martes, 30 de junio de 2015

Idiota


Cada día intentó compensar su falta de carisma, con su sobrada verborrea. Todos los días, un poquito, se sentaba a las órdenes de un lápiz y escribía lo que se le pasaba por la sesera. Más de una vez tuvo que hacer un tachón, a veces, del tamaño del folio.


Con lo cual, hubo cosas que nunca llegaste a leer y entonces ya la curiosidad que te provocó estas palabras te da esperanzas para ver si algún día, él, valiente, se atreverá a contártelas.

La esperanza es el único valor que sustituye al miedo. Y él en cada punto y final buscaba precisamente lo primero. A veces pidió besos, otras abrazos, otras, simplemente, atención, cariño, afecto. En ninguna creo recordar que pidiera amor por pena. Aún así se conformó. Menos es nada.

Siguió y siguió, aunque hubiera exámenes por medio, veranos tremendamente atractivos para olvidarse, pero su cita con la hoja en blanco era tan importante como las que nunca le concedías.

No es justo,para ti, hablar de amor, pero sí es cierto, que en cada palabra se mimó el detalle. Él lo estaba, y quién lo leía lo sentía. Estaba enamorado. Cuando vio que el miedo se apoderó de tus labios, que ya eran besados por tu esperanza de olvidarlo, él le escribió bonito.

Pues eso es una forma de amor, idiota.

domingo, 28 de junio de 2015

Mil Cuatrocientas Setenta y Dos Estrellas

Como todas las noches volvió del balcón, esta vez un poco más tarde de lo habitual, y se sentó en la cama, tras cerrar las ventanas correderas y la cortina.

- Hoy he contado mil cuatrocientas setenta y dos estrellas.
- Has contado muchas. - dijo ella.
- Sí - dijo él exhausto. - me dí cuenta que no merecía la pena seguir pasando frío por la noche buscando la más brillante, la mejor, la más bonita, pues todas las de ahí afuera se apagan tarde o temprano.
- ¿Por qué te rindes? ¿Acaso no era tu ilusión encontrarla? - dijo ella recordando su promesa de los 20 años.
- Es que ya la encontré - dijo él con una sonrisa de oreja a oreja.
- ¿¡Ah si?! - exclamó ella dubitativa y desprendiéndose de las sábanas que tapaban su cuerpo, cubierto de un pijama veraniego rojo y blanco- ¡dime cómo es, dónde está!.
- Es morena con el pelo hasta los hombros. - él empezó a describirla físicamente mientras ella empezaba a reconocerse en sus palabras como si fuera un espejo - tiene los ojos coloreados de un verde agua de mar, dónde la conocí hace cuatro veranos, queriéndola con inviernos de por medio. Es alta, piernas cuidadas y suaves. Lo sé porque alguna vez las besé y toqué. Su boca es bonita. Con un lunar encima del labio. El que tantas veces mordisqueé. La constelación de pequitas que tiene en la nariz y pómulos es maravillosa, casi galáctica. Sé que es ella y la encontré, pues, duermo todas las noches con ella, desde hace cuatro años.

Ella lo abrazó mientras explotaba de emoción. Le dijo te quiero mil veces alrededor de su oído y él agarraba su cintura esperando y mirando de reojo el reloj de la mesita de noche para que diera las doce de la noche.

Ella no dijo nada pues seguía llorando de emoción cuando supo que era su estrella favorita y lo que esas dos palabras conllevaba.

Cuando tenían veinte años prometieron pedirse matrimonio en Junio, a la luz de la luna. No era capricho, es que con los ojos vendados señalaron un mes de un calendario imprimido en una tarjeta de publicidad. El dedo de ella cayó en ese mes, el de él en un 18 de otro mes cualquiera.

<< Cuando vayamos a vivir juntos, todas las noches me verás buscar una estrella en la noche. La más bonita, la más brillante, y cuando la encuentre, te la daré, te pediré matrimonio, pues es la ilusión de mi vida.>>

Entonces desde aquella promesa, ella lo veía todas las noches salir al balcón de la habitación. Pasaban unos minutos y volvía. Así fue durante los 368 días del año, durante 4 años seguidos. Ella era muy friolera para salir ahí afuera a husmear cómo lo hacía, incluso en verano, odiaba la humedad de la noche.

