hacer el amor contigo. Yo quería ordenarte los datos. Ponerte patas arriba tus amores frustrado y enseñarte que contar está, sobrevalorado. Yo solo quería,

Que si tú fueras mi p-valor,
Amarte en teorema,

Y demostrarlo, al menos,
una vez más.