
Como
todas las noches volvió del balcón, esta vez un poco más tarde de lo
habitual, y se sentó en la cama, tras cerrar las ventanas correderas y
la cortina.
- Hoy he contado mil cuatrocientas setenta y dos estrellas.
- Has contado muchas. - dijo ella.
- Sí - dijo él exhausto. - me dí cuenta que no merecía la pena seguir
pasando frío por la noche buscando la más brillante, la mejor, la más
bonita, pues todas las de ahí afuera se apagan tarde o temprano.
- ¿Por qué te rindes? ¿Acaso no era tu ilusión encontrarla? - dijo ella recordando su promesa de los 20 años.
- Es que ya la encontré - dijo él con una sonrisa de oreja a oreja.
- ¿¡Ah si?! - exclamó ella dubitativa y desprendiéndose de las sábanas
que tapaban su cuerpo, cubierto de un pijama veraniego rojo y blanco-
¡dime cómo es, dónde está!.
- Es morena con el pelo hasta los
hombros. - él empezó a describirla físicamente mientras ella empezaba a
reconocerse en sus palabras como si fuera un espejo - tiene los ojos
coloreados de un verde agua de mar, dónde la conocí hace cuatro veranos,
queriéndola con inviernos de por medio. Es alta, piernas cuidadas y
suaves. Lo sé porque alguna vez las besé y toqué. Su boca es bonita. Con
un lunar encima del labio. El que tantas veces mordisqueé. La
constelación de pequitas que tiene en la nariz y pómulos es maravillosa,
casi galáctica. Sé que es ella y la encontré, pues, duermo todas las
noches con ella, desde hace cuatro años.
Ella lo abrazó
mientras explotaba de emoción. Le dijo te quiero mil veces alrededor de
su oído y él agarraba su cintura esperando y mirando de reojo el reloj
de la mesita de noche para que diera las doce de la noche.
Ella
no dijo nada pues seguía llorando de emoción cuando supo que era su
estrella favorita y lo que esas dos palabras conllevaba.
Cuando
tenían veinte años prometieron pedirse matrimonio en Junio, a la luz de
la luna. No era capricho, es que con los ojos vendados señalaron un mes
de un calendario imprimido en una tarjeta de publicidad. El dedo de
ella cayó en ese mes, el de él en un 18 de otro mes cualquiera.
<< Cuando vayamos a vivir juntos, todas las noches me verás
buscar una estrella en la noche. La más bonita, la más brillante, y
cuando la encuentre, te la daré, te pediré matrimonio, pues es la
ilusión de mi vida.>>
Entonces desde aquella promesa,
ella lo veía todas las noches salir al balcón de la habitación. Pasaban
unos minutos y volvía. Así fue durante los 368 días del año, durante 4
años seguidos. Ella era muy friolera para salir ahí afuera a husmear
cómo lo hacía, incluso en verano, odiaba la humedad de la noche.
El 18 de Junio de 2015, tras el lloriqueo de la emoción él la invitó a
salir al balcón. Cogió una chaqueta de cuero negra que cubrió sus
hombros, así como su pijama. Se acercó a la lámina corredera del balcón.
Agarraba con fuerza la mano del chico. Con la otra apartó las cortinas y
el cristal. Al salir, se encontró en el suelo esparcidos corazones de
diferentes tamaños y colores. El balcón era grande (fue una de las
condiciones que él impuso al comprar la casa), pero no había rastro del
color marrón de las losetas, todas sepultadas en una manta de colores
dispares.
Ella con sus pies descalzos pisaba casi con miedo a
estropear la alfombra improvisada de colorines. Las paredes de la casa
cubiertas de cartulinas. En los barrotes y algunas plantas caían hilos
que sotenían estrellas hechas de cartón y decoradas con purpurina
dorada.
Ella con la boca abierta e impresionada de la emoción
entendió porqué tardaba tanto en contar estrellas todas las noches. Cada
día avanzaba un poquito el decorado, el 18 de Junio, su pedida.
En
las cartulinas había fotos de ellos de viajes y fiestas. Amigos,
familiares, momentos divertidos. En las estrellas, había fechas
señaladas, nombres de momentos y ciudades que ellos dos entendían porqué
estaban sobrevolando aquella terraza.
- ¿Te Quieres casar conmigo? - dijo él arrodillándose en el suelo de corazones.
Ella se llevó las manos a la cara.
- Sí quiero - dijo avergonzada mientras una estrella fugaz sacudía la escena de más magia, como si no hubiera suficiente.
Después de 1472 estrellas, sin duda, era la que más brillaba de aquella noche, la más guapa. La estrella que más se emocionó.
Ya en la habitación y cuando ella se quedó dormida, él escribió la
historia en su blog: "Mil Cuatrocientas Setenta y Dos Estrellas" se
titulaba.
Ella lo acabaría leyendo tarde o temprano.