El 18 de Junio de 2015, tras el lloriqueo de la emoción él la invitó a salir al balcón. Cogió una chaqueta de cuero negra que cubrió sus hombros, así como su pijama. Se acercó a la lámina corredera del balcón. Agarraba con fuerza la mano del chico. Con la otra apartó las cortinas y el cristal. Al salir, se encontró en el suelo esparcidos corazones de diferentes tamaños y colores. El balcón era grande (fue una de las condiciones que él impuso al comprar la casa), pero no había rastro del color marrón de las losetas, todas sepultadas en una manta de colores dispares.

Ella con sus pies descalzos pisaba casi con miedo a estropear la alfombra improvisada de colorines. Las paredes de la casa cubiertas de cartulinas. En los barrotes y algunas plantas caían hilos que sotenían estrellas hechas de cartón y decoradas con purpurina dorada.

Ella con la boca abierta e impresionada de la emoción entendió porqué tardaba tanto en contar estrellas todas las noches. Cada día avanzaba un poquito el decorado, el 18 de Junio, su pedida.
En las cartulinas había fotos de ellos de viajes y fiestas. Amigos, familiares, momentos divertidos. En las estrellas, había fechas señaladas, nombres de momentos y ciudades que ellos dos entendían porqué estaban sobrevolando aquella terraza.

- ¿Te Quieres casar conmigo? - dijo él arrodillándose en el suelo de corazones.

Ella se llevó las manos a la cara.

- Sí quiero - dijo avergonzada mientras una estrella fugaz sacudía la escena de más magia, como si no hubiera suficiente.

Después de 1472 estrellas, sin duda, era la que más brillaba de aquella noche, la más guapa. La estrella que más se emocionó.

Ya en la habitación y cuando ella se quedó dormida, él escribió la historia en su blog: "Mil Cuatrocientas Setenta y Dos Estrellas" se titulaba.

Ella lo acabaría leyendo tarde o temprano.

viernes, 26 de junio de 2015

Lo Único que No Me Gustó de Ti

Descarto en primer lugar, porque me encantó, tu dulzura. Con la que dices las cosas. Siempre acompañada de una mirada de niña, no infantil, sino inocente. Me gustaron tus gestos, las caricias, los actos reflejos que a continuación voy a describir.

Por ejemplo, cuando agarraba tu mano, y tú apretabas automáticamente fuerte tus dedos contra los míos. O cuando te miro sin tener porqué y tú sonríes. O cuando paso por tu lado y te veo atareada o agobiada, y siempre soplas el flequillo que se te escapa sobre tu cara, incordiándote tus grandes ojos.

Me encanta cuando tienes frío, que pides un abrazo sin mediar palabra. Sólo mirándome, apretando los labios y cruzando los brazos tiritando. No sé si fingidos o sinceros pero siempre fue mi acto reflejo calmarlos.

O cuando ya dado, quieres más, y comienzas a moverte pegada a mí, ya tumbados, como si estuvieras encajando nuestros cuerpos, empiezas a mover los pies, rozándolos con los míos, y tus brazos se encogen en tu pecho y yo bordeo tu cuerpo, que ya yace escondido entre mi barbilla y mis pies.

Me gusta cuando hablas con los niños. Porque me doy cuenta de lo buena madre que puedes llegar a ser. Y te imagino embarazada, gordita, pidiendo un abrazo, un nombre para el bebé, un color de habitación.

Y sino cuando te veo acariciar un animal o llorar con vídeos de perritos maltratados porque me doy cuenta de que a parte de "guapa", eres humana, sensible, empática.

Me encanta cuando escribes, concentrada, y te colocas las gafas de cerca, y cuando me riñes porque me quedo embobado mirándote. Y me tiras el boli, casi sonrojada, pues nunca te gustó verme tan enamorado, cosa que hasta hoy nunca entendí.

Me gustó la pelea de cojines de plumas que tuvimos la última vez en la habitación y acabó con dos cuerpos exhaustos y desnudos en una cama de matrimonio que elegiste tú a tus gusto.

Y tal es así que ésto acabó convirtiéndose en la historia del que hoy se acuesta contigo.

Que no soy yo.

Quizás, éso fué lo único que no me gustó de ti:

Mi recuerdo. Que fue lo mismo que tu olvido.

martes, 23 de junio de 2015

"Guapa"


La de veces que te han dicho guapa, bonita, cuerpo. La de veces que te han tirado los tejos por tus ojos, tu cintura, tu pecho, tu cara. Se pasan de mil las intenciones de besos que murieron al borde de los labios de muchos pues sus piropos se toparon con tu barrera de la desconfianza.

No me mal interpretes. Para mí también lo eres. Pero además eres “guapa”. He visto como cantidad de niños han intentado embaucarte con regalos, flores, joyas, citas románticas. Los he visto pedir por favor un beso. He contado decenas de invitaciones a citas que no parecían románticas pero que en el fondo, muy en el fondo lo eran.

Y todo porque eras guapa. Yo no te escribo porque seas guapa. Yo te escribo porque eres “guapa”. “Guapa” de las que no se maquillan los sentimientos. A ver si me explico, las que mueren por las palabras de uno, no por bonitas, sino porque le apetecen escucharte hablarles. De esas que se conjuntan muy bien la ropa, la de en pareja. Las que van a la moda, del corazón de su amado.

A mí me gusta escribirte porque yo creo que eres muy, pero que muy “guapa”. Me encanta que seas tan misteriosa como sonriente. Y que te preguntes el porqué de unas comillas que no hacen más que tenerte aquí, enganchada a este cuarto párrafo.

Eso es ser “guapa”. Y yo creo que nadie te lo dijo así. Aunque suene igual, nadie ha probado a decirte “guapa”. Pero “guapa” de sentimiento, del que sale del corazón. Nadie ha probado a besarte el alma, y yo, si me dejas quiero ser uno de los primeros. Ya después me preocuparé de ser el único. Cosa que hay que ganársela ante una “guapa” como tú.

Porque para mí ser “guapa” no es tener la fortuna al lado de la genética, para mí “guapa” no es tener unos kilitos de menos, ni calcar el prototipo de modelo sueca a la par que hueca. Para mi guapa no corre a cuenta de gimnasio, ni labios que besan sin repetición, no busco los ojos sin intenciones, ni los abrazos de plástico. No me gustan las piernas si no andan conmigo, ni el moreno de piel si no es pa’ perderlo delante de una chimenea, en invierno, leyendo un libro.

Ser “guapa” es muchísimo más que serlo. Para mí “guapa” es estar. Para mí “guapa” es envejecer sonriendo, sin preocuparse de arrugas en las comisuras de los labios “Guapa” es sinónimo de acompañante, de loca de aventuras, de amiga incondicional. De mujer, madre, hija y amiga. Y encima que tenga tiempo pa’ una sonrisa en el sofá, a las diez de la noche cansada, y que pida un beso, no por celos sino por placer.
Para mí ser “guapa” es ser inteligente, confidente, compañera.

Por eso me encantaría poder ser el primero que te trate como “guapa”. Ser el primero que se merezca poder quitarle las comillas a esa palabra que tanto te caracteriza pero que ya, tan poco efecto hace en tus ilusiones. Pues ya guapa te sabe a poco. 

Y a mí decírtelo, me parece demasiado. Porque una cosa no quita a la otra. Eres demasiado guapa, “guapa” o como tú me dejaras llamarte antes de leerme este texto.

domingo, 21 de junio de 2015

Travesuras de Sábanas

Se quitó la última prenda que le quedaba antes de desnudar su piel. Suave, con brillo, impaciente, yacía ella en la cama de sábanas blancas esperando, aún con la ropa interior en la mano a punto de ser lanzada al precipicio de la cama, donde yacían sus deseos.

Con la melena suelta, al viento, los pechos libres de cualquier atadura, las manos sobre el cuello intentándose hacerse una cola, y mirando al chico, se mordía el labio inferior tan fuerte como las intenciones, que ya, si os fijáis, acababan de ser desprendidas por toda la habitación.

Creo que empezó a sacar sus armas de mujer. Empezó con los besos cerca del cuello. Probablemente dejó un par de últimos para el labio pues gastó casi todo el color labial en su pecho. Luego vinieron los mordiscos que rajaron los labios del otro. Éstos provocaron la fuerza de la pasión que con las manos ya tocaban sus caderas. Aquí fue donde se perdió la vergüenza.

Ni una sola palabra en el silencio del amor. Algún suspiro de calor, la fogosidad del alcohol consumido minutos antes se deslizaba por su cintura ya en forma de hielo. El que sobró del ron que ya afectaba al desnivel de sus gemidos. Creo que era lo único frío que tocaba su cuerpo. Se derritió rápido, pues los cuerpos ya no entendían de temperaturas frías. Ya no había idioma entre sus bocas, pues ya las palabras no eran más que gestos.

Ella se colocó encima de él. Apoyó sus manos en su cuerpo. Lo miraba atentamente con una mirada seductora, hipnótica. El caos ya se apoderó de aquella estancia. De aquel cuerpo de musa. No había lugar para la cordura. Las formas yacían en el suelo junto a la ropa de ambos, esparcida sin orden por toda la habitación.

Las cortinas se levantaban con la brisa de la noche. La escena era rítmica casi sin música, casi sin voz. Sólo había ternura, algo más que sexo. Había amor de sábanas, besos de noche, descontrol de la templanza. Travesuras.

viernes, 19 de junio de 2015

Circunstancias Azules

Creo que no fueron sólo tus ojos. Caí prendado por más de un labio, pero no fueron los únicos que me besaron en vida, pero sí los únicos que me hicieron sentir. Creo que empaticé por desgracia con tus penas. Digo por desgracia porque ahora soy yo el que las padece. Y aún no te visto compensarte todos mis cuidados hacia tu ternura. No te preocupes pues, no fuiste la única que pecó de herirme.

Creo que no fueron tus curvas. Porque más de una vez patiné sin tocar sobre tus delgadas caderas. Me confundí, creo yo, en las líneas de tus vaivenes, y fui testigo como loca de amor, te lanzabas a otro muchísimo menos enamorado que yo.

Creo que no solamente fueron tus desplantes. Porque a cada vez que me mostrabas tu indiferencia más quería saber de ti. Estuve a puntito de decírtelo a la cara, pero me faltaron dos oídos escuchándome. Preferiste oír historias de borrachos y piratas de noches, y me sentí el último marinero de tu vida, sirena de amor.

Creo que no fue sólo mi pesimismo. También influyó mucho tu desconocimiento. Y ahí me hago responsable de todo lo no vivido. Regalé sonrisas que no fueron devueltas y me gasté la mayor parte de mi saldo, que no fue dinero, en comprarte palabras que nunca leíste jamás.

Y ahora me toca pagar todas las letras que dejé a mi nombre. Porque les puse la firma de que algún día, te fueras a dar cuenta de lo que te quise. De lo fugazmente enamorado que estaba.

Me enamoré de tu presencia. Porque fuiste el más bonito elemento fortuito de mi agónica vida. Te encontré tan pa’ mí, que por las noches, cuando estaba solo, confundía la soledad con tu nombre, y ya me cuesta distinguir entre cuál estoy más cerca de las dos.

Me he enamorado de tus circunstancias tan azules como tus pupilas. Pues a pesar de estar tan coloreadas, nadie te las ha descrito como yo.

Pues nadie le ha dedicado más de dos noches a tus ojos. Pues nadie, jamás, ha estado tan prendada de ellas.
A pesar de las circunstancias, que entre tú y yo, son consecuencia de que tú seas la chica que nunca me amó.
Y yo el que nunca fue,
‘Azulmente amado’.

jueves, 18 de junio de 2015

Si Tú Supieras...

Ya, ahí en tu desprecio se hallan todos mis olvidos. Ya ahí, en tu belleza, todas mis miradas. Al final de tus labios un susurro, que con la voz ya apagada, casi escrita, pide querer besar lo que jamás fue tocado.

En tu piel se pierden mis caricias. Todas y cada unas que pude regalarte mientras la amistad me brindaba un poquito de locura a mis sentimientos. Ya con el escalofrío de la noche, algún sueño caíste en mi cama, presa de deseos ajenos que un astuto enamorado se servía cada madrugada tras tres o cuatros llantos lastimeros con su almohada.

Si tú supieras todo lo que guardo adentro. Y no me refiero a las cosas que iba a darte. Sino a las que aún ni había pensado, pero que seguro hubieran surgido si tu mirada fuera distinta a la que me brindaste. Plagada de mil perdones, de no te quiero, de no sabía ni que andabas tras de mí.

Pues si tú supieras lo que he hecho mientras eras ajena a todo. Si tú supieras la de veces que fui a ver si me topaba contigo, a provocar un choque fortuito en la esquina de tu calle. Si tú supieras la de veces que he oído tu canción favorita, y hacerla también mía.

Si tú supieras la de veces que he escuchado tu voz, tu risa, tus lamentos. Cuántas veces he llorado junto a ti, he empatizado con tu dolor. Si tú supieras cuantas veces he nombrado tu nombre por error. Cuantas veces lo he dicho en silencio para ver como sonaba junto al mío separados por una “i” tan griega como la luna de miel que imaginé.

Si tú supieras como dibujé la carta de novios, la de invitados. Como imaginé el blanco de tu vestido, y que radiantes ibas el día de tu boda. Si tú supieras la de mil cosas que provocó tu reencuentro.

Si tú me quisieras…
Si tú te fijaras en mí…
Si tú supieras